Porque he participado en la Gran Marcha del Retorno en Gaza?

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He participado en la Gran Marcha del Retorno en Gaza dos a tres veces a la semana desde que comenzó el 30 de Marzo. Me hace sentir más cerca de mi pueblo de Zarnouqa, que una vez estuvo cerca de lo que solía ser la ciudad palestina de al-Ramla. Las milicias israelíes limpiaron étnica la zona en 1948, expulsando a decenas de miles de palestinos, incluyendo a mis padres.

La Gran Marcha del Retorno  es el comienzo de nuestro largo camino hacia la libertad para acabar con esta injusticia desde 1948.

Nos manifestamos por tres razones. Primero, queremos que se aplique la Resolución 194 de la ONU, que pide el retorno de todos los refugiados palestinos a sus tierras. Segundo, queremos que el cerco genocida impuesto a Gaza por el Israel del apartheid se levante. Tercero, nos negamos a aceptar la decisión de trasladar la embajada de Estados Unidos a la Jerusalén ocupada.

Nosotros, los manifestantes, pertenecemos a todos los sectores de la sociedad civil y a todo el espectro de las organizaciones políticas palestinas. Y a pesar de lo que la propaganda sionista (hasbara) podría hacer creer, no fue Hamas quien “ordenó” que nos manifestáramos.

El Comité Nacional de la Marcha tiene representantes de todas las organizaciones políticas palestinas, incluyendo Fatah, el Frente Popular para la Liberación de Palestina, el Frente Democrático para la Liberación de Palestina, y la Iniciativa Nacional, entre otros.

El 14 de mayo, yo era uno de las decenas de miles de habitantes de Gaza que decidieron ir a la valla oriental protegida por los francotiradores israelíes.

“Hoy será un gran día en la historia de Palestina. Un día que recordarán para siempre todos los palestinos, árabes y amante de la libertad!”, escribí en mi muro de Facebook justo antes de salir de casa ese día para ir en coche con mis tres amigos – un académico, un vendedor y un activista – para unirnos a la marcha.

Había decenas de miles de personas allí con nosotros – hombres, mujeres y niños, familias enteras  de todos los ámbitos de la vida.

Estas miles de personas, caminando sin armas hacia la valla para exigir su derecho a regresar, preocupan a Israel. Su gobierno dio instrucciones a los soldados de disparar contra cualquier civil que trate de “traspasar” la valla.

Los disparos comenzaron ya a las nueve de la mañana. Vi a mujeres, niños, discapacitados, jóvenes y ancianos ser tiroteados, a pesar de que no estaban tratando de “traspasar” la valla. Un joven, cuyo rostro nunca olvidaré, recibió un disparo en el abdomen y nunca llegó al hospital.

Una mujer joven, cuyo rostro estaba cubierto con una kefiya palestina, recibió un disparo en el cuello, pero sobrevivió. Al final del día, habíamos perdido 60 personas y más de 2.700 resultaron heridas.

Las muertes más desgarradoras fueron las de un bebé de ocho meses de edad, Laila El-Ghandour, y la de Fadi Abu Saleh, un amputado que había perdido sus piernas a causa de una mina israelí. Dos de los 60 mártires eran hermanos.

Y también recibí la noticia del martirio de mi amigo Ahmed al-Udini, que deja una hija de 3 años de edad. Era un estudiante y activista de izquierda que después de su graduación se unió al grupo en Gaza del movimiento Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS) y trabajó como presentador en la estación de radio Al-Shaab. No era un “amenaza terrorista”, como Israel pretende hacer creer.

Nos preparamos para enterrarles, a él y al resto de los muertos, sabiendo que hemos sido abandonados. La amarga realidad es que estamos solos, asediado, en estado de sitio, y nadie nos quiere, incluso quienes se supone que son nuestros hermanos.

Durante seis semanas, nos hemos enfrentado a la embestida de uno de los ejércitos más fuertes del mundo, que posee cientos de ojivas nucleares, más de 150.000 soldados en servicio activo, carros de combate Merkava, aviones F-16, helicópteros de ataque Apache, cañoneras y drones.

Cuando Israel no nos mata con sus francotiradores o nos bombardea, hace todo lo que puede para asegurarse de que vivimos en condiciones infrahumanas en estado de sitio en Gaza. Obtenemos electricidad sólo 4 horas al día, el 95 por ciento de nuestra agua no es potable, y nuestra enfermos graves agonizan mientras esperan durante meses un permiso para recibir tratamiento en Cisjordania.

Mientras nuestros hospitales, ya sin recursos por el sitio, luchan para tratar a los 12.000 heridos desde el 30 de marzo, algunos regímenes árabes y una UE cómplice no hacen absolutamente nada, salvo publicar declaraciones tímidas. En realidad, han defraudado a los palestinos desde hace años, y hasta la fecha, las actitudes oficiales internacionales son una combinación de cobardía e hipocresía.

La comunidad internacional, la ONU, la UE, y los líderes árabes han permanecido en gran medida en silencio sobre las atrocidades cometidas por el Israel del apartheid. En su lugar, nos piden permanecer en silencio en Gaza, el mayor campo de concentración al aire libre del mundo, con el fin de no incomodar a los ocupantes israelíes.

Se espera que nos comportemos como “siervos palestinos”, al igual que los esclavos domésticos que estaban agradecidos a sus amos blancos y que estaban satisfechos de comer las sobras de sus mesas. Estamos obligados a aceptar nuestra muerte lenta y a no mostrar ninguna forma de resistencia, a admitir que si recibimos un tiro es por nuestra culpa.

Mientras enterramos a nuestros muertos, sabemos que sólo tenemos una opción viable. Esa opción no implica esperar a que se reúnan el Consejo de Seguridad, la UE o la Liga Árabe.

Esa opción es “poder del pueblo”, la única fuerza capaz de enfrentarse con la ocupación militar israelí. Hemos optado luchar por la dignidad, un giro después de años de auto-engaño que nos hacia asumir la esclavitud bajo el ocupante como un hecho consumado.

El resultado de esta decisión de la sociedad civil palestina y de todas las fuerzas políticas es la Gran Marcha del Retorno.

La única vía que nos queda es seguir la misma estrategia que la lucha en Sudáfrica. Se trata de movilizar a las masas sobre el terreno en lugar de hacer lobby ante los gobiernos indiferentes de todo el mundo.

¿Qué ayuda podían esperar los sudafricanos de Margaret Thatcher o Ronald Reagan? Fueron los sudafricanos comunes y corrientes y los ciudadanos comprometidos del mundo los que condenaron y resistieron los crímenes cometidos por el sistema de apartheid.

Nuestra principal ventaja como palestinos en esta lucha desigual es lo que el difunto Edward Said llama “la autoridad moral.” Nuestra victoria al final será el resultado inevitable de nuestra firmeza, de no vacilar a pesar de la sensación de que nos hemos quedado solos.

Haidar Eid, 18 mayo 2018

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