«Luchar contra los impulsos homosexuales lleva al asesinato» ?

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El cuento del yijadista homosexual.

Por eso los medios al uso desprecian lo que se ve y se repite -un extracomunitario en un ataque indiscriminado gritando «Alahu akbar»- para centrarse en lo que no solo resulta excepcional del caso, sino que nadie puede conocer porque se refiere a la interioridad inalcanzable del individuo.

El otro día entró inopinadamente un argelino en una comisaría de Cornellá blandiendo un cuchillo y gritando en árabe su convencimiento algo monótono y repetitivo de que Alá es grande. Una mossa de esquadra le abatió de un tiro, y lo que pasó después le sorprenderá, como dicen los titulares que quieren atraer lectores a toda costa.

>>>>>>> El yihadista de Cornellà fue a la mezquita y rezó toda la noche

No, es broma, no le sorprenderá en absoluto. Los medios han evitado en lo posible relacionar el suceso con sus incontables antecedentes, han achacado la acción violenta a la homosexualidad problemática del agresor y han cuestionado o directamente censurado la reacción letal de la policía autonómica al abatir al agresor.

Es todo demasiado perfecto -en su dramática gravedad- como para que esta autodenominada experta en la anarcotiranía que nos desgobierna lo deje pasar.
El otro día les hablaba del amor de la progresía por todo lo ilegal, lo malo, lo clamorosamente erróneo, ya sean los manteros, los okupas o los etarras, mientras se mira con suspicacia lo que siempre se ha considerado legítimo y, en ocasiones, necesario.

En este caso, si el lector hace el esfuerzo de escapar a lo que le rodea y a lo que ya está acostumbrado a leer y escuchar, el efecto es impresionante. Veamos: desde hace ya décadas, Occidente está sufriendo ataques en mayor o menor medida, masivos o indviduales, exitosos o frustrados, por parte de individuos que creen actuar en nombre de Alá y que siempre repiten ese grito que los periodistas de cámara prefieren traducir, a ver si nos cae parte de la culpa a los católicos.

Eso es lo que se llama un patrón, y los seres humanos estamos hechos para reconocer patrones. En eso se basa, en última instancia, la ciencia, y esa habilidad es lo que nos ha permitido sobrevivir y prosperar desde que pusimos el pie en este planeta. Y, sin embargo, hoy nos lo tienen prohibido. Encontrar patrones se ha convertido en un pecado de leso progresismo, al menos ciertos patrones.

Advertir que la mayoría de los perpetradores de violencia doméstica con resultado muerte son varones está bien; notar que muy pocos de los atacantes indiscriminados gritan “¡Viva Cristo Rey!”, sino que matan en nombre de otra religión y en la mayoría de los casos, si no todos, proceden de países extracomunitarios, es prueba de xenofobia, racismo, islamofobia y un montón de cosas más.

Por eso los medios al uso desprecian lo que se ve y se repite -un extracomunitario en un ataque indiscriminado gritando “Alahu akbar”- para centrarse en lo que no solo resulta excepcional del caso, sino que nadie puede conocer porque se refiere a la interioridad inalcanzable del individuo.

Pero los medios ya no existen para informar de lo que pasa, sino para transformar lo que ha pasado en un apólogo moral en defensa de sus tesis. Si el hecho contradice tan claramente la narrativa que no hay modo de retorcerlo para que la apoye, la opción suele ser ignorarlo o ningunearlo en páginas interiores. Pero si no se puede ignorar, se hacen estos juegos malabares que nos hemos encontrado esta semana en los medios.

A ver, niños, sí, es cierto que este tipo, argelino y musulmán, al atacar con un cuchillo a gente que no conocía de nada al grito habitual de “Alahu akbar” (si traducen eso por “Dios es grande”, ¿por qué nunca traducen ‘Islam’ por ‘sumisión’?), repite aparentemente una acción que hemos visto últimamente hasta la saciedad; pero eso no debe llevaros a pensar que tiene algo que ver con el Islam, y mucho menos penséis que existe el menor riesgo en dejar que cientos de miles de musulmanes entren cada año en nuestros países, no: aquí la moraleja que hay que extraer es que luchar contra los impulsos homosexuales es lo peor, y lleva al asesinato.

Luego quedan las críticas al ‘uso desproporcionado de la fuerza’. No sé, no quiero desearle a ninguno de los que, desde su cálido sofá, censuran a la agente, que vean como un tipo con un cuchillo se abalanza sobre él o ella, sin tiempo para relexionar o calcular. Quizá, aun teniendo una pistola a mano, sacrificarían la vida generosamente en el altar de la pureza progresista. Pero, de alguna manera, soy escéptica sobre el particular.

Candela Sande, 23 agosto 2018

Fuente: https://www.actuall.com/criterio/democracia/cruda-realidad-cuento-del-yijadista-homosexual/

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