DOSSIER: Los mitos fundacionales de la política israelí – por Roger Garaudy

roger garaudy

“La verdad está en marcha y nada la detendrá.”

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INTRODUCCION al libro de Roger Garaudy :

Los mitos fundacionales de la política israelí

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Por qué este libro?

Los integrismos, generadores de violencias y de guerras, son una enfermedad mortal de nuestro tiempo. Este libro forma parte de una trilogía dedicada a combatirlos:

Grandeza y decadencia del Islam, donde denuncio el epicentro del integrismo musulmán: Arabia Saudita. Y donde designé al rey Fahd, como cómplice de la invasión americana en el Oriente Medio, como “prostituta política” que hace del islamismo una enfermedad del Islam.

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Dos obras dedicadas al integrismo católico romano que, mientras pretende “defender la vida”, disertando sobre el embrión, se calla cuando 13 millones y medio de niños mueren cada año de malnutrición y de hambre, víctimas del “monoteísmo del mercado” impuesto por la dominación americana. Estas obras se titulan: ¿Necesitamos a Dios? y

¿Hacia una guerra de religión? (contra el monoteísmo del mercado).

La tercera parte del tríptico: Mitos fundadores de la política israelí, denuncia la herejía del sionismo político que consiste en sustituir al Dios de Israel por el Estado de Israel, portaaviones nuclear e insumergible de los provisionales maestros del mundo: Los Estados Unidos, que pretenden apropiarse del petróleo de Oriente Medio, nervio del crecimiento a la manera occidental. (Modelo de “crecimiento” que, respaldado por el F.M.I., cuesta al Tercer Mundo el equivalente en muertos de una Hiroshima cada dos días).

Desde Lord Balfour, que declaró, mientras entregaba a los sionistas un país que no le pertenecía: “Poco importa el sistema puesto en marcha para que conservemos el petróleo de Oriente Medio. Es esencial que este petróleo permanezca accesible.” (Kimhe John, Palestine et Israël. Éd. Albin Michel. 1973, p.27), hasta el secretario de Estado americano Crodell Hull: “Es necesario entender que el petróleo de Arabia Saudita constituye una de las más poderosas palancas del mundo” (ibídem, p.240), una misma política asigna la misma misión a los dirigentes sionistas israelíes: la que definió Joseph Luns, antiguo secretario general de la O.T.A.N.: “Israel fue el mercenario más barato de nuestra época moderna.” (Nadav Shragaï, Haaretz del 13 de marzo de 1992).

Un mercenario no obstante bien pagado como, por ejemplo, de 1951 a 1959, dos millones de israelíes recibieron, cada uno, cien veces más que dos mil millones de habitantes del Tercer Mundo; y sobretodo mercenario bien protegido: de 1972 a 1996, los Estados Unidos han opuesto su veto treinta veces en las Naciones Unidas, contra toda condenación de Israel, mientras que sus dirigentes aplicaban su programa de desintegración de todos los Estados de Oriente Medio, programa expuesto por la revista Kivounim (Orientaciones) nº4, febrero 1982, p.50-59, en la época de la invasión del Líbano. Esta política reposa, gracias al apoyo incondicional de los Estados Unidos, sobre la idea de que la ley internacional es “papel mojado” (Ben Gourion), y que por ejemplo, las resoluciones 242 y 338 de las Naciones Unidas, que exigen que Israel seretire de Cisjordania y del Golán, están destinadas a permanecer letra muerta, igual que la condena unánime de la anexión de Jerusalén, que incluso los Estados Unidos votaron pero excluyendo toda sanción.

Una política tan inconfesable en su fondo exige el camuflaje que mi libro tiene el propósito de desvelar:

En primer lugar, una pretendida justificación “teológica” de las agresiones gracias a una lectura integrista de los textos revelados, que transforma el mito en historia: el grandioso símbolo de la sumisión incondicional de Abraham a la voluntad de Dios, y su bendición de “todas las familias de la tierra”, transformado en su contrario tribal: la tierra conquistada convertida en “tierra prometida”, como para todos los pueblos del Oriente Medio, desde Mesopotamia hasta los Hitítas y Egipto.

Ocurre lo mismo con el Éxodo, este eterno símbolo de la liberación de los pueblos contra la opresión y la tiranía, invocado tanto por el Corán (XLIV, 31-32) como por los actuales “teólogos de la liberación”. Que mientras se dirige a todos los pueblos fieles a la voluntad de un Dios Universal, se convierte en un milagro único, y en el privilegio que habría acordado un Dios particular y parcial con un pueblo elegido, como en todas las religiones tribales y en todos los nacionalismos, que pretenden ser el pueblo elegido cuya misión sería cumplir la voluntad de Dios: Gesta Dei per Francos, para los franceses, Gott mit uns, para los alemanes, Cristo rey, para Franco, In God we trust, blasfemia escrita sobre cada dólar, dios todopoderoso del monoteísmo del dinero y del mercado.

Y además, una mitología más moderna: la del Estado de Israel que sería “la respuesta de Dios al Holocausto”, como si Israel fuese el único refugio de las víctimas de la barbarie de Hitler, mientras que el propio Itzac Shamir (que ofrecía su alianza a Hitler hasta que le arrestaron los ingleses por colaborar con el enemigo y por terrorismo) escribe: “Contrariamente a la opinión común, la mayoría de los inmigrantes israelíes no eran los restos supervivientes del Holocausto, sino judíos de países árabes, indígenas de la región.” (Itzac Shamir, Looking back, looking ahead. 1987, p.574).

Hacía falta pues inflar el número de víctimas. Por ejemplo, la placa conmemorativa del monumento de Auschwitz decía, hasta 1994, en diecinueve lenguas: cuatro millones de víctimas. Las nuevas placas proclaman hoy: “alrededor de un millón y medio”. Hacía falta hacer creer, con el mito de los seis millones, que la humanidad había asistido “al genocidio más grande de la humanidad”, olvidándose de los 60 millones de indios de América del Norte, los 100 millones de Negros (10 muertos por cada cautivo), olvidándose también de Hiroshima y Nagasaki, y de los cincuenta millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial, entre los cuales se cuentan 17 millones de eslavos, como si el hitlerismo tan sólo hubiese sido un vasto pogromo y no un crimen contra la humanidad entera. ¿Bajo el pretexto de que la televisión no habla más que de unas víctimas y no de las otras, sería uno antisemita por decir que los judíos han sido muy duramente golpeados, pero que no fueron los únicos?

Además, para completar el camuflaje, hacía falta, con un nombre teológico: “Holocausto”, dar un carácter sacrificial a esas masacres reales, e insertarlas de alguna manera en el plan divino, como por ejemplo la crucifixión de Jesús.

Nuestro libro sólo tiene por objeto denunciar este camuflaje ideológico de una política, para impedir que se la confunda con la gran tradición de los profetas de Israel. Con mi amigo Bernard Lecache, fundador de la L.I.C.A. (ahora L.I.C.R.A.)2 deportado en el mismo campo de concentración que yo, enseñábamos, en clases nocturnas, a nuestros compañeros, la grandeza, el universalismo, y la potencia liberadora de los profetas judíos.

Nunca he dejado de ser fiel a ese mensaje profético, incluso cuando después de 35 años de militancia en el Partido Comunista, y miembro de su Bureau político, fui excluido, en 1970, por haber dicho, desde 1968: “La Unión Soviética no es un país socialista”.

Como digo hoy: La teología de la dominación de la curia romana no es fiel al Cristo, el Islamismo traiciona el Islam, y el sionismo político está en las antípodas del gran profetismo judío.

Ya en la época de la guerra del Líbano, en 1982, junto con el Padre Lelong, el Pastor Matthiot, y Jacques Fauvet, fuimos llevados ante la justicia por la L.I.C.R.A. al haber mostrado, en Le Monde del 17 de junio de 1982, con el beneplácito de su director, que la invasión del Líbano se situaba en la lógica del sionismo político. El tribunal de París en juicio del 24 de marzo de 1983, confirmado en apelación, y definitivamente por la Corte de Casación, sentenciaba: “considerando que se trata de la crítica lícita de la política de un Estado y de la ideología que lo inspira, y no de una provocación racial… rechazamos todas sus demandas (de la L.I.C.R.A.), y la condenamos a las costas”.

El presente libro es estrictamente fiel a nuestra crítica política e ideológica de entonces, a pesar de que la perversa ley del “comunista” Gayssot ha venido a reforzar, desde entonces, la represión contra la libertad de expresión haciendo del juicio de Nuremberg el criterio de la verdad histórica e instituyendo un “delito de opinión”. Este proyecto de ley fue combatido en la Asamblea Nacional por el actual ministro de Justicia.

Creemos aportar una contribución a la lucha por una paz genuina, fundada sobre el respeto de la verdad y de la ley internacional.

Valientemente, en el propio Israel, los judíos fieles a sus profetas, “nuevos historiadores” de la Universidad hebraica de Jerusalén, y los partidarios israelíes de una paz justa, tras la revelación de sus errores, para el propio Estado de Israel y para la paz del mundo, se interrogan acerca de los “mitos” del sionismo político que condujeron a los asesinatos cometidos por Baruch Goldstein en Hebrón, y por Ygal Amir contra el Primer Ministro Ytzhak Rabin.

La verdad está en marcha y nada la detendrá.

El terrorismo intelectual de un “lobby” ya denunciado por el General De Gaulle por “su influencia excesiva sobre la información” me condujo, en Francia, a proceder a una prepublicación de este texto en un número especial no comercializado, reservado para los abonados de una revista. Ese hecho, expresión de la situación en Francia, parece haber retenido mucho más la atención de los comentaristas que el contenido de mi texto.

Por tanto lo publico hoy yo mismo, bajo mi única responsabilidad, en la forma de Samizdat, en el sentido estricto de ese término que significa en ruso: “editado por sí mismo”

(…)

ROGER GARAUDY

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