Las políticas de Donald Trump abren una ventana de oportunidad para Europa

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Donald Trump tiene una gran virtud, su carencia de talante diplomático y su desprecio por las maneras convencionales y políticamente correctas, le hacen utilizar un lenguaje directo, crudo y nada sutil. Guste o no, al margen de su contenido, la claridad en los mensajes del presidente norteamericano es siempre de agradecer. Es obvio que no estamos acostumbrados a discursos de ese tipo, pero no es malo saber a qué atenernos, todo lo contrario. Los eufemismos y el neolenguaje políticos son instrumentos de dulcificación y camuflaje de la realidad y, para buena parte de la población  mundial, son los únicos mimbres con los que construyen su visión del mundo.

Para los que nos dedicamos a la contrainformación y a la pedagogía política, el neolenguaje dentro de los parámetros de la diplomacia vaticana, no deja de ser un duro contrincante de nuestro quehacer diario, incluso podría decirse que el rival a batir. La suavización del lenguaje, como el argot, traslada una sensación de complejidad que enmascara una realidad que suele ser simple y entendible.

Trump ha osado decir a las claras durante la pasada cumbre de la OTAN, que Europa es enemiga de Estados Unidos, por encima de Rusia e incluso de China. Despojando las declaraciones de la capa de histrionismo provocador con las que el presidente adorna habitualmente su discurso, no deja de ser una realidad que llevamos mucho tiempo denunciando. El proyecto del euro siempre ha sido una amenaza contra el dólar, pilar de la hegemonía norteamericana. Algunas de las intervenciones militares más recientes de EEUU en el mundo se han producido cuando sus líderes anunciaron que abandonaban al dólar para las transacciones comerciales y, sobre todo, para la venta del petróleo que producían. El valor de referencia del dólar está íntimamente vinculado al petróleo y si, por decisiones políticas, dejara de ser necesario comprar dólares para adquirir petróleo en los mercados, sería considerado un ataque directo a la línea de flotación del imperio que, de generalizarse, podría ser fatal para sus intereses.

El exabrupto de Trump no es sólo la salida de tono de un presidente bravucón y lenguaraz. Tampoco es la primera vez que oímos algo parecido de políticos republicanos. Grover Norquist, asesor de George Bush jr., cerebro y artífice de sonadas victorias electorales conservadoras, afirmó sin ruborizarse que el objetivo de la política republicana a largo plazo era “enterrar a los europeos”, acabar con los derechos laborales y con el estado del bienestar. Estos días, uno de los asesores principales de Trump, Stephen Bannon, de gira por Europa trata de articular movimientos euroescépticos de extrema derecha para frustrar el proyecto de UE.

Es en ese contexto en el que hay que entender muchas cuestiones de la política internacional que afectan a ambos bloques. La geopolítica del gas, el conflicto de Ucrania, las sanciones a Rusia… son temas relacionados entre sí y obedecen a una guerra entre el «estado profundo» norteamericano con Rusia en un escenario ajeno, donde Europa pone todos los daños. No es la primera vez que sucede. Si la intención de EEUU siempre ha sido evitar la consolidación de una Europa fuerte, imaginemos su opinión sobre una íntima asociación comercial entre Europa y Rusia. O más aún, la integración económica de Europa, Rusia y China a través del proyecto de la Ruta de la Seda II y su ambicioso plan de infraestructuras de comunicación que conducen, directamente, hacia la multipolaridad del mundo.

Dejando de lado los análisis y predicciones de teorías euroasianistas o neoeuroasianistas, es obvio que la globalización unipolar está tocando a su fin. La política de aranceles puesta en marcha por Trump y lo que está por venir a corto y medio plazo, es la evidencia más palpable de que lo que conocíamos con el nombre de «libre comercio» es ya cuestión del pasado. El repliegue de Estados Unidos sobre sí mismo, su retirada del mundo, como se la denomina, no es una tendencia exclusiva de Trump, a pesar de que él la haya verbalizado y acelerado sobremanera. Anteriores presidentes lo han planteado en varias ocasiones. Mantener fuerzas militares desplegadas simultáneamente en misiones de guerra en tantos países o en centenares de bases militares en el extranjero, es un costo cada vez más inasumible, máxime cuando las infraestructuras publicas del país están literalmente abandonadas y el proceso de desindustrialización está convirtiendo a EEUU en exportador de materias primas y productos alimentarios e importador de bienes industriales.

Esperar que el repliegue norteamericano sobre sí mismo finalice con la elección de un futuro nuevo presidente es bastante arriesgado. Es muy probable que, aunque en Europa no se entienda, Donald Trump vuelva a ganar las elecciones. La unanimidad mediática internacional proyecta una imagen del presidente absurda, ridícula e incluso cómica, imagen que no comparte en absoluto su nicho de votantes, hartos de que el establishment, el estado profundo, gobierne una y otra vez, sin poner solución a los problemas que la mayoría padece de manera estructural. Aunque pensemos que un perfil así no puede llegar a lo más alto de la política en la vieja y letrada Europa —podemos recordar, por ejemplo, a Berlusconi—, en Estados Unidos es factible, incluso con la oposición de todo el aparato de la administración, de los partidos mayoritarios, de todos los medios de comunicación importantes y de los grandes capitales.

Tras el viralizado encuentro con Putin, suena de nuevo la posibilidad de derrocar al presidente a través de un proceso de impeachment e incluso vuelve a hablarse de un proverbial magnicidio. Según nos cuenta Paul Craig Roberts, tratar de hacer las paces con Rusia es un pecado capital en EEUU, cuando el estado profundo ya la ha elegido como enemiga principal para justificar durante años su poder sin restricciones democráticas y sus enormes presupuestos. Pero ambas cosas serían descabelladas y demasiado complejas de ejecutar.

En Europa tienen que pensar que el otrora sacrosanto vínculo trasatlántico puede no ser eterno. Por primera vez, incluso el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, afirma que la organización militar podría tener los días contados. Bajo el dominio de Trump, tras amenazas de retirada y reiterados intentos de humillación a los europeos (por temas de presupuesto militar o por el comercio energético con Rusia), la OTAN es políticamente más débil que nunca. La parte positiva de todo esto es que está sirviendo como acicate para sacar a muchos líderes europeos de su letargo.

El ministro de finanzas francés, Bruno Le Maire, ha reconocido que en Europa somos “vasallos” de Estados Unidos y que no debemos permitir que Washington siga siendo “el policía económico del mundo”. Merkel, mas comedida, en la ceremonia de entrega del Premio Carlomagno al presidente francés, Emmanuel Macron, afirmó que ”Europa tiene que tomar su destino en sus manos, es nuestro desafío para el futuro”. El propio Macron, reconoció que “estamos ante grandes amenazas y no podemos dejar que otros decidan por nosotros”. La tendencia parece estar bien clara.

En este estado de cosas, las políticas de Donald Trump abren una ventana de oportunidad para Europa que podrían llevar al rescate definitivo de la soberanía entregada a Washington y la implementación de una política exterior independiente, acorde con sus propios principios e intereses, respaldada además por una defensa europea. La recuperación del vínculo eurasiático, mucho más natural que el trasatlántico, atendiendo a la situación geográfica, podría sustituir los daños de las restricciones al comercio implementadas por EEUU.

Y no cabe duda de que, de llegarse finalmente a la desaparición de la OTAN, este hecho podría llevar aparejada una nueva era de distensión global, que liberaría recursos para atender las necesidades reales de las poblaciones. Sólo queda que los europeos estemos a la altura del momento histórico que nos toca vivir y comencemos una andadura integradora hacia una mayor independencia de los Estados Unidos, donde lo social adquiera el protagonismo que merece y se recupere y garantice ese menguante estado de bienestar que tanto odian los liberales norteamericanos. Veremos si hay vida inteligente dentro de las fronteras de la UE —entre sus dirigentes o entre los de abajo— que puedan pilotar este viejo barco a buen puerto.

Juan Luis González, 28 julio 2018

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