Aumentan los acontecimientos meteorológicos extremos?

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«En todas las poblaciones del mundo abundan relatos parecidos sobre grandes catástrofes naturales, aunque la ventaja de España es que el Ministerio de Agricultura lleva un catálogo de las sequías habidas a lo largo de la historia que se puede leer en internet»
“Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños y nuestra breve vida está envuelta por un sueño”, dice Shakespeare en La Tempestad, un drama donde lo sobrenatural está muy presente, así como las hadas, los elfos o las brujas. En un ambiente mágico, prohibido a comienzos del siglo XVII, cuando escribe la trama, Shakespeare introduce a los “indios de Virginia”, entonces una colonia del Imperio británico, porque la pieza se inspira en el gran huracán que se produjo allá en 1609.

Los fenómenos extremos de la naturaleza, como el Diluvio Universal de la Biblia, siempre han sido embriagadores. Quizá por eso les ponemos nombre, como si formaran parte de nuestra familia. Con ellos la seudoecología actual sigue una leyenda que se remota a los más viejos relatos orales de la humanidad, llenos de fantasía y encanto, aunque les da su propio toque personal: cada día hay más, cada día son mayores y más devastadores. Los sueños y las pesadillas de la humanidad no cambian tanto con el paso del tiempo.

Las exageraciones ligadas al “mal tiempo” tampoco. Según el historiador griego Diodoro Sículo, hace 4.000 años hubo tal sequía en la Península Ibérica que la población emigró por completo. Naturalmente que después, cuando las lluvias volvieron a la “normalidad”, las gentes debieron volver también a sus hogares.

Otra crónica del siglo XI asegura que una nueva sequía secó los cauces de los ríos peninsulares, “a excepción del Ebro y el Guadalquivir”, que quedaron convertidos en pequeños arroyos. La población volvió a emigrar a las Galias, Italia y Grecia.

En todas las poblaciones del mundo abundan relatos parecidos sobre grandes catástrofes naturales, aunque la ventaja de España es que el Ministerio de Agricultura lleva un catálogo de las sequías habidas a lo largo de la historia que se puede leer en internet (1), y deberían hacerlo todos esos farsantes que hablan de que España afronta su peor sequía, una y otra vez, a causa del calentamiento del planeta, como la prensa económica (2).

Hoy los viejos relatos orales de las calamidades naturales se han convertido en vídeo y sus cautivadoras imágenes nos fascinan todavía más. Ese tipo de fenómenos espectaculares siempre son noticia en la televisión. Sin embargo, a diferencia de otros tiempos ahora ya no hacemos literatura con ellos sino que los contamos y los medimos por culpa de la histeria que nos invade.

Gracias a ello sabemos que se producen unos 300 eventos meteorológicos extremos al año, casi uno diario, una cifra perfecta para los informativos.

En 2015 un informe de la ONU titulado “The human cost of weather-related disasters 1995-2015” contabilizó 6.457 inundaciones, tormentas, olas de calor, sequías y otros eventos relacionados con el clima en aquellos años, lo que representa un promedio anual de 335 desastres.

En su informe especial de 2012 sobre este tema y en su V informe de evaluación del año siguiente, el IPCC arrojó un jarro de agua fría a los seudoecologistas: el número de calamidades naturales no ha aumentado, ni son más intensas, ni duran más tiempo tampoco, y lo que es mucho peor: tales acontecimientos no tienen relación con el socorrido calentamiento del planeta.

En lo que a la sequía respecta, el IPCC no puede ser más claro cuando reconoce que “las conclusiones del IV informe de evaluación sobre el aumento de las sequías hidrológicas mundiales desde la década de 1970 ya no tienen razón de ser”.

Pero si el Vaticano de la climatología puede fallar, las compañías de seguros están obligadas a afinar mucho más porque está en juego su cuenta de resultados.

En 2014 la aseguradora AON publicó un informe titulado “Annual Global Climate and Catastrophe Report” que es interesante porque define como “desastre natural” cualquier evento que cause 50 millones de dólares de pérdidas, 25 millones de dólares de daños asegurados, 10 muertos, 50 heridos y 2.000 casas o estructuras dañadas.

Pues bien, según estos criterios, aquel año AON contabilizó 258 desastres, una cifra ligeramente inferior al periodo de 2004-2013, donde la media fue de 260.

El internet, el sitio weatherbell.com contabiliza desde 1970 las tempestades que se desatan en el mundo, tanto si son tropicales como si no lo son. La serie indica que el número de ciclones cambia bastante, pero no aparece ninguna tendencia, ni al alza ni a la baja, en la frecuencia de huracanes, tempestades, tornados, tifones, ciclones, ni fenómenos de ese tipo en los que el viento alcanza velocidades superiores a los 64 nudos (unos 120 kilómetros por hora).

Lo bueno de Estados Unidos es que hay recuentos de ciclones desde mediados del siglo XIX, que la NOAA clasifica según la velocidad del viento (escala Saffir/Simpson). Pues bien, de los 35 ciclones más violentos que han sacudido a Estados Unidos, la mayor parte ocurrieron antes de 1950. El ciclón más intenso es el FL Key (1935) seguido por el Camille (1969) y el Katrina (2005).

Sin embargo, los mayores desastres naturales de las últimas décadas son las inundaciones de China. En 1887 el desbordamiento del río Amarillo mató entre 1 y 2 millones de personas. En 1931 el río Yangtze inundó 88.000 kilómetros cuadrados de tierra, matando directa o indirectamente a 3,7 millones de personas en los seis meses siguientes y dejando a 80 millones de personas sin vivienda.

Pero en la Península preocupa mucho más lo que en tiempos del franquismo se calificó con un término que se hizo famoso: la “pertinaz sequía”. Aquí la sequía no debería ser noticia porque se trata de un clima seco: “Durante el período 1880-2000 más de la mitad de los años se han calificado como de secos o muy secos”, según el Ministerio de Agricultura (3). En el mundo tampoco se observan cambios significativos al respecto en los últimos 30 años, según un estudio publicado por Nature en 2014 (4).

Las investigaciones científican chocan de plano con las sucesivas alarmas de organizaciones, como Greenpeace, que pretenden que “la naturaleza agoniza por la sequía” (5), o la Organización de Estados Iberoamericanos, según la cual “la sequía amenaza a los ríos de todo el mundo” (6).

Evidentemente, alguien se está equivocando de plano en este asunto.
MPR, septiembre 2019
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NOTAS

(1) https://www.miteco.gob.es/es/agua/enlaces-de-interes/anexo1-fichas-eventos-sequia_tcm30-436652.pdf
(2) https://www.eleconomista.es/empresas-finanzas/agua-medioambiente/noticias/8803665/12/17/Espana-afronta-la-peor-sequia-por-el-calentamiento-global.html
(3) https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/temas/politica-forestal/desertificacion-restauracion-forestal/lucha-contra-la-desertificacion/index2010-10-28_20.53.43.4296.aspx
(4) http://www.nature.com/articles/sdata20141
(5) https://es.greenpeace.org/es/noticias/naturaleza-agonica-por-sequia/ Vista anónima
(6) https://www.oei.es/historico/divulgacioncientifica/noticias_496.htm

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