El caos: el método de gobierno del globalismo – por Maurizio Blondet

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“Las clases dirigentes han adoptado el caos como el método de gobierno más eficaz para mantener el poder. Aquel caos que fingen combatir es su estrategia de control privilegiada.”

Recuerdo un poco la historia, por supuesto, desconocida para los lectores. En noviembre de 2008, la policía francesa detuvo de manera extremadamente vistosa, brutal y mediática a una docena de jóvenes habitantes de Tarnac, un pueblecito de Corrèze, acusados de planear actos terroristas y de haber cometido ya otros, como los daños a las líneas de alta velocidad (TGV). En investigaciones que se prolongaron durante años, se ha descubierto que: los terroristas anarquistas de Tarnac eran controlados día y noche (todo hay que decirlo) por un policía británico que se había infiltrado, y que había dejado embarazadas a algunas señoritas del grupo terrorista; que los servicios franceses supieron cada movimiento; que los daños al TGV habían sido perpetrados por ecologistas alemanes. Al final, se ve que la única cosa por la que el poder ha considerado peligroso y ha desmantelado el grupo de Tarnac, la verdadera bomba hecha por ellos, era sólo el libro – cerca de noventa páginas – concebido en su entorno:

Estas son sus principales tesis:

Las clases dirigentes han adoptado el caos como el método de gobierno más eficaz para mantener el poder. Aquel caos que fingen combatir es su estrategia de control privilegiada. Jacques Attali, el futurólogo judío que ha creado artificialmente a Macron, lo ha dicho incluso claramente en sus escritos y conferencias. Los dirigentes de hoy no persiguen sino dos propósitos: el primero, crear un gobierno mundial; el otro, proteger al gobierno mundial de todo derrocamiento y enemigo, a través de un sistema de vigilancia generalizado basado en la total trazabilidad de personas y cosas.

¿Cómo se convierte uno en amo del mundo? “Centralizando el orden y el poder en torno a una minoría y esparciendo el caos en el pueblo, reducido al nivel de marionetas en estado de pánico”.

Mucho más cómodo que hacerse obedecer por el pueblo mejorando sus condiciones, resolviendo sus problemas sociales (desde el desempleo hasta el desorden público, desde las crecientes e injustas disparidades hasta la droga). Las élites, gobernando con el caos, ya no asumen ninguna responsabilidad hacia los ciudadanos de la crisis que provoca el capitalismo terminal. De hecho, el caos financiero permite justificar la concentración de poder de los grandes bancos de inversión; el 11 de septiembre justifica el poder incuestionable del Estado profundo; la matanza en la Bataclan, el mantenimiento de las leyes especiales que Hollande había puesto en marcha por la matanza de Charlie Hebdo (tenía ya sobre la mesa el decreto para firmar).

“Abolir todas las fronteras”, también interiores, es su técnica.

Atención: son cosas que ustedes saben ahora, en 2017, y sólo por los lectores advertidos. Las masas no son en absoluto conscientes. Pero el Comité Invisible escribió de ello en 2008, cuando todavía el caos concéntrico (financiero, bélico, terrorista, etc.) aún no estaba totalmente desplegado. Y en el texto se encuentran profetizados caracteres precisos del caos de ingeniería que, en 2008, eran todavía invisibles: la “lucha contra la discriminación” no estaba todavía en la enseñanza primaria de la teoría de género, los derechos de los homosexuales, el matrimonio gay, las “Plazas “(Maidan, Tahrir) a las que se reducirán las revoluciones de color…

Premisa: Lo que más importa de todo al poder – me ha explicado el Comité en Teherán – “es destruir el vínculo entre lo real y la razón [Tomás de Aquino aprobaría: la verdad es el adecuarse el intelecto a lo verdadero]. Hacer de tal modo que el retorno a lo verdadero sea diferido indefinidamente, por lo que el discurso del poder se convierte en el paradigma del pensamiento; discurso pronunciado en la lengua mediática, la neolengua”.

Y ¿cómo se consigue esto? Dijeron los anarquistas de Tarnac en 2008: “La destrucción de la capacidad de autonomía de los dominados – es la respuesta – pasa por la abolición de las fronteras de su ser: individuales y colectivas. Mientras existen fronteras, es posible oponer un sistema de valores a otro, un tipo de derecho a otro, distinguir al hombre de la mujer, a la madre del padre [distinguir en Niki Vendola* al esclavista, no la madre], al ciudadano del extranjero, en definitiva, lo verdadero de lo falso, lo justo de lo injusto, lo normal de lo anormal…

Resultado: hasta que resista un solo confín, el poder no puede cerrar todavía su matriz, la construcción de “un ‘espacio de vida’ puramente virtual en el que la masa podrá hacer sus evoluciones sin tener que tocar nunca lo verdadero – al cual el sistema ha dedicado todas las técnicas del conductismo, del espectáculo, de la programación neuro-lingüística, de las técnicas publicitarias, de la ingeniería social”.

La distinción primordial entre hombre y mujer, pero también entre hijo y madre y padre, se ejemplifica poderosamente en el mito de Edipo, con sus tabúes sagrados (al hijo no le es lícito acostarse con mamá), que son “el organigrama original de un grupo, su capacidad de constituirse en organización”.

“Hacer la promoción de la indistinción de los roles y de los cambios de lugar, hacer pasar los antojos personales por delante del respeto al organigrama del grupo”, tiene el objetivo de “reducir a ese grupo a individuos yuxtapuestos, incapaces de comunicar y cooperar”, en la tarea política esencial de derrocar a los Señores del Caos. “Facilitar la expresión de individualismo fálico es parte de la estrategia de desorganización. A nivel de comportamiento, se traduce en una cultura de lo espontáneo, de lo impulsivo de lo visceral, de lo flexible y de la búsqueda del resultado inmediato, con la consiguiente incapacidad de concentración, de planificación y de elaboración de estrategias a largo plazo.

Maurizio Blondet, 2017

Fuente

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