¿Cuán Bíblico Es el Sionismo? – por Laurent Guyénot

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«El francés Laurent Guyénot recalca su postulado de que para entender el comportamiento de israelíes y sionistas es imprescindible profundizar la mirada en los antiguos textos bíblicos, ya que de otro modo sólo se percibirán paradojas y contradicciones.»

La Mentalidad Bíblica de los Padres Fundadores de Israel

     La Biblia hebrea (Tanaj) es para el judío comprometido a la vez un registro de sus antiguos orígenes, el prisma por el cual toda la historia judía es interpretada («holocausto» ¿no es acaso un término bíblico?), y el modelo invariable del prometedor futuro de Israel. Por eso la Biblia, una vez la «patria portátil» de los judíos de Diáspora, como lo dijo Heinrich Heine, permanece en el centro de la narrativa nacional del Estado judío, cuyos padres fundadores no le dieron ninguna otra Constitución.

     Es verdad que los profetas más tempranos del Sionismo político —Moses Hess (Roma y Jerusalén, 1862), Leon Pinsker (Auto-Emancipación, 1882) y Theodor Herzl (El Estado Judío, 1896)— no sacaron su inspiración de la Biblia sino más bien del gran espíritu nacionalista que barrió Europa a finales del siglo XIX. Pinsker y Herzl realmente se preocuparon poco de si los judíos colonizaban Palestina o alguna otra región del globo; el primero pensó en alguna tierra en Norteamérica, mientras que el segundo contempló Argentina y posteriormente Uganda. Más importante todavía que el nacionalismo, lo que impulsó a esos pioneros intelectuales fue la persistencia de la judeofobia o «anti-semitismo«: Pinsker, quien era de Odessa, se convirtió durante las persecuciones que siguieron al asesinato de Alejandro II; Herzl, en el momento más álgido del asunto Dreyfus.

     Sin embargo, al llamar «Sionismo» a su movimiento, Herzl estaba conectándolo en la mitología bíblica: Sión es un nombre usado para Jerusalén por los profetas bíblicos. Y después de Herzl, los fundadores de las Yishuv (las comunidades judías instaladas en Palestina antes de 1947) y más tarde los fundadores del Estado judío estaban impregnados de la Biblia. Desde el punto de vista de ellos, el Sionismo era el final lógico y necesario del Yahvismo bíblico. «La Biblia es nuestro mandato», declaró Chaim Weizmann en la Conferencia de Paz de Versalles en 1920, y David ben-Gurión ha aclarado que él sólo aceptó el Plan de Partición de Naciones Unidas de 1947 como un paso temporal hacia el objetivo de conseguir fronteras bíblicas. En «Ben-Gurión, Profeta de Fuego» (1983), la biografía del hombre descrito como «la personificación del sueño sionista», Dan Kurzman comienza cada capítulo con una cita de la Biblia. El prefacio comienza así:

     «La vida de David ben-Gurión es más que la historia de un hombre extraordinario. Es la historia de una profecía bíblica, un sueño eterno. (…) Ben-Gurión era, en un sentido moderno, Moisés, Josué, Isaías, un mesías que sintió que él estaba destinado a crear un Estado judío ejemplar, una luz para las naciones que ayudaría a redimir a toda la Humanidad».

     Para Ben-Gurión, escribe Kurzman, el renacimiento de Israel en 1948 «igualaba al Éxodo desde Egipto, la conquista de la tierra por Josué, y la rebelión de los Macabeos». Sin embargo, Ben-Gurión nunca había ido a la sinagoga, y comía carne de cerdo en el desayuno. Según el rabino que dirigía el grupo que estudiaba la Biblia al cual asistía Ben-Gurión, éste «creía inconscientemente que estaba dotado con una chispa del alma de Josué. (…) No puede haber ninguna educación política o militar sobre Israel que valga la pena sin el conocimiento profundo de la Biblia«, él solía decir [1]. Él escribió en su diario en 1948, diez días después de declarar la independencia: «Romperemos Transjordania [Jordania], bombardearemos Ammán y destruiremos su ejército, y luego caerá Siria; y si Egipto todavía sigue luchando, bombardearemos Puerto Said, Alejandría y El Cairo». Luego él añade: «Eso será en venganza por lo que ellos hicieron a nuestros antepasados durante tiempos bíblicos» [2]. Tres días después de la invasión israelí del Sinaí en 1956, él declaró ante el Knesset [Parlamento] que lo que estaba en juego era «la restauración del reino de David y Salomón» [3].

     El apego de Ben-Gurión a la Biblia era compartido por casi cada líder sionista de su generación y de la siguiente. Moshe Dayan, el héroe militar de la Guerra de los Seis Días de 1967, escribió un libro titulado Viviendo con la Biblia (1978) en el cual él justificó con la Biblia la anexión del nuevo territorio. Más recientemente [Febrero de 2017], el ministro de Educación israelí Naftali Bennett, un defensor de la anexión total de la Cisjordania, hizo lo mismo.

     El sionismo es bíblico por ideología, pero también en la práctica. Como Avigail Abarbanel escribió, los conquistadores sionistas de Palestina «han estado siguiendo muy de cerca el dictado bíblico dado a Josué de sólo ir y tomar todo. (…) Para ser un movimiento supuestamente no-religioso, es extraordinario cuán estrechamente el Sionismo (…) ha seguido la Biblia» [4]. La paradoja es sólo aparente, porque para los sionistas, la Biblia no es un texto religioso sino un libro de texto de Historia. De esa manera, debería ser obvio para cualquiera que esté prestando atención que el comportamiento de Israel en la escena internacional no puede ser entendido sin una investigación profunda de la ideología subyacente en la Biblia.

Profecías y Geopolítica

     Sólo teniendo en cuenta las raíces bíblicas del Sionismo puede uno entender por qué aquél nunca ha sido un movimiento nacionalista como otros. No podía ser, como ha comentado Gilad Atzmon, desde el momento en que se definió a sí mismo como un movimiento judío, destinado a la creación de un «Estado judío» [5]. El excepcionalismo judío es un concepto bíblico que no tiene equivalente en ninguna otra cultura étnica o religiosa.

     Tampoco puede el Sionismo ser correctamente evaluado como una forma de colonialismo, a pesar del esfuerzo de Jabotinsky para hacer aquello, ya que el colonialismo no procura expulsar a los nativos sino explotarlos. Si el Sionismo es colonialismo, sólo puede serlo en el sentido de la colonización del mundo por Israel, según el programa presentado por Isaías:

—»La riqueza del mar fluirá hacia ti, la riqueza de las naciones vendrá a ti» (60:5);

—»Tú sorberás la leche de las naciones, y sorberás la riqueza de los reyes» (60:16);

—»Tú te alimentarás de la riqueza de las naciones, y las suplantarás en su gloria» (61:5-6);

—»Porque perecerá la nación y el reino que no esté a tu servicio, y las naciones serán completamente destruídas» (60:12).

     Los cristianos encuentran esperanza en Isaías, en que, algún día, todos los pueblos «convertirán sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en hoces. Las naciones no levantarán la espada contra otra nación, y ya no aprenderán a hacer la guerra» (Isaías 2:4). Pero más importante para los sionistas son los versículos previos, que describen esos tiempos mesiánicos como una Pax Judaica, cuando «todas las naciones» pagarán tributo «al monte de Yahvé, a la casa del dios de Jacob», cuando «la Ley saldrá de Sión y la palabra de Yahvé desde Jerusalén», de modo que Yahvé «juzgará entre las naciones y mediará entre muchos pueblos».

     No es extraño que Isaías sea el profeta bíblico más a menudo citado por los sionistas. En una declaración publicada en la revista Look el 16 de Enero de 1962, Ben-Gurión predijo para los siguientes 25 años:

     «Todos los ejércitos serán abolidos, y ya no habrá más guerras. En Jerusalén, Naciones Unidas (unas Naciones realmente Unidas) construirán un Santuario de los Profetas para servir a la unión federada de todos los continentes; ése será la sede de la Corte Suprema de la Humanidad, para resolver todas las controversias entre los continentes federados, como fue predicho por Isaías» [6]

     El lanzamiento de la Guerra de Iraq [Marzo de 2003] fue un paso decisivo hacia aquel objetivo de un nuevo orden mundial establecido en Jerusalén. Ése fue el contexto para una «Cumbre de Jerusalén» realizada en Octubre de 2003 en el muy simbólico hotel King David, para sellar una alianza entre sionistas judíos y sionistas cristianos. La «Declaración de Jerusalén» firmada por sus participantes declaraba a Jerusalén «la clave para la armonía de las civilizaciones», sustituyendo a Naciones Unidas que se había convertido en «una tribalizada confederación secuestrada por dictaduras del Tercer Mundo»:

     «La importancia espiritual e histórica de Jerusalén la dota con una autoridad especial para convertirse en un centro de unidad del mundo. (…) Creemos que uno de los objetivos del renacimiento divinamente inspirado de Israel es hacerlo el centro de la nueva unidad de las naciones, la que conducirá a una Era de paz y prosperidad, predicha por los Profetas».

     Tres ministros israelíes en ejercicio hablaron en la cumbre, incluyendo a Benjamin Netanyahu. Richard Perle, el invitado de honor, recibió en esa ocasión el Premio Henry Scoop Jackson.

     Cuando los líderes israelíes afirman que su visión del futuro global está basada en la Biblia (hebrea), nosotros deberíamos tomarlos en serio y estudiar la Biblia. Eso podría ayudar, por ejemplo, a saber que según el Deuteronomio Yahvé planea entregar a Israel «siete naciones mayores y más fuertes», agregando: «Tú debes destruírlas completamente; no harás ningún convenio con ellas, y no les mostrarás ninguna piedad. No harás matrimonios con ellas…» (7:1-2). En cuanto a los reyes de esas siete naciones, «harás perecer su nombre debajo del cielo» (7:24). La destrucción de las «siete naciones», también mencionada en Josué 24:11, es considerada un mitzvah [precepto o mandamiento] en el judaísmo rabínico, incluído por Maimónides en su Libro de Mandamientos [7], y ha permanecido como un tema popular en la cultura judía, conocido por cada niño escolar israelí.

     Eso es también parte de la agenda neoconservadora para la Cuarta Guerra Mundial (como Norman Podhoretz llama al actual conflicto global en «World War IV: The Long Struggle against Islamofascism», 2007). El general Wesley Clark, ex-comandante de la OTAN en Europa, escribió en su libro «Ganando Guerras Modernas» (2003), y repitió en numerosas ocasiones, que un mes después del 11 de Septiembre de 2001, cuando él estaba haciendo una visita a Paul Wolfowitz, un general del Pentágono le mostró una nota «que describía cómo vamos a destruír siete países en cinco años, comenzando con Iraq, y luego Siria, Líbano, Libia, Somalia y Sudán, y terminando con Irán» [8].

     En su discurso del 20 de Septiembre de 2001 el Presidente Bush II también puso en la mira a siete «Estados villanos», pero incluyó a Cuba y Corea del Norte en vez del Líbano y Somalia. La probable explicación de aquella discrepancia consiste en que Bush o su séquito rechazaron incluír al Líbano y Somalia, pero el número siete fue retenido por su valor simbólico, como una firma encriptada. Sin duda, los neocons que estaban escribiendo la agenda de guerra de Bush eran sionistas de la clase más fanática y maquiavélica. Pero el nido de víboras neocons no es el único lugar para buscar a cripto-sionistas infiltrados en las más altas esferas de asuntos extranjeros y militares estadounidenses. Considere, por ejemplo, que Wesley Clark es el hijo de Benjamin Jacob Kanne y el orgulloso descendiente de un linaje de rabinos. Es difícil creer que él nunca oyó hablar sobre las «siete naciones» de la Biblia ¿Está el propio Clark, junto con Amy Goodman que lo entrevistó, tratando de escribir la Historia en términos bíblicos, culpando por esas guerras a los agitadores del Pentágono?. ¿Qué está sucediendo aquí?

 

Una Lección de los Libros de Esdrás y Nehemías

     Para entender cómo los cripto-sionistas han secuestrado el poder militar del Imperio en guerras mediante delegados, una lección puede ser aprendida del Libro de Esdrás y su secuela, el Libro de Nehemías. En el tiempo de Esdrás la potencia imperial era Persia. Después de que los persas habían conquistado Babilonia en 539 a.C. algunos exiliados y sus descendientes (42.360 personas con sus 7.337 sirvientes y 200 cantantes masculinos y femeninos, según Esdrás 2:64-67) retornaron a Jerusalén bajo la protección del rey Ciro, con el proyecto de reconstruír el Templo en Jerusalén. Así comienza el Libro de Esdrás:

     «Yahvé despertó el espíritu del rey Ciro de Persia para publicar una proclamación y hacerla mostrar en público por todas partes de su reino: «El rey Ciro de Persia dice esto: Yahvé, el dios del cielo, me ha dado todos los reinos de la tierra y me ha designado para construírle un templo en Jerusalén, en Judá»» (Esdrás 1:1-2).

     Por actuar de parte de Yahvé, a Ciro se le otorgó el título de «Ungido» de Yahvé (Mashiah) en Isaías 45:1.

     «Así dice a Yahvé a su ungido, a Ciro, a quien él dice: lo he tomado de su mano derecha, para hacer que las naciones se inclinen ante él y para desarmar a reyes: (…) Es por mi sirviente Jacob e Israel mi elegido, que te he llamado por tu nombre, te he dado un título aunque tú no me conoces. (…) Aunque no me conozcas, te he armado» (Isaías 45:1-5).

     Un posterior emperador persa, Darío, confirmó el edicto de Ciro, autorizando la reconstrucción del Templo, y ordenando gigantescas ofrendas quemadas financiadas por «los ingresos Reales». A cualquiera que se resistiera al nuevo poder teocrático apoyado por Persia, «le será arrancada de su casa una viga, se le amarrará a ella y será azotado; en cuanto a su casa, será reducida, por este delito, a un montón de escombros» (Esdrás 6:11). Luego se supone que otro rey persa, Artajerjes, concedió a Esdrás autoridad para conducir a «todos los miembros del pueblo de Israel en mi reino, incluyendo sus sacerdotes y levitas, que libremente decidan ir a Jerusalén», y gobernar sobre «el pueblo entero del Trans-Éufrates [distrito que abarcaba todos los territorios al Oeste del Éufrates]» (7:11-26). En 458 a.C. el sacerdote Esdrás fue desde Babilonia a Jerusalén, acompañado por aproximadamente 1.500 seguidores. Llevando con él la Torá recién redactada, Esdrás se llamó a sí mismo «Secretario de la Ley del Dios del Cielo» (7:21). A él se le unió pronto Nehemías, un funcionario de la corte persa de origen judeano.

     Los edictos de Ciro, Darío y Artajerjes son falsificaciones. Ningún historiador cree que sean auténticos. Pero el hecho de que los reyes persas concedieron a un clan de adinerados Levitas autoridad legal para establecer un Estado teocrático semi-autónomo en Palestina parece histórico. ¿Qué dieron a cambio esos proto-sionistas a los reyes persas? La Biblia no lo dice, pero los historiadores creen que los exiliados judeanos en Babilonia habían ganado el favor de los persas confabulando para ayudarles a conquistar la ciudad [9].

     Lo que es de interés en esta narrativa bíblica es el diseño de la estrategia sionista para influír en la política exterior del Imperio para su propia ventaja. A finales del siglo XIX el Imperio era el británico. Su política exterior en el Oriente Medio fue en gran parte formada por el Primer Ministro Benjamin Disraeli. Nacido en una familia de marranos convertidos de vuelta al judaísmo en Venecia, Disraeli puede ser considerado un precursor del Sionismo, ya que, bastante antes de Theodor Herzl, él trató de incluír la «restauración de Israel» en la agenda del Congreso de Berlín, y esperaba convencer al Sultán otomano para que concediera Palestina como una provincia judía autónoma. Él falló, pero tuvo éxito en poner al Canal de Suez bajo control británico, mediante la financiación de su amigo Lionel Rothschild (una operación que también consolidó el control de los Rothschild y del Banco de Inglaterra). Ése fue el primer paso en vincular el interés y el destino británicos al Oriente Medio [10].

     En resumen, Disraeli fue un Esdrás o Nehemías de nuestros tiempos modernos, capaz de conducir la política del Imperio según la agenda judía de la conquista de Palestina, un sueño que él había acariciado después de su primer viaje a Palestina en 1830, a la edad de 26 años, y que él había expresado por boca del héroe de su primera novela, El Maravilloso Cuento de Alroy:

     «Mi deseo es una existencia nacional que no tenemos. Mi deseo es la Tierra Prometida y Jerusalén y el Templo, todo lo que perdimos, todo lo que hemos añorado después, todo por lo cual hemos luchado, nuestro hermoso país, nuestro santo credo, nuestras maneras simples, y nuestras antiguas costumbres».

     Un cuarto de siglo después de Disraeli, Theodor Herzl tampoco pudo convencer al Sultán. Por lo tanto se hizo necesario que el Imperio otomano desapareciera y que los naipes fueran redistribuídos. Los sionistas entonces pusieron a los británicos en contra de los otomanos y, por medios ahora bien documentados, obtuvieron de los primeros la Declaración Balfour (de hecho, una mera carta dirigida por el ministro de Asuntos Exteriores Arthur Balfour a Lord Lionel Walter Rothschild). Pero cuando los británicos comenzaron a limitar la inmigración judía hacia Palestina en los años ’30, los sionistas acudieron al nuevo poder imperial creciente: Estados Unidos. Hoy, el poder de los sionistas en la política imperial estadounidense es tal que unos cuantos neocons judíos pueden llevar a EE.UU. a una serie de guerras contra los enemigos de Israel con un solo ataque de falsa bandera.

     La capacidad de Israel para secuestrar la política externa y militar del Imperio requiere que una élite judía sustancial permanezca en Estados Unidos. Incluso la supervivencia de Israel es completamente dependiente de la influencia del complejo de poder sionista en Estados Unidos (eufemísticamente llamado el «lobby pro-Israel»). Aquélla es también una lección aprendida desde el tiempo de Nehemías y Esdrás: el propio Nehemías retuvo su residencia principal en Babilonia y, durante siglos después, el reino de Israel fue prácticamente gobernado por los exiliados babilónicos. Después de la destrucción de Jerusalén por los romanos, Babilonia permaneció como el centro del judaísmo universal. La comparación fue hecha por Jacob Neusner en Una Historia de los Judíos en Babilonia (1965), y por Max Dimont en Judíos, Dios e Historia (1962). Los judíos estadounidenses que prefieren permanecer en Estados Unidos más bien que emigrar a Israel son, argumentó Dimont, tan esenciales para la comunidad como los judíos babilónicos que rehusaron la invitación de volver a Palestina en la Era persa:

     «Hoy, como una vez antes, tenemos tanto al Estado independiente de Israel como a la Diáspora. Pero, como en el pasado, el Estado de Israel hoy es una ciudadela del judaísmo, un asilo de refugio, el centro del nacionalismo judío donde habitan sólo dos de los doce millones de judíos del mundo. La Diáspora, aunque haya cambiado su centro a través de las épocas con el ascenso y la caída de civilizaciones, todavía sigue siendo el alma universal del judaísmo» [11].

Conclusión

     En palabras de los propios sionistas, incluyendo al mismo Herzl, se suponía que el Sionismo era la «solución final» a la cuestión judía [12]. En 1947 el mundo entero esperaba que así fuera, excepto los líderes árabes que advirtieron contra ello. Pero la existencia de Israel sólo ha resultado en el cambio desde la «cuestión judía» a la «cuestión sionista»: la cuestión sobre las verdaderas ambiciones de Israel. Parte de la respuesta debe ser encontrada en la Biblia hebrea. La «cuestión sionista» es la cuestión bíblica. Los propios sionistas nos lo dicen. Sus bocas están llenas de la Biblia.

     El 3 de Marzo de 2015 el Primer Ministro Benjamin Netanyahu dramatizó delante del Congreso estadounidense su profunda fobia contra Irán refiriéndose al bíblico Libro de Ester (la única historia de la Biblia que no hace ninguna mención de Yahvé, a propósito). Vale la pena citar el núcleo de la retórica petición de Netanyahu de un golpe estadounidense contra Irán:

     «Somos un pueblo antiguo. En nuestros casi 4.000 años de historia, muchos han tratado repetidamente de destruír a la gente judía. Mañana por la noche, durante la fiesta judía de Purim, leeremos el Libro de Ester. Leeremos acerca de un poderoso virrey persa llamado Amán, que conspiró para destruír a la gente judía hace aproximadamente 2.500 años. Pero una valerosa mujer judía, la reina Ester, expuso el complot y le dio a la gente judía el derecho de defenderse contra sus enemigos. El complot fue frustrado. Nuestra gente fue salvada. Hoy la gente judía afronta otra tentativa por aún otro potentado persa para destruírnos».

     Netanyahu logró programar su discurso ante el Congreso en vísperas de Purim, que celebra el final feliz del Libro de Ester: la matanza de 75.000 persas, mujeres y niños incluídos. Ese discurso típico del jefe del Estado de Israel es una clara indicación de que el comportamiento de aquella nación en la escena internacional no puede ser entendido sin una investigación profunda de la ideología subyacente en la Biblia. Tal es el objetivo principal de mi nuevo libro «De Yahvé a Sión: Dios Celoso, Pueblo Elegido, Tierra Prometida… Choque de Civilizaciones» (2018).

     Que aquellos que todavía quieren creer que el Sionismo no tiene nada que ver con la Biblia lo piensen dos veces. Incluso la política nuclear de Israel tiene un nombre bíblico: Opción Sansón (Seymour Hersh, The Samson Option: Israel’s Nuclear Arsenal and American Foreign Policy, 1991). Y que lean a los Profetas:

     «Y ésta es la plaga con la cual Yahvé golpeará a todas las naciones que han luchado contra Jerusalén; su carne se pudrirá mientras ellos todavía están sobre sus pies; sus ojos se pudrirán en sus cuencas; sus lenguas se pudrirán en sus bocas» (Zacarías 14:12).–

Laurent Guyénot, 2018

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Traduccion al espanol: editorial-streicher.blogspot.com

Traduccion al ingles: thesaker.is

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REFERENCIAS

[1] Dan Kurzman, Ben-Gurion, Prophet of Fire, 1983, p. 17-18, 22, 26-28.

[2] Ilan Pappe, The Ethnic Cleansing of Palestine, 2007, p. 144.

[3] Israel Shahak, Jewish History, Jewish Religion: The Weight of Three Thousand Years, 1994, p. 10.

[4] Avigail Abarbanel, «Why I Left the Cult», October 8, 2016.

[5] Gilad Atzmon, Being in Time: A Post-Political Manifesto, 2017, pp. 66-67.

[6] David ben-Gurion y Amram Duchovny, David ben-Gurion, in His Own Words, 1969, p. 116.

[7] http://www.chabad.org/library/article_cdo/aid/961561/jewish/Positive-Commandment-187.htm

[8] Wesley Clark, Winning Modern Wars, 2003, p. 130

[9] Por ejemplo, Heinrich Graetz, History of the Jews, 1891, vol. 1, p. 343.

[10] Sobre la política proto-sionista de Disraeli, lea mi artículo Tracking the Roots of Zionism and Imperial Russophobia en https://xevolutie.blogspot.com/2017/12/684-de-oorsprong-van-het-zionisme-en.html

[11] Citado en Michael Collins Piper, The New Babylon: Those who Reign Supreme, 2009, p. 27.

[12] La primera asociación sionista inspirada por el programa de Herzl, la National-Jüdische Vereinigung Köln, declaró como su objetivo en 1897: «La Solución Final de la Cuestión Judía está por lo tanto en el establecimiento del Estado judío» (citado en Isaiah Friedman, «Germany, Turkey, and Zionism 1897–1918», 1998, p. 17). Herzl escribió: «Creo que he encontrado la solución a la Cuestión Judía. No UNA solución, sino LA solución, la única», repitiendo que el Sionismo era «la única solución posible, final y exitosa de la Cuestión Judía» (The Complete Diaries of Theodor Herzl, 1960, vol. 1, p. 118).

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