Pornografía en la vía publica

Padres hay de todo pelaje y condición y a algunos no parece importarles que sus párvulos absorban como esponjas la teorética de una buena felación antes de que muden los dientes de leche.

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Masturbaciones, felaciones, sexo anal, figuras escultóricas en pleno acto sexual y al aire libre, para que quede bien patente que la protección de la inocencia de los niños es otra de las fronteras éticas a derribar.

Se están empeñando en expulsar a los niños de la vía pública y lo van a conseguir. Al menos, a aquellos cuyos padres, pobres carcas trasnochados, seguramente ultracatólicos o algo peor, se nieguen a dejarles ingerir toda la porquería sexualizada que promueven los gestores de lo público con la excusa del arte. Porque padres hay de todo pelaje y condición, y a algunos no parece importarles que sus párvulos absorban como esponjas tipo Bob la teorética de una buena felación antes de que muden los dientes de leche. Allá ellos con sus criaturas.

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Por si no están al tanto, les cuento. Zona de la Marina, puerto de Valencia, lugar donde cientos de familias con niños pequeños van a pasear, a patinar bajo los tinglados o a disfrutar de las vistas de los veleros varados en los pantalanes. En tiempos del tándem Camps-Barberá, sede del equipo suizo de la Copa América de vela. Como comprenderán, un lugar maldito para la gauche divine (ahora de saldo), un paraje intoxicado por los efluvios mórbidos de los grandes eventos, la alfombra roja a Bernie Ecclestone y el pijerío pepero y regatista con bronceado Alinghi. Los últimos estertores dorados de los populares antes de precipitarse a los infiernos.

Vistos los antecedentes, la Presidencia de la Generalidad y la Consejería de Cultura valencianas (ya sabemos en qué manos andan) han decidido exorcizar el lugar entregándolo a la creación de un espacio cultural. Que es el pomposo nombre que la izquierda otorga a los lugares donde, tarde o temprano, exhibirán toda su indigencia moral con ánimo de ofender, provocar y zaherir los valores de esos otros españoles que no les votan ni les votarán jamás, gracias a un resiliente fino olfato para el pescado podrido.

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Como avanzadilla de la exposición inaugural, estos señores y señoras han sembrado el lugar de esculturas en plan dale que te pego. Lo que viene siendo genitales a tutiplén y coitos como si no hubiera un mañana. Figuras, en definitiva, basadas en la iconografía erótica griega salidas de la mano del artista alcoyano Antoni Miró.

En fin. El artista defiende que no es pornografía, que se trata de arte. Pero muchos padres ya han puesto el grito en el cielo (no todos, porque como he mencionado, los hay acérrimos defensores del todo vale con tal de que sus vástagos les salgan modernos, tolerantes y sexualmente diversificados). Y ante el silencio de la administración, que tira la piedra y esconde la mano, la respuesta que han encontrado por parte del comisario de la exposición no tiene desperdicio.

Dice el tal Fernando Castro que “los niños deben entender que el sexo es algo natural”, arrogándose el derecho de pensar por todos los padres y sentar cátedra sobre la idoneidad de que los menores contemplen escenas de sexo explícito. 

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Y sigue. Dice que pensar que las imágenes expuestas son inapropiadas para los niños es tener “una visión unilateral de la infancia”, porque “los niños son menos ignorantes de lo que creemos que son”. Y apunta como ejemplo que esos mismos niños pueden ver cuerpos desnudos en la Capilla Sixtina del Vaticano o escenas violentas, como ‘Los fusilamientos del 3 de mayo’ en el Museo del Prado.

Lo peligroso de tanta palabrería no es el esfuerzo del comisario por exprimir la lógica a ver si mezclando a Miguel Ángel y Goya con una felación explícita le salen las cuentas. Lo verdaderamente grave es la tendencia que le da cobertura.

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El sutil proceso por el que la infancia ha pasado de ser una institución especialmente protegida, a convertirse, cada vez con más descaro, en un objeto que cuando no resulta molesto al hedonismo de la época es utilizado para una ingeniería social que persigue fines ideológicos y la reeducación encubierta, a medio largo plazo, de toda la sociedad.

Hay suficientes indicios que lo demuestran. Desde la moda creciente del “No se admiten niños” en los establecimientos al intento por parte de los poderes públicos de arrebatar a los padres el derecho constitucional a educar a los hijos, así como las leyes que permiten adoctrinar en las aulas bajo el paraguas de la religión de género o nacionalista.

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La inocencia de los niños ya no es sagrada, sino todo lo contrario. Es una rémora, un quiste que hay que extirpar para el advenimiento de la nueva era donde, libres de pecado y protegidos de toda perturbación, podamos meternos con ellos en la cama si nos place o hacerlos presidentes del Gobierno.

Ya sabemos que una cosa lleva a la otra.

Antonio Velázquez, 20 septiembre 2018

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