Diversidad e igualdad: las trampas conceptuales – por Xavier Bartlett

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En estos tiempos que corren se habla mucho, y especialmente desde las altas instancias, de respetar y promover la diversidad, así como de extender la igualdad (en realidad, igualitarismo) entre todos los seres humanos y muy en particular en el ámbito de la llamada política de género, a fin de poner a las mujeres al mismo nivel que los hombres en todos los ámbitos. En este punto, he creído conveniente realizar una serie de consideraciones para poner de manifiesto que, una vez más, estamos ante una las típicas trampas de la ingeniería social cocinada desde el poder global. Porque, como siempre, el sibilino lenguaje y las grandes proclamas políticas y sociales esconden intenciones que poco o nada tienen que ver con las aparentemente mejores intenciones. Pero empecemos por el principio, con una reflexión sobre la realidad del mundo natural.

 

 

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La herencia genética ayuda al predominio de los atletas negros

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La especie humana tiene sus características propias, distinta de otros animales. Aparte, existe la obvia diversidad entre razas y entre los dos sexos. Todo esto viene marcado por la genética y en última instancia por los códigos del ADN, que no dejan de ser unos complejísimos programas informáticos[1]. La diversidad supone la existencia de rasgos determinantes que dan ciertas ventajas e inconvenientes en el mundo físico, y cada uno se desempeña en ese mundo desde su singularidad, al igual que todas las especies vegetales o animales. De ahí que los negros, por ejemplo, tengan una notable protección frente a la radiación solar de la que carecemos los blancos o una capacidad atlética superior en la carrera[2]. En cambio, su cuerpo no está tan bien adaptado a la natación como los blancos. Tampoco es ninguna novedad ver que las jóvenes gimnastas de corta edad –casi niñas– se desempeñan mejor que las mujeres adultas en la realización de los ejercicios gracias a una combinación de extrema elasticidad, ligereza y fuerza. Todo esto se puede ver en las competiciones deportivas y no sorprende a nadie.

Con todo, a través de los siglos el ser humano parece no haber entendido esta realidad diversa, en que la diferencia biológica es algo natural, y ha caído repetidamente en actitudes xenófobas, supremacistas o racistas por considerar la pureza y virtudes de un determinado grupo o comunidad como un factor de superioridad. Y lo peor es que tal diversidad o distinción va más allá de lo estrictamente físico y puede ser utilizada con fines políticos o partidistas, apelando a una lengua, una cultura, una tradición, un territorio, etc., lo que a día de hoy aún es fuente de conflicto, incluso en países llamados “civilizados y democráticos”. El caso es que desde hace unos años la diversidad –en cualquiera de sus formas– se ha convertido en una especie de arma arrojadiza para reivindicar quimeras y falsas igualdades que no vienen a cuento. De este modo, se ha extendido en todo el mundo una infundada corrección política que quiere “igualar” a todas las razas y comunidades con la idea de que hay que restañar heridas, agravios y ofensas de unos supuestos “superiores” contra otros “inferiores”, y que para ello hay imponer a la fuerza falsas realidades, cuotas y normas.

 

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Violencia extrema en algunos pueblos precolombinos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Así, se ha ido incorporando en la sociedad occidental –mayoritariamente blanca– una idea de culpabilidad ante el resto de comunidades por haberlas oprimido o marginado. A este respecto, es innegable que las grandes potencias occidentales se dedicaron a explotar o esclavizar a muchos pueblos poco desarrollados o incluso salvajes. Pero, ojo, mientras todavía se habla de la leyenda negra española, se suele omitir que los propios imperios precolombinos ya eran marcadamente agresivos y colonialistas con los pueblos vecinos sometidos, por no hablar de otros muchos pueblos en todo el mundo que practicaban la conquista y la opresión sobre otras comunidades o sobre sus iguales de raza y cultura. Ahora parece, empero, que los únicos malos sean los hombres blancos occidentales.

Esto ha hecho que la diversidad natural y los hechos históricos sean mal entendidos y convertidos en una especie de multirracialidad forzosa y políticamente correcta. Esto ha llevado a una progresiva reinterpretación social e histórica que hace que en las series de ficción o en las películas aparezcan personajes negros o de otras razas en papeles que no les corresponden, como ver a una persona de raza negra en un papel clave de la Inglaterra medieval. Actualmente estas cuotas se han extendido a casi todos los terrenos sociales y en cualquier actividad pública, independientemente de que tengan una traslación efectiva al mundo real.

El resultado último se ha visto en la absurda corrección política ejercida en muchos países occidentales que incide en el victimismo y la reivindicación –más allá de cualquier posición razonable– hasta caer en la pura fobia. Por ejemplo, un sindicato de estudiantes negros de una universidad norteamericana vetó en el currículo el estudio de un gran número de famosos literatos blancos por ser demasiados (lógicamente en proporción a los escritores negros) y por no cumplir los requisitos de una exquisita postura ideológica limpia e igualitaria. Pero lo cierto es que la literatura universal es la que es y no atiende a proporciones o cuotas y hasta Mark Twain podría ser considerado hoy un racista. La diversidad mal entendida se convierte pues en un instrumento de separación y de búsqueda incesante de una quimérica igualdad que no existe siquiera en el mundo animal.

 

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La “diversidad sexual” reivindicativa creada por la ingeniería social

 

 

 

 

 

 

 

 

Asimismo, las actuales políticas de género nos han hecho creer que hoy en día ya no hay dos sexos sino múltiples géneros –docenas de ellos– y que esta “diversidad”, fruto de la independencia racional y emocional de los humanos, es la real y no la impuesta por la naturaleza desde hace millones de años. Como ya expuse en su momento, tal diversidad artificiosa sólo tiene como objetivo destruir la familia, el amor y el sexo entre hombres y mujeres (incluida la reproducción natural) y en última instancia dar cobertura a una política eugenésica global. El caso es que las personas que han denunciado esta diversidad como algo fatuo y contrario a la propia humanidad han sido acusadas directamente de retrógradas, opresoras, machistas, fascistas, patriarcales y otras lindezas por el estilo. Porque aquí no puede haber siquiera diversidad de opiniones. Lo que se dice desde arriba –­los estados, instituciones internacionales y poderosos lobbies sociales– es lo único que cuenta, no nos vayamos a equivocar. Sea como fuere, el victimismo y la reivindicación de la diversidad de género vuelven a estar muy presentes y sirven para imponer una única forma de pensar.

Si seguimos en la línea de la cuestión de género llegaremos a otro terreno muy vivo en la actualidad, que no es otro que la reivindicación igualitaria feminista. En este campo es donde se ha implementado en los últimos años toda una serie de medidas en los ámbitos político, social y económico tendentes a superar lo que se ha considerado una situación completamente injusta e inicua de las mujeres, víctimas del llamado heteropatriarcado, según denuncia el feminazismo. El espíritu de estas iniciativas ha sido básicamente poner a la mujer en el lugar que le corresponde y equipararla a los hombres para evitar todo tipo de discriminación o agravio. Pero, ¿es esto igualdad o igualitarismo?

Desde el pasado siglo y de una forma más acentuada en estos últimos años, se ha buscado reivindicar a la mujer para ponerla a la misma altura que el hombre e incluso para superarlo en determinados aspectos, a modo de “compensación” por los agravios seculares. Esto ha provocado, como también escribí en su momento, una política oficial estatal de protección de la mujer en todos los campos, como si fuera un ser “inferior”. Pero no nos engañemos, la incorporación de la mujer a la igualdad, ha significado caer en la misma esclavización y explotación que ha sufrido el hombre durante los últimos siglos. O sea, la supuesta equidad ha comportado que la mujer tenga que trabajar la jornada completa, que acuda a fábricas, tiendas, comercios, oficinas, etc. y que se someta a contratos y a impuestos que va a pagar al estado. En suma, la supuesta igualdad es lo de menos; lo importante es que ahora la mujer pasa a ser propiedad de las empresas y sobre todo del estado, que la ha de proteger y controlar “por su propio bien”, a base de una serie de políticas que la favorecen frente al varón.

Y por si fuera poco, se ha planteado una política de igualdad basada en mentiras (como la falsa brecha salarial por un mismo trabajo), arbitrariedades (como la imposición de cuotas femeninas obligatorias para cargos y trabajos, sólo por motivos de sexo y no por méritos) o incluso abiertas injusticias (como las leyes de violencia de género, que niegan la posibilidad de que la mujer mienta, destruyen la presunción de inocencia e invierten la carga probatoria). En otras palabras, la reivindicación de la mujer en pos de esa igualdad social no tiende a crear concordia, sino a explotar la guerra de sexos y a marcar distancias, a fomentar el odio y la separación. Antes, bajo el prisma de la tradición cultural y religiosa judeo-cristiana, el hombre era el bueno y la pérfida Eva le había dado a comer la manzana del árbol prohibido. Ahora el hombre es el malo, a no ser que se feminice radicalmente.

 

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El trabajo no hace mejor ni peor a la mujer (ni al hombre). Ni el trabajo, ni el dinero ni la carrera profesional nos liberan de verdad.

 

Lo cierto es que la realidad biológica –estudiada y confirmada por la ciencia– nos asegura que mujeres y hombres, las dos piezas que componen el ser humano –como cualquier macho y hembra en las que hay dimorfismo sexual– son distintas física y psicológicamente[3]. En la práctica, esto no es más que la diferencia o distinción “mecánica” entre dos piezas que se complementan la una con la otra. Nada es mejor ni peor, es como es, como la naturaleza quiere que sea para que tengamos nuestra experiencia vital.

Creer que las mujeres han de ser forzosamente como los hombres o que han de hacer lo mismo que ellos es violentar la naturaleza y la libertad. Lógicamente, las mujeres hacen hoy en día muchas cosas que antes no hacían porque la sociedad ha evolucionado y se han superado tópicos culturales, costumbres ancestrales y prejuicios, pero ello no implica que constantemente tengan que retar al hombre por puro igualitarismo. Así, poner a más ministras que ministros en un gobierno no va a hacer mejor a ese gobierno; la buena gestión no tiene sexo. Y si no hay competiciones mixtas deportivas por algo será (e incluso en ajedrez hay campeonatos diferenciados), a pesar de que en algunos casos se quiere forzar la situación cuando la realidad es tozuda. Por ejemplo, no hay chicas en Fórmula 1 porque las pilotos que han llegado a ser probadoras no dieron la velocidad suficiente como para competir con los hombres a un nivel tan profesional. Algunas chicas son extremadamente rápidas, pero les falta el punto de agresividad o arrojo –no necesariamente la fuerza física o resistencia– de sus compañeros pilotos[4]. Pero a la hora de destacar, recordemos que en la antigua República Democrática Alemana se hormonaba fraudulentamente a las atletas (con hormonas masculinas, por supuesto) para poder vencer a sus rivales femeninas. ¿Qué clase de igualdad es esta?

Esto mismo se podría a aplicar a otros campos donde el hombre se desempeña mejor por su propia naturaleza. Eso no quita que haya muchos ámbitos en los que la mujer ha probado sobradamente que puede ser tan buena o mejor que los hombres. No hay que darle vueltas y buscar agravios. La mujer en sí misma no necesita compararse con el hombre ni demostrar nada a nadie ni empeñarse en luchar o competir para llegar a las mismas metas donde los varones no han encontrado… nada. Esta es una falsa igualdad que no lleva a ninguna parte, porque la mujer ya es perfecta en sí misma, ya sea una mujer moderna o tradicional, trabaje o se quede en casa a cuidar de la familia, tenga cuatro carreras o sea analfabeta. En definitiva, la verdadera igualdad –la que reside en la conciencia– existe desde siempre, y desde esa perspectiva no hay nada que juzgar, valorar, compensar, condenar o reivindicar. Llegar a esa comprensión supone, de hecho, un acto de liberación.

 

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La diversidad es sólo un discurso. Lo que se quiere de verdad es que todo el mundo pase por el cedazo del igualitarismo para crear una sociedad dócil y controlable.

 

 

En cambio, el igualitarismo se presenta en forma de tiranía, como la profética visión de la novela Fahrenheit 451, según la cual en un futuro próximo un extraño cuerpo de bomberos (en realidad, una policía socio-política) se dedicaría a buscar y quemar libros, argumentando que la lectura de libros hace a unos pocos creerse superiores a los demás… En efecto, el objetivo de este igualitarismo es conseguir que todo el mundo se sienta feliz (véase la alegoría de “Un mundo feliz” de Huxley) haciendo tabla rasa y destruyendo cualquier tipo de distinción o diversidad, pues el mensaje de fondo es del todo contrario al explícito: “¿Veis a qué desastres lleva la diversidad? Hay que igualar a todo el mundo y así se acabarán los problemas.” Con lo cual se justifica que todo el mundo deba comportarse de modo similar, trabajar, vivir y relacionarse de forma idéntica, poseer las mismas cosas, divertirse con los mismos entretenimientos, etc.

En fin, la igualdad superficial, promovida y potenciada por ese espurio igualitarismo, no nos lleva a ninguna parte, es una carrera sin sentido. En realidad, esa igualdad que nos quieren imponer es el camino hacia la absoluta neutralidad y sometimiento, hacia la pérdida de nuestra auténtica libertad, diversidad y distinción, para convertirnos en meros autómatas o robots, fácilmente controlables mediante las consignas oficiales y la tecnología transhumanista que se nos viene encima. Y por cierto, los que integran el selecto club que rige los destinos de la Humanidad tienen muy clara su distinción elitista sobre el resto de mortales y desde luego no están por la labor de que haya igualdad de conciencia, pues eso representaría el fin de su dominio.

Xavier Bartlett, 16 julio 2018

Fuente

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NOTAS

[1] Véase el artículo Buscando al programador primigenio sobre este tema.

[2] El propio Hitler ya tuvo un oportuno baño de realidad –y contrariedad– cuando observó en los Juegos Olímpicos de 1936 que sus poderosos atletas de raza aria eran barridos en la pista por un ciudadano negro americano llamado Jesse Owens.

[3] También es obvio que ser más fuerte o más inteligente no hace mejor ni peor a nadie. Sólo es valorable en cuanto se puede aplicar a la vida cotidiana de forma positiva y altruista.

[4] La política feminista en realidad ha hecho mucho daño a las mujeres en la alta competición automovilística, pues ha frustrado a buenas pilotos, a las que hicieron ver que podían llegar cuando estaban siendo utilizadas como mera exposición de igualitarismo. Algún caso fue más sangrante, pues la chica en cuestión, muy femenina y de estilo modelo, era realmente muy poco competente –ya estaba en los últimos puestos en categorías inferiores– y se daba ínfulas de que era probadora de la escudería X, cuando no era más que una operación de marketing y propaganda. Entretanto, las chicas que ejercían de grid-girls y que representaban a marcas comerciales fueron suprimidas por parecer floreros y poco menos que por explotación sexual. Ellas mismas se quejaron de que no se consideraban mujeres-objeto, que su trabajo era digno y bien pagado y que no habían sufrido ningún acoso o vejación.

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