De la Bastilla al Parlament – por Candela Sande

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«Hay una desobediencia que procede de una orden y no deja de ser la forma más borreguil de conformismo»

Hay algo profundamente absurdo en un señor presidente, con esa cara de burgués pancista y acomodado que Dios ha dado al señor Torra, azuzando a las masas como un tribuno de la pleble contra las mismas instituciones que él representa.

Ayer vi a mi hijo menor con una camiseta que representa la típica careta de Guy Fawkes, esa que popularizaron ‘V de Vendetta’ y el colectivo de hackers Anonymous, sobre una sencilla y perentoria orden inscrita en rojo: DESOBEDECE.

No es que mi hijo haya parado mientes en lo que dicen sus camisetas, que de todo hay y ya me desobedece sincopadamente por su cuenta y riesgo, pero me quedé pensando en la contradicción de obedecer la orden de no obedecer.

Y en esas nos movemos y esa camiseta es una especie de resumen de la modernidad: se ha hecho de la desobediencia, de la revuelta continua, del permanente desacato a la autoridad la virtud más excelsa, la cualidad más condiciada por lo que son ya varias generaciones de jóvenes -lo que ha llovido del 68 hasta aquí, aproximadamente-, pero, al final, esa desobediencia procede de una orden y no deja de ser la forma más borreguil de conformismo.

Es decir, siempre hay alguien detrás de ese fomento de la desobediencia y la algarada, alguien que se aprovecha y gana y usa a esa juventud que se piensa rebelde como carne de cañón para sus batallitas. Y ese alguien suele haber dejado la juventud bastante atrás y tiene más costumbre de pisar moqueta que asfalto.

Todos hemos podido ver las imágenes de los indepes asaltando el Parlament en Barcelona como si quisieran hacer del venerable edificio una Bastilla catalana.

Hay algo profundamente absurdo en un señor presidente, con esa cara de burgués pancista y acomodado que Dios ha dado al señor Torra, azuzando a las masas como un tribuno de la pleble contra las mismas instituciones que él representa. Es de sobra sabido que la mayoría, si no todas las revueltas exitosas que en el mundo han sido se prepararon y dirigieron en despachos bien caldeados y confortables, pero esta debe de ser la primera vez que la autoridad oficial anima a la rebeldía contra sí misma.

Sí, ya sé: hay poco en toda la tragicomedia catalana que no sea de opera buffa, de teatro del absurdo. Nos conocemos, sin embargo, la teoría, que tan visualmente glosó para el común el que fuera presidente del PNV, Xabier Arzalluz, refiriéndose a ETA: unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces.

La burguesía catalana nacionalista espera ser, no hay que decirlo, la que recoja las nueces del árbol institucional que con tanto vigor sacuden los CDR, pero la historia nos enseña -otra cosa es que alguien se quede con la copla- que esas astutas maniobras rara vez funcionan como estaba previsto.

A estas alturas de la confusa política ya no sabría decir cuánto hay entre los titiriteros de esta representación de ambición de poder pura y dura, de voluntad de ocultar alegrías con el dinero público por parte de este y aquel político, o un sincero deseo de que Cataluña pase a ser como Portugal, es decir, el extranjero para España, de una vez por todas.

Pero si eso es el fin real de los que mueven los hilos, me da la sensación de que están haciendo mal los cálculos y un pan con unas tortas. Porque si convencer a un millones de personas, de una generación a otra, de que son un pueblo oprimido y colonizado por España durante siglos es difícil y ha exigido un presupuesto ingente y muchos años de ‘educación’, volver a meter al genio en la botella va a ser poco menos que imposible.

Quiero decir: pinten el escenario más rosado para las aspiraciones independentistas. Imaginen que Madrid cede, que se declara la república catalana con las bendiciones de todos, hasta de la comunidad internacional. Día primero, el nuevo presidente emite un decreto.

Nunca llueve a gusto de todos. Habrá gente a la que no le guste. ¿Por qué habrían de aceptarlo? ¿No habíamos quedado en que la revuelta era un derecho y la desobediencia una virtud? Porque, esa es otra, que tanto cavilar este grupo y aquel sobre cómo soltar amarras y convertir Cataluña en un estado más en el concierto de las naciones, pocos han pensado que la Cataluña con que sueñan los unos es la que para los otros sería una pesadilla, y al revés.

Los ‘cupaires’ sueñan con una extraña Cataluña entre rural y hippie, comunitaria y recelosa de la riqueza. Algunos podemitas pasados al nacionalismos sueñan en la Cuba del Mediterráneo. Los botiguers quieren algo tranquilo y conservador, que retenga los mercados consentidos y donde nadie haga demasiadas olas. Los liberales imaginan un Singapur con barretina.

Porque lo de imaginar un país donde todos los días haya helado de postre está muy bien, pero eso hay que darle forma. ¿Cómo se hace? Y, sobre todo, los que no estén de acuerdo, ¿olvidarán que los líderes consiguieron lo que querían precisamente pasándose la ley por el arco del triunfo y animando a todos a hacerlo? ¿Por qué habrían de obedecer de repente a lo que tampoco en esta ocasión les gusta?

Cataluña, o una parte demasiado importante de Cataluña, está atrapada en una fantasía pueril y narcisista, hecha de lemas inverosímiles y de mirarse durante décadas en un espejo deformante. Todos los países tienen un mito de origen, pero los nacionalistas catalanes están creando una leyenda, referida a la actualidad cercana, tan alejada de la realidad que la resaca puede ser mortal y durar décadas.

Candela Sande, 4 octubre 2018

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