Por qué la política está muerta – por Gilad Atzmon

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En los buenos tiempos, cuando los términos izquierda y derecha significaban algo, la distinción entre ambos era clara. La izquierda creía que los recursos y la riqueza del Estado debían compartirse equitativamente. La posición de la derecha era que dado que solo unas pocas personas en la sociedad son capaces de manejar el capital adecuadamente, transformando la prosperidad en más prosperidad, a esos pocos individuos se les debe otorgar mano libre y se les debe pagar alegremente para permitir que el Estado sea más próspero.

Cabe destacar que ambos puntos de vista eran patrióticos y tenían la intención de beneficiar al Estado nación y a sus ciudadanos. La izquierda quería la igualdad para el bien de todos. La derecha mantenía que las políticas de laissez-faire beneficiaban tanto a la clase trabajadora como a los ricos. Metafóricamente podemos pensar en la riqueza del Estado como un pastel. La izquierda cree que la torta debería cortarse en pociones iguales para cada miembro de la sociedad, mientras que la derecha sostenía que si los que saben cómo hacer dinero disfrutan de un mejor pasar, también sabrían cómo agrandar la torta de manera que los trabajadores podrían estar entre los primeros en beneficiarse a medida que su porción se agrande.

Las teorías de izquierda y derecha fueron significativas dentro del contexto político de una sociedad manufacturera capitalista. La sociedad industrial produjo la riqueza que hizo relevante el debate entre “igualdad” y Laissez-faire. Pero Occidente ya no es productivo. La manufactura ha viajado para encontrar a los trabajadores más baratos, moviéndose entre el Lejano Oriente, Sudamérica y África. La clase obrera se ha reducido a una clase global sin trabajo. Los argumentos sobre la distribución de la riqueza significan poco en un universo globalizado donde la riqueza del Estado ha sido reemplazada por una deuda en crecimiento exponencial. En una sociedad que ha reemplazado la producción con el consumo, el vínculo/conflicto entre el propietario de la fábrica y el trabajador pertenece a la nostalgia.

Con la izquierda y la derecha vaciadas de su relevancia ideológica y política, ambas corrientes políticas se han reducido a meras formas de identificación con una relevancia política o ideológica nula. La izquierda se reduce a una “llamada LGBTQ” y la derecha es impulsada por el “nacionalismo blanco”. Ambas son esencialmente tribales, antiuniversales y difícilmente atractivas para la mayoría.

Esto puede explicar el auge mundial de nuevas formaciones políticas populistas que no se ajustan a los clichés políticos conocidos. Las instituciones políticas tradicionales, tanto de izquierda como de derecha, luchan para hacer frente tanto al cambio como a la adaptación. Tal vez hace dos décadas los laboristas podían ser elegidos para liderar a Gran Bretaña pretendiendo ser conservadores, pero esta estrategia no va a salvar al laborismo en el futuro, ya que los conservadores no son una opción atractiva. Lo mismo se aplica al Partido Demócrata. Ser un ávido neocon y un traficante de guerra no ayudó a Hillary Clinton. En cambio fue Donald Trump, un político “anti” con un punto de vista ideológico nulo, quien llegó a la Casa Blanca.

El mundo del que formamos parte espera desesperadamente un nuevo ethos: una nueva ideología, una religión, un espíritu, una metafísica, incluso puede ser un antiethos.

¿Refrescará este espíritu nuestro anhelo por lo universal, lo poético y lo ético en consonancia con las raíces atenienses occidentales o va a ser represivo, odioso y tribal de acuerdo con el enfoque de Jerusalén que ha amenazado a Atenas durante dos milenios?

Supongo que depende de nosotros determinar cuán semejante a nosotros es este mundo.

Gilad Atzmon, 26 febrero 2019

Fuente original

Fuente traduccion (por J. M.)

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