¿Quién Demonios Es el Príncipe de Este Mundo? – por Laurent Guyénot

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     Laurent Guyénot aborda el asunto de la judeidad, el origen y significado de su deidad, y la manera en que los judios consideran la inmortalidad. Todo ello, por supuesto, tiene implicaciones en el presente.

Karl Marx acerca de la «Cuestión Judía»

     Karl Marx vio el reinado del dinero y el materialismo en la sociedad capitalista moderna como el triunfo último del judaísmo. Ya que «¿cuál es la base secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés propio. ¿Cuál es la religión mundana del judío? La compraventa. ¿Cuál es su dios mundano? El dinero».

   «El judío se ha emancipado en una manera judía, no sólo porque él ha adquirido el poder financiero, sino también porque, por medio de él y también aparte de él, el dinero se ha convertido en una potencia mundial, y el espíritu práctico judío se ha convertido en el espíritu práctico de las naciones cristianas. Los judíos se han emancipado en la misma medida que los cristianos se han hecho judíos. (…) El judío es permanentemente creado por la sociedad civil a partir de sus propias entrañas. (…) El dios de los judíos se ha secularizado y se ha convertido en el dios del mundo» [1].

     Marx entendió la judeidad como un modo de pensar, y pensó que la avaricia material había llegado a ser la fuerza impulsora de la sociedad burguesa porque dicha avaricia siempre ha sido la verdadera base del judaísmo, su fuerza interior, su corriente sanguínea. Él escribió esto en 1843, a la edad de 25 años. Él ya había formulado algunas de sus ideas más fundamentales, como la siguiente, en el mismo artículo: «El dinero es la esencia separada del trabajo del hombre y de la existencia del hombre, y esa esencia ajena lo domina, y él la adora». Desestimar este artículo como obra de un Marx inmaduro bajo la influencia de los prejuicios anti-judíos de sus días sería absurdo dado que Marx nació y fue criado en una familia judía (su padre, Herschel Levi, había cambiado su apellido e hizo bautizar a su familia entera cuando Karl tenía seis años). Más bien podemos considerar el pensamiento de Marx acerca de la «cuestión judía» como una de las intuiciones seminales de su comprensión de la alienación del Hombre.

   Ya convencido de que la religión es una superestructura formada por las relaciones de producción, Marx también escribió en ese mismo ensayo: «No busquemos el secreto del judío en su religión, sino que busquemos el secreto de su religión en el judío real». Estaremos de acuerdo con Marx si entendemos que la «religión» del judío significa el Judaísmo Reformado dominante de la Europa Occidental del siglo XIX. Aquella forma del judaísmo era el resultado reciente de la Haskalá, la Ilustración judía, cuyo propósito declarado era transformar la judeidad desde ser una identidad nacional inasimilable a ser una identidad religiosa asimilable, al menos a los ojos de los Gentiles. «Ser un judío en casa y un hombre en la calle», era el lema de la Haskalá.

     Pero entonces, ¿dónde encontraremos el secreto del «judío real»?; ¿cómo los judíos se hicieron materialistas?. ¿Concordaremos con Abraham Leon, que desarrolla sus ideas a partir de Marx en The Jewish Question: A Marxist Interpretation (1946), para sostener que «los judíos constituyen históricamente un grupo social con una función económica específica», una función económica que incluye la usura y que ha formado la mentalidad de ellos? «Ellos son una clase, o más precisamente, un pueblo-clase» [2]. El problema con aquella teoría es que explica la judeidad como algo formado mucho más tarde que la Biblia hebrea e independientemente de ella. Aquí debo discrepar con Marx y Leon, y estar de acuerdo con la mayoría de los pensadores judíos, tanto religiosos como seculares, en cuanto a que la Biblia es el modelo de la judeidad.

     ¿Podemos intentar reconciliar aquella visión con la marxista, si buscamos la raíz del materialismo judío en la historia antigua de los hebreos como está relatada en el Éxodo, cuando Moisés primero encontró a Yahvé en el «suelo sagrado» del monte Horeb o Sinaí, mientras cuidaba los rebaños de su suegro, el sacerdote madianita Jethro (Éxodo 2-3), el cual más tarde lo instruyó acerca de cómo gobernar sobre los hebreos (18:19-25)? Diversos estudiosos, comenzando con Charles Beke (Mount Sinai a Volcano, 1873, y Sinai in Arabia and of Midian, 1878), han enfatizado que si tomamos esa historia en serio, Moisés heredó la religión de su suegro, cuyo dios parecía inseparable de una montaña sagrada que «tiembla violentamente», que envía «sonidos de truenos y luces de relámpagos» y que «humea como un horno» (19:16-19), y que está claramente localizada en la región volcánica de Arabia del Noroeste llamada Madián (como incluso Pablo sabía: «Sinaí es una montaña en Arabia», Gálatas 4:25).

     Si seguimos esta teoría, que recientemente ha ganado terreno [3], el Yahvismo fue originalmente la religión de una confederación de tribus proto-árabes semi-nómadas que vivían en la semi-desértica zona de Hejaz, las cuales intentaron conquistar Siria inferior, una región próspera y urbanizada de la Fértil Media Luna donde ellos ya habían estado comerciando y asaltando durante siglos. La principal innovación hecha por Moisés al culto madianita fue proporcionar a Yahvé un medio para dejar su volcán: una lujosa tienda de campaña enchapada en oro, de la cual detalladas especificaciones son dadas en Éxodo, capítulos 25 a 31. No es de extrañar que, a partir de aquel tiempo en adelante, Yahvé aparezca como el jefe militar de un pueblo dispuesto para el pillaje: «Toda la plata y todo el oro, todo lo hecho de bronce o hierro, serán consagrados a Yahvé y puestos en su tesorería» (Josué 6:19).

     Esta perspectiva histórica recorre un largo camino para explicar la esencia del judaísmo, pero sólo si añadimos que no fueron los acontecimientos mismos los que formaron la judeidad sino su cristalización en la Escritura Sagrada; no la verdadera historia de los judíos sino la historia de los judíos sobre su propio pasado. Lo que es importante no es lo que sucedió (o no) en la época de Moisés y de Josué sino el valor sagrado anexado por los judíos a su leyenda. Identidad es memoria, no historia, y la narrativa bíblica es la piedra angular de la identidad judía. Es la fuente última y viva de la judeidad, su inalterable código genético, que ha formado la relación de los judíos con el mundo durante 2.500 años.

     En este artículo sigo la percepción de Marx y pregunto: ¿Hasta qué punto la avaricia material es la ideología subyacente de la Biblia hebrea? Esto, por supuesto, conducirá a una inversión circular de la presunción de Marx de que la religión judía es un producto del materialismo práctico de los judíos. En vez de eso, sostendré que la acumulación de la riqueza producida por otros es la función misma asignada a los judíos por su Biblia. Es Yahvé, aprenden ellos, quien ordenó a Moisés que condujera a los hebreos a la tierra cananea «que fluye con leche y miel» (Números 13:27), y luego les dijo: «Ustedes sorberán la leche de las naciones» (Isaías 60:16).

 

«¡Mía es la plata, mío el oro!, declara Yahvé Sabaoth»

     El Templo de Yahvé parece haber sido destinado principalmente como la gigantesca bóveda para los metales preciosos saqueados de pueblos Gentiles:

     «Haré temblar a todas las naciones, y los tesoros de todas las naciones fluirán hacia acá, y llenaré este Templo con gloria, dice Yahvé de los Ejércitos. Mía es la plata, mío el oro, declara Yahvé de los Ejércitos» (Hageo 2:7-8)

     El Templo de Jerusalén era simultáneamente un lugar de culto y un banco central, quizás el primero de la Historia. Las comunidades judías dispersas alrededor del mundo enviaban sus contribuciones anuales allí. Ése es el asunto del discurso de Cicerón en el tribunal en favor de Flaccus: su cliente, Lucius Valerius Flaccus, gobernador de Asia, había impedido a las comunidades judías bajo su jurisdicción enviar sus contribuciones anuales a Jerusalén. Esas contribuciones habían sido incautadas en varias ciudades, para satisfacción de los residentes no-judíos. Cicerón defendió la medida de Flaccus como económicamente sabia. La riqueza almacenada en el Templo, la virtual propiedad de la casta sacerdotal hereditaria, dio ocasión a la leyenda del fabuloso tesoro de Salomón. Según 1 Reyes 10:14, «El peso del oro recibido anualmente por Salomón ascendía a seiscientos sesenta y seis talentos de oro», pesando un talento aproximadamente 30 kgs. [4].

     Es iluminador comparar la avaricia de Yahvé por el oro con la enseñanza de Cristo:

     «Almacenad tesoros para ustedes en el cielo, donde ni la polilla ni la herrumbre los destruyen y los ladrones no pueden socavar y robar. Ya que dondequiera que esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón también» (Mateo 6:20-21).

     Cuando Jesús volcó los puestos de los cambistas y comerciantes del Templo, él estaba desafiando a la religión institucional judeana, y es injusto acusar a los sacerdotes que lo hicieron detener y crucificar de haber traicionado a Yahvé.

     A fin de conseguir un nuevo cuadro de Yahvé, comparemos los términos del convenio que él ofreció a la gente judía: «Si ustedes fielmente obedecen la voz de Yahvé vuestro dios… Yahvé vuestro dios os levantará más alto que cada otra nación en el mundo» (Deuteronomio 28:1), con los términos de aquel otro convenio ofrecido a Jesús, cuando «el diablo le mostró todos los reinos del mundo y su esplendor. Y le dijo: A ti daré todo esto, si postrado me adorares» (Mateo 4:8-10).

     De la Biblia los judíos han aprendido y seguirán aprendiendo que su destino dado por Yahvé es «alimentarse de la riqueza de las naciones (o Gentiles)» (Isaías 61:5), y también que la banca es el modo de hacerlo:

     «Si Yahvé tu dios te bendice como él ha prometido, ustedes serán acreedores de muchas naciones, pero deudores de ninguna; ustedes gobernarán sobre muchas naciones, y no serán gobernados por ninguna» (Deuteronomio 15:6).

     José, el hijo de Jacob, fue el primero en poner en práctica esa bendición. Habiéndose elevado desde el status de un esclavo al de canciller del Faraón, él favorece a sus parientes y obtiene para ellos «posesiones de tierra en Egipto, en la mejor parte del país, la región de Rameses». Responsable de manejar las reservas nacionales de grano, él almacena grandes cantidades durante los años de abundancia; y luego, cuando el hambre golpea, él negocia un precio alto para el grano monopolizado y así «acumuló todo el dinero que se encontraba en Egipto y Canaán». El año siguiente, habiendo creado una escasez monetaria, él obliga a los campesinos a abandonar sus rebaños a cambio del grano: «Entrega tu ganado y te distribuiré alimentos a cambio de tu ganado, si tu dinero se ha acabado» (Génesis 47:14-17).

     Un año más tarde, los campesinos no tienen nada más «excepto nuestros cuerpos y nuestra tierra», y así tienen que mendigar, y luego venderse a fin de sobrevivir: «Tómanos a nosotros y a nuestra tierra a cambio de comida, y nosotros con nuestra tierra nos haremos los siervos del Faraón; sólo danos semillas, de modo que nosotros podamos sobrevivir y no morir y la tierra no se convierta en desierto». Y de esa manera los hebreos, después de instalarse en Egipto, «adquirieron propiedad allí; ellos eran fructíferos y se hicieron muy numerosos» (Génesis 47:11-27), lo cual es el signo seguro de la bendición de Yahvé, según la Torá. Un pueblo dotado con un libro tan santo tiene una ventaja enorme en la competencia por el control de la riqueza, la misma ventaja que tiene el psicópata no inhibido por algún sentido de justicia.

 

«Porque polvo eres y al polvo volverás»

     Yahvé no tiene ninguna recompensa almacenada en el Cielo para nadie. Sus bendiciones para aquellos que le «temen» son puramente terrenales: ser «lleno de días», tener numerosos descendientes y una gran fortuna. La única supervivencia del hombre es por medio de la generación y la riqueza, según la Torá (sangre y dinero, extrañamente, son homónimos en hebreo, como Jacques Attali ha señalado [5]). La ilustración arquetípica de esto es la historia de Job. Él no espera ningún consuelo después de la muerte para su sufrimiento en este mundo: «Si el hombre una vez muerto puede volver a vivir, yo esperaría con esperanza, cada día de mi sufrimiento, que viniera mi relevo» (Job 14:14) [6]. Desafortunadamente, «el hombre, una vez puesto a descansar, nunca se levantará otra vez; el cielo se desgastará antes de que él se despierte, o antes de que sea despertado de su sueño» (14:7-12). Como única recompensa por su fidelidad a Yahvé, Job recibe una prolongación de 140 años de vida en la tierra, numerosos descendientes, «catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras» (42:12).

     Otro significativo ejemplo se encuentra en Isaías cap. 38: Cuando el rey Ezequías «cayó enfermo y estaba en el punto de su muerte», él no expresa ninguna esperanza de encontrar a Yahvé en algún Otro Mundo, sino que en cambio se desespera por la perspectiva de no verlo más en su Templo. En respuesta a su rezo, Yahvé le concede unos quince años suplementarios de vida terrenal. La Canción de Ezequías que sigue claramente declara que la muerte no tiene ninguna promesa de alguna vida: «Aquellos que bajan a la fosa ya no pueden esperar tu fidelidad» (Isaías 38:11-19). Yahvé no tiene nada que ver con los muertos, a quienes él «no recuerda más» (Salmos 88:6).

     Yahvé no reside en alguna clase de Otro Mundo, donde los justos podrían esperar encontrarlo después de la muerte. La Biblia hebrea se diferencia de todas las tradiciones religiosas de la Antigüedad por la incapacidad de sus autores de concebir una vida futura salvo como un sueño sin sueños en la húmeda oscuridad del Sheol [inframundo], donde el bueno y el malo descienden por igual. La muerte en el Sheol es una virtual aniquilación, la cosa imaginable más cercana a la nada.

     La tradición judaica no sabe nada de los mitos funerarios tan populares en otras culturas, cuyos héroes exploran o conquistan el Otro Mundo. Los pueblos politeístas colocaron sus esperanzas fundamentales en un Paraíso ultraterreno, a menudo dotado con una fuente milagrosa o un «árbol de la vida», que proporciona la vida eterna y la juventud; es el «mundo donde no hay muerte». Ninguna tal esperanza es dada por Yahvé a su pueblo. La Tierra Prometida de los hebreos es un lugar geográfico accesible situado entre el Nilo y el Éufrates; es un destino que es exclusivamente terrestre y colectivo. El Yahvismo ha enfocado la esperanza de todo su pueblo en esa tierra. De hecho, los escribas Yahvistas han puesto de cabeza el mito universal de la bienaventurada vida futura; el persa Pardès (Jardín) con su árbol de la vida eterna no es, en el Génesis, un futuro prometido al justo después de su muerte sino un pasado perdido para siempre para toda la Humanidad. Y allí ellos han escenificado el drama introduciendo en el mundo el doble azote de la muerte y el trabajo, ya que la muerte, a ojos de ellos, no lleva ninguna promesa, y el trabajo ninguna recompensa espiritual.

     En el centro de este materialismo bíblico está la noción de que el hombre es completamente terrenal: polvo él es y al polvo retornará (Génesis 3:19). Algunos objetarán que la Torá tiene dos términos para designar el espíritu inmortal: nefesh y ruah. Pero nefesh, engañosamente traducido en la Septuaginta griega como psique, designa a un «ser viviente», y a veces se traduce simplemente como «vida». Se aplica tanto a animales como a hombres, y está íntimamente relacionado con la sangre en las prohibiciones de alimentos de Levítico cap. 17. La palabra hebrea ruah, traducida como pneuma en la Septuaginta, significa «aliento», «respiración», y también designa la vida, para animales y humanos por igual. Así, no hay ninguna noción de un alma inmortal en la fórmula de Génesis 2:7: «Yahvé Elohim formó al hombre del suelo de la tierra e insufló en su nariz el aliento de vida [neshamá], y el hombre llegó a ser una criatura que respira [nefesh]».

     En mi libro «From Yahweh to Zionism» he enfatizado la antinomia existente entre la religión egipcia, completamente enfocada en el Otro Mundo, y la religión judía, que apunta solamente a este mundo, lo que condujo a los egipcios a considerarla como una anti-religión [7]. Eso es algo que todos los eruditos bíblicos han reconocido desde el siglo XIX. Sigmund Freud hizo uso de la ciencia de su tiempo cuando él escribió en su ensayo Moisés y el Monoteísmo (1939):

     «Ningún otro pueblo de la Antigüedad [aparte de los egipcios] ha hecho tanto para negar la muerte, ni ha hecho tal cuidadosa provisión para una vida futura. (…) La religión judía temprana, por otra parte, había abandonado completamente la inmortalidad; la posibilidad de una existencia después de la muerte nunca fue mencionada en ningún lugar» [8].

     Muy correctamente, Freud restringe su declaración a la «religión judía temprana», a menudo referida como «hebraísmo antiguo» pero que yo llamo Yahvismo. La evolución del judaísmo durante los últimos dos mil años es otra historia. En el período helenístico, el dualismo griego y egipcio se infiltró en el pensamiento judío. Pero, significativamente, los libros helenísticos judíos (escritos en griego) que se abrieron camino entre el Antiguo Testamento cristiano habían sido excluídos del canon hebreo [9], y su único legado dentro del judaísmo es la idea de la resurrección física, que resulta de un giro materialista aplicado al concepto griego de anastasis, «despertar», originalmente una metáfora simple de la vida futura basada en el eufemismo de la muerte como un sueño [10].

     Más recientemente, el judaísmo Reformado también ha tratado de inyectar el (concepto de) alma inmortal en el dogma judaico. Pero, como dije antes, eso es el producto final del esfuerzo de los judíos europeos de Occidente para asimilarse. Aquello era profundamente imitador del cristianismo en su esfuerzo para hacer de la judeidad una materia estrictamente de religión más bien que del carácter de nación. Y es muy significativo que cuando Moses Mendelssohn, el padre de la Haskalá [la educación secular judía] del siglo XVIII, decidió convencer a sus congéneres judíos para que aceptaran el credo de la inmortalidad del alma —una condición necesaria para la elevación de la Humanidad según él— él no se basó en la tradición judía. En vez de eso él produjo un diálogo en el estilo de Platón (y llamado igual), titulado Fedón o la Inmortalidad del Alma (1767). Eso lo eximió de confesar que él estaba tomando prestada la noción desde el cristianismo, el cual de todos modos lo heredó de la filosofía griega.

     Muchos intelectuales judíos realmente protestaron contra la introducción de aquel cuerpo extraño en el pensamiento judío, y la reacción de ellos se convertiría en un principio central del sionismo. Según Moses Hess (Rome and Jerusalem: The Last National Question, 1862), «Nada es más extraño al espíritu del judaísmo que la idea de la salvación del individuo, lo cual, según la concepción moderna, es la piedra angular de la religión». La esencia del judaísmo es «la creencia viva en la continuidad del espíritu en la historia humana» [11].

«Mi pacto debe quedar marcado en tu carne»

     Creo que el materialismo es la premisa más fundamental del hebraísmo, y, por consecuencia, el fundamento de la cultura judía y su influencia en la sociedad occidental. Incluso el tribalismo judío es sólo un corolario del materialismo, en tanto reduce al individuo a su herencia genética. La obsesión de Yahvé es mantener pura la sangre de su pueblo elegido, y eso a su vez está vinculado al monoteísmo exclusivo: Yahvé prohíbe a los judíos casar a sus hijos con no-judíos porque «tu hijo sería seducido desde seguirme a mí a servir a otros dioses» (Deuteronomio 7:3). Pero la verdadera conexión causal es probablemente lo contrario: la exclusividad de culto puede ser vista como una justificación religiosa para la endogamia. Éste es el punto de vista del psicólogo social Kevin MacDonald, quien, en A People that Shall Dwell Alone, sostiene que el judaísmo es una «estrategia evolutiva grupal entre pueblos» [12]. Éste es también el punto de vista de algunos pensadores seculares judíos, como Isaac Kadmi-Cohen, quien afirma en su Essay on the Jewish Soul (1929) que «la divinidad en el judaísmo está contenida en la exaltación de la entidad representada por la raza» [13]. El hecho histórico de que los judíos son genéticamente mezclados es irrelevante aquí: lo que es importante es el hecho cognoscitivo de que muchos, si no la mayor parte de ellos, creen que ellos son los descendientes de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham.

     La circuncisión refuerza la primacía de lo físico. Como «el signo del convenio» entre Yahvé y Abraham, «marcado en la carne» de cada varón ocho días después del nacimiento, «generación tras generación» (Génesis 17:9-14), ella simboliza perfectamente la naturaleza no espiritual del Yahvismo. Es como un rasgo genético artificial, o una marca trans-humanista, pero por substracción. Spinoza estaba en lo correcto cuando él escribió: «Atribuyo tal valor al signo de la circuncisión, que es la única cosa que estimo capaz de asegurar una existencia eterna a esta nación».

     Podría argumentarse que la circuncisión suaviza la estricta endogamia del judaísmo, ya que puede ser un rito de admisión en la comunidad judía. Es verdad, pero eso nunca sucede en la Biblia. Permítame recordar brevemente la edificante historia de Siquem, un príncipe cananeo que se enamoró de Dina, la hija de Jacob, y pidió [tras haberse acostado con Dina] casarse con ella. Él estaba listo a dar cualquier cosa al clan de Jacob, «lo que ustedes pidan. Pidan por la novia un precio tan alto como quieran». Su padre Hamor suplicó en su nombre:

     «El corazón de mi hijo Siquem está puesto en vuestra hija. Por favor permitid que ella se case con él. Emparentad con nosotros; dadnos vuestras hijas y tomad vosotros las nuestras. Podemos vivir juntos, y el país estará abierto para ustedes, para que ustedes lo habiten, se trasladen, y adquieran posesiones».

     Los hijos de Jacob entonces «respondieron con engaño a Siquem y su padre Hamor», exigiendo que «ustedes se hagan como nosotros circuncidando a todos sus varones. Entonces les daremos nuestras hijas, tomando las vuestras para nosotros; y nos quedaremos con ustedes y seremos una nación». Hamor, confiando en las buenas intenciones de la tribu de Jacob, convenció a sus súbditos varones de ser circuncidados. Tres días después de la operación, «cuando los hombres estaban todavía con el dolor», los hijos de Jacob los atacaron y «mataron a todos los varones», y luego «saquearon la ciudad».

   «Ellos se apropiaron de sus rebaños, su ganado, sus burros, todo lo demás en la ciudad y en el campo, y todas sus posesiones. Ellos llevaron cautivos a todas sus mujeres y niños y saquearon todo lo que se encontró en las casas» (Génesis 34:1-29).

   ¡Demasiado para el proselitismo judío en la Biblia!

     Uno no puede dejar de ver un vínculo entre el materialismo metafísico de la Biblia hebrea (la negación de un alma específicamente humana) y su desprecio total por las vidas de los no-judíos, a menudo no distinguibles de su ganado. En ciudades enemigas distantes, Yahvé instruye a su pueblo:

     «Ustedes matarán por la espada a la población masculina entera. Pero las mujeres, los niños, el ganado y cualquier cosa que la ciudad contenga, a modo de despojos, ustedes pueden tomarlo para ustedes. Ustedes se alimentarán de los despojos de los enemigos que Yahvé vuestro dios les ha dado».

     Pero en las ciudades cercanas, «ustedes no deben perdonar la vida a ninguna cosa que respira» (Deuteronomio 20:13-16). De este modo, en Jericó «Ellos hicieron cumplir la maldición de destrucción sobre cada uno que había en la ciudad: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, incluyendo los bueyes, las ovejas y los burros, matando a todos ellos» (Josué 6:21). Lo mismo con los amalecitas: «Maten a hombre y mujer, bebés y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y burros» (1 Samuel 15:3). De los madianitas, sin embargo, Moisés permitió que los hebreos evitaran matar a «muchachas jóvenes que nunca han dormido con un hombre, y consérvenlas para ustedes». Al final del día, los despojos «llegaron a seiscientas setenta y cinco mil ovejas y cabras, setenta y dos mil cabezas de ganado, sesenta y un mil burros, y en personas, mujeres que nunca habían dormido con un hombre, treinta y dos mil en total», sin mencionar «oro, plata, bronce, hierro, estaño y plomo» (Números 31:3-31).

     Es mi hipótesis el que tal asimilación de no-judíos con animales y despojos está directamente vinculada a la negación de su naturaleza espiritual. Isaac Kadmi-Cohen señala que «en el hebreo antiguo, el verbo «morir» se aplica a todas las cosas vivientes, humano o bestia. Para referirse a los hebreos, uno usa el eufemismo «reunirse con el propio pueblo» (Héasef léamo)» (Kadmi-Cohen, op. cit., p. 141).

 

«He instituído un pueblo eterno»

     En la Biblia hebrea, la inmortalidad que es negada al individuo es atribuída completamente al pueblo en su conjunto: «He instituído un pueblo eterno» (Isaías 44:7). En último término, es como si los judíos estuvieran unidos por un alma colectiva, étnica, genética. Maurice Samuel escribe en You Gentiles (1924): «El sentimiento en el judío, incluso en el judío librepensador como yo, es que ser uno con su pueblo es ser por lo tanto admitido al poder de disfrutar del infinito» [14]. En el mismo estilo, el activista sionista Alfred Nossig escribió en Berlín en 1922: «La comunidad judía es más que un pueblo en el moderno sentido político de la palabra. (…) Ella forma un núcleo inconsciente de nuestro ser, la sustancia común de nuestra alma» [15]. Así, se dice que el alma de un judío es el pueblo judío. ¿O debería esa alma colectiva ser llamada Yahvé?

     El argumento de que el judaísmo es una especie de alma tribal ha sido planteado por varios pensadores judíos. El rabino estadounidense Harry Waton, escribiendo en «A Program for Jews and Humanity» en 1939, es un buen ejemplo. Apelando a su entendimiento de la Biblia que habla sólo de «una inmortalidad aquí mismo en la tierra», y de su entendimiento del judaísmo como preocupado sólo «de esta tierra», él concluye:

     «Los judíos que tienen un entendimiento más profundo del judaísmo saben que la única inmortalidad que existe para el judío es la inmortalidad en el pueblo judío. Cada judío sigue viviendo en el pueblo judío, y seguirá viviendo mientras viva dicho pueblo» [16].

     Ésa es la lógica que está detrás de advertencias como las publicadas por Benzion Netanyahu, el padre del Primer Ministro israelí, contra casarse con no-judíos:

     «Sólo por el inter-matrimonio puede una persona desarraigarse de una nación. (…) Abandonar una nación es, por lo tanto, incluso desde un punto de vista biológico, un acto de suicidio» [17].

     Lo que parece estar faltando en el Yahvismo desde el punto de vista de cualquier otra religión es al mismo tiempo su mayor fuerza, porque un individuo tiene sólo unas décadas para llevar a cabo su destino, mientras que un pueblo entero tiene siglos. La orientación nacional del alma judía inyecta en cualquier proyecto colectivo una fuerza espiritual y una resistencia contra la cual ninguna otra comunidad nacional puede competir. Eso explica la extraordinaria capacidad de los judíos para conseguir objetivos a largo plazo por medio de redes trans-generacionales. Los Neoconservadores son la más reciente y la más formidable de esas redes. Y nada es más revelador de su filosofía que la admiración profesada por su mentor Leo Strauss por Maquiavelo (seguramente un «judío secreto», según el neocon Michael Ledeen, porque «si usted escucha su filosofía política, usted oirá música judía» [18]).

     Strauss cree que el genio de Maquiavelo es haber entendido que el verdadero patriota es el que, sabiendo que él no tiene ninguna alma individual y por lo tanto ningún riesgo de ser condenado, no pone ningún límite moral a lo que él puede hacer por su país [19]. Eso es exactamente lo opuesto de las palabras de Cristo: «¿De qué le servirá a un hombre ganar todas las riquezas del mundo, si pierde su alma?» (Marcos 8:36).–

Laurent Guyénot, 2018

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Traduccion al espanol: editorial-streicher.blogspot.com

Traduccion al ingles: thesaker.is

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REFERENCIAS

[1] Karl Marx, On the Jewish Question, 1843, https://www.marxists.org/archive/marx/works/1844/jewish-question/

[2] En www.marxists.de/religion/leon

[3] Como recientemente lo ha propuesto el académico suizo Thomas Römer en sus conferencias en el Collège de France, 2011-2012, en https://www.college-de-france.fr/site/thomas-romer/course-2011-2012.htm

[4] Este número es el probable origen del Número de la Bestia en Apocalipsis 13:18.

[5] «Dinero» (DaMim) es la misma palabra que «sangre» (DaM, plural DaMim), una «peligrosa y luminosa proximidad», según Jacques Attali (Les Juifs, le Monde et l’Argent, 2002, p. 36).

[6] Según una traducción más segura que la Nueva Biblia de Jerusalén, demasiado ambigua en este versículo.

[7] Para entender cómo los egipcios consideraban a la «religión» judía, véase de Jan Assmann, Moses the Egyptian: The Memory of Egypt in Western Monotheism, Harvard University Press, 1998, o, del mismo autor, Of God and Gods: Egypt, Israel, and the Rise of Monotheism, University of Wisconsin Press, 2008.

[8] Sigmund Freud, Moses and Monotheism, 1939 (archive.org), parte 2, I, pp. 33-34. https://archive.org/details/mosesandmonothei032233mbp/page/n6

[9] Por ejemplo, el Libro de Sabiduría (o Sabiduría de Salomón), escrito en griego en Alejandría en el siglo I a.C., afirma que «Dios creó a los seres humanos para ser inmortales», y critica a aquellos que «no creen en una recompensa para las almas carentes de culpa» (2:22–23). Pero incluso dentro de la literatura greco-judía de esa época prevalece el punto de vista materialista: según el Eclesiástico (o Libro de Ben Sirac), que tampoco está en la compilación judía, «el destino de los humanos y el destino de los animales es el mismo: (…) todo viene del polvo, todo retorna al polvo» (3:19–20).

[10] El verbo anistanai aparece en el capítulo 12 del Libro de Daniel (12:2-3), escrito en griego, junto con la noción greco-egipcia del buen muerto transformado en cuerpo de luz, pero dicha noción ha sufrido un giro materialista en los Libros de los Macabeos, donde anastasis ha llegado a ser la milagrosa resurrección, al Final de los Tiempos, de los desmembrados cuerpos de los mártires, para lo cual no se necesita ningún alma.

[11] Moses Hess, Rome and Jerusalem: A Study in Jewish Nationalism, 1918, pp. 48, 64-65. https://archive.org/details/romeandjerusale02waxmgoog/page/n5

[12] Kevin MacDonald, A People that Shall Dwell Alone: Judaism as a Group Evolutionary Strategy, 1994.

[13] Isaac Kadmi-Cohen, Nomades: Essai sur l’Âme Juive, 1929, p. 143. https://archive.org/details/NomadesByKadmiCohen1.1/page/n5

[14] Maurice Samuel, You Gentiles, New York, 1924, pp. 74–75. https://archive.org/details/YouGentiles/page/n3

[15] Alfred Nossig, Integrales Judentum, 1922, pp. 1-5. https://archive.org/details/integralesjudent00noss/page/n6

[16] Harry Waton, A Program for the Jews and an Answer to All Anti-Semites, 1939, pp. 52, 125, 132. https://archive.org/details/AProgramForTheJewsAndAnAnswerToAllAntiSemites

[17] Benzion Netanyahu, The Founding Fathers of Zionism (1938), Balfour Books, 2012.

[18] Michael Ledeen, «What Machiavelli (A Secret Jew?) Learned from Moses», Jewish World Review, 7 de Junio de 1999, en www.jewishworldreview.com/0699/machiavelli1.asp

[19] Leo Strauss, Thoughts on Machiavelli, University of Chicago Press, 1978. Como siempre, Strauss atribuye aquí sus propios más profundos pensamientos a otros, como un modo críptico de dirigirse sólo a aquellos que están calificados para la verdad.

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