El diseño de realidad: El ejemplo del ‘alunizaje’ de julio 1969 – por Xavier Bartlett

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El poder de los medios es mágico? Quién decide lo que es real o cierto? ¿Quién dicta lo que debemos saber y lo que no? ¿Quién nos dice la verdad o nos la oculta? ¿Quién juzga y prejuzga y pone etiquetas de buenos y malos? ¿Cabe hablar de información o de simple manipulación? Podríamos convenir que los medios de comunicación, y especialmente la televisión, tienen mucho que decir al respecto.

Para empezar quisiera poner un ejemplo de rabiosa actualidad que viene muy al caso. En un programa diario de televisión en que se aborda la actualidad política, un veterano periodista catalán hablaba de la incoherencia de cierto presidente que tenía decidido convocar elecciones una noche y se desdijo a la mañana siguiente a causa de las fuertes presiones recibidas. En ese momento, una periodista de corte independentista –quizá olvidando que varios personajes públicos que habían participado en las negociaciones nocturnas ya habían relatado lo sucedido– le interpeló: “Eso está por ver, no hay pruebas de ello”. Y la periodista prosiguió con una frase lapidaria: “Lo que no se ha publicado no existe”. La escena terminó cuando su colega profesional le respondió: “Sí se publicó. Yo mismo lo publiqué en mi periódico.” Fin de la historia: la “realidad” es definida, garantizada o certificada por los medios.

He tratado en este blog varias veces el tema de construir una determinada realidad, pero no me voy a ir ahora al terreno cuántico, ni al físico ni al metafísico. Simplemente me remito al diseño de un cierto mundo prefabricado a través de las imágenes y las palabras transmitidas por los medios. Como ya expuse en su momento al abordar el tema del poder de los medios de comunicación, estos actúan como un dios creador de realidad que hipnotiza (o “droga”) al público mediante unos mensajes perfectamente calculados y orientados a obtener unas respuestas determinadas. Así, no sólo se expone una parte de la “realidad del mundo” mientras se omite otra, sino que el propio tratamiento de lo que se difunde está sometido a una cuidadosa ingeniería de imágenes y palabras, haciendo que el mensaje sea del todo creíble y aceptable. Además, pese a existir una gran diversidad de medios públicos y privados –que podrían dar una impresión de libertad de prensa y opinión– resulta curioso que la realidad presentada sea exactamente la misma, tanto en los temas tratados como en el enfoque ofrecido. No por nada prácticamente todo lo que se difunde en el mundo como noticia procede básicamente de seis grandes grupos corporativos globales. Hoy en día el único espacio donde hay visiones auténticamente alternativas o disidentes es Internet, y ya veremos por cuánto tiempo.

 

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La televisión funciona como el antiguo púlpito eclesial: oír y creer

 

Ahora bien, ¿hasta qué punto los medios de comunicación pueden diseñar una realidad más o menos compleja y venderla a todo el mundo sin que se levanten sospechas? No estoy hablando de subjetividad, manipulación o tergiversación de la información. Estoy hablando de “crear” artificialmente sucesos que después serán narrados, de una u otra manera, pero siempre transmitiendo una sólida sensación de realismo, objetividad y veracidad. El efecto final de esta maniobra es que la audiencia crea en lo que está viendo, escuchando o leyendo, como antes las muchedumbres creían a pies juntillas en los discursos del sacerdote porque era el enviado o representante de Dios. En realidad, en este escenario no serían propiamente los medios los que llevarían la batuta del engaño, sino poderes más elevados que se servirían de los medios –a su completo servicio– para difundir su realidad deseada. Inevitablemente, esto nos conduce al denostado conspiracionismo, pero no veo otra forma de llamarlo.

Como ejemplo de este tipo de diseño de realidad, me gustaría comentar un caso paradigmático que ha sido objeto de polémica durante 40 años. Me estoy refiriendo no sólo a una noticia relevante, sino a un hecho histórico como fue la llegada del Apolo 11 a la Luna en 1969. Ya toqué muy de pasada este asunto al hablar de las leyendas urbanas y de las “anomalías” de la Luna, pero creo que vale la pena estudiar el fenómeno desde un plano superior, el de la creación de verdades que aun siendo discutidas o discutibles se mantienen firmes sólo por el poder mágico de los medios, con el correspondiente respaldo del mundo oficial (o sea, básicamente la política y la ciencia).

 

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Astronauta de la misión Apolo 11 sobre la Luna

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sólo a modo introductorio, cabe recordar que la misión Apolo 11 fue la culminación de un programa espacial iniciado en los años 50 y enmarcado en la contienda estratégica entre los EE UU y la URSS por dominar el espacio y alcanzar mayores logros científicos, todo ello en el contexto de la Guerra Fría. El presidente Kennedy prometió a sus ciudadanos que los Estados Unidos pondrían a un hombre en la Luna en un plazo breve y así ganarían la carrera espacial. Y así fue: en total, entre 1969 y 1972 tuvieron lugar cinco misiones tripuladas de la NASA con destino a la Luna, pero lógicamente fue la primera la que despertó más expectación nacional e internacional. Así pues, llegado el momento, el 20 de julio de 1969, se retransmitió por televisión a una audiencia planetaria el descenso del módulo y el primer paseo lunar a cargo del astronauta Neil Armstrong, que pronunció la famosa frase que no voy a repetir. Luego, la misión retornó a la Tierra y la cápsula del Apolo se posó en el Océano Pacífico, también ante la presencia de las cámaras. Los astronautas fueron recibidos como auténticos héroes y hubo una gran celebración nacional.

Obviamente, el mundo asistió pasmado a este gran logro, un auténtico hecho histórico retransmitido en directo con toda la solemnidad posible. El hombre había conquistado la Luna, un viejo sueño humano, y los EE UU se anotaban un tanto decisivo ante la URSS. No obstante, ¿eso era todo? La investigación lunar, como ya hemos citado, prosiguió hasta 1972 con las otras misiones (hasta 12 astronautas pisaron la Luna) pero se cortó de golpe cuando todavía quedaba mucho por explorar y estudiar. Desde esa fecha nadie ha vuelto a pisar la Luna y no hay planes para hacerlo en breve, pues ahora todos los esfuerzos parecen centrados en la conquista de Marte. En cualquier caso, nos queda el testimonio de esas imágenes históricas, aparte de las muestras de roca lunar que trajeron los astronautas. Nadie podría dudar de que aquello ocurrió hace 40 años. ¿O sí?

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Logotipo de la NASA

Lo cierto es que poco tiempo después de la hazaña (ya en 1970), algunas personas con conocimiento de causa empezaron a encontrar “cosas raras” en las grabaciones y fotos de las misiones Apolo, e incluso sugirieron que había incoherencias y puntos de difícil explicación en el relato de la NASA desde el punto de vista científico. Había nacido la conspiración del falso alunizaje del hombre en la Luna, que todavía persiste en la actualidad (e incluso está más potenciada gracias a Internet). Por alguna razón, el sistema no logró convencer a todo el mundo; había gente que no confiaba en el gobierno, y por ende, en sus esfuerzos de comunicación. Al principio tales personas fueron vistas como lunáticos (nunca mejor dicho), resentidos, inadaptados, paranoicos, desequilibrados, o simplemente raritos. Pero sus críticas debieron calar en la sociedad pues en 1999 –según una encuesta Gallup– hasta un 6% de la población americana creía que los alunizajes habían sido un fraude. Y todavía existe otro sector de personas que creen que el hombre llegó sin duda a la Luna, pero que algunas imágenes o informaciones fueron recreadas o retocadas.

El caso es que en 1974 ya apareció el primer libro (We never went to the Moon, “Nunca fuimos a la Luna”, de Bill Kaysing) que cuestionaba la veracidad de las misiones lunares tripuladas a partir de varias anomalías, que se han ido repitiendo y ampliando en estudios posteriores[1]. Para no extenderme, las resumiré en los siguientes puntos:

  1. La NASA de aquella época todavía carecía de la tecnología y la experiencia precisas para implementar una misión tripulada a la Luna.
  2. El cinturón de radiación de Van Allen que rodea la Tierra hubiera matado a los astronautas o al menos hubiera causado serios daños a su salud. Asimismo, las filmaciones y las fotos realizadas habrían quedado completamente veladas debido a la radiación.
  3. Las imágenes tomadas sobre la Luna nos muestran un firmamento oscuro pero sin estrellas, lo que no parece lógico. El motivo sería que los técnicos de la NASA no tenían claro cuáles serían las posiciones correctas de los astros y constelaciones más conocidas.
  4. La bandera americana plantada sobre la superficie lunar parece ondear durante un instante, lo que es imposible en un entorno sin viento.
  5. Las grabaciones sobre la Luna muestran varias fuentes de iluminación concretas, cuando sólo debería haber la luz solar.
  6. La gravedad de la Luna no es tan leve como se muestra en las imágenes; de hecho, se ven unos astronautas mucho más ligeros de lo que deberían ser en una Luna real.
  7. Las fotos muestran que el terreno en el que se posó el módulo lunar estaba impoluto, cuando en realidad debería haber allí un cráter y montones de polvo acumulado. Se supone que el módulo fue colocado sobre “el plató” mediante una grúa o algún procedimiento similar.
  8. Se cita el descubrimiento de un rollo de película en color sin editar[2] en el que se podía ver a los astronautas (Armstrong, Aldrin y Collins) ensayando varias tomas de su actuación sobre la Luna.
  9. Las huellas sobre la Luna parecen muy marcadas, cuando la baja gravedad y la ausencia de humedad las habría hecho muy tenues e indistintas.
  10. No hubo nunca una verificación independiente de los logros de las expediciones, como se suele hacer habitualmente en las empresas científicas.

 

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¿Una lograda película?

En suma, para los críticos o “conspiranoicos”, la misión Apolo 11 fue un completo fraude montado cuidadosamente y con la mejor realización cinematográfica posible, a cargo del célebre director Stanley Kubrick, que acababa de rodar “2001: una odisea en el espacio” y que había contado con el asesoramiento de dos científicos de la NASA para su película[3]. Por lo demás, resulta altamente extraño que tanto las imágenes de vídeo originales como los datos de telemetría de la misión Apolo XI desaparecieran inexplicablemente y no estén disponibles a día de hoy para los investigadores. La pérdida de tal documentación fue confirmada por David Williams, archivero de la NASA, y por el propio jefe de la misión, Gene Kranz.

Sin embargo, a lo largo de los años y según iban apareciendo nuevos argumentos, la NASA ha ido replicando a todos ellos, despejando balones y recurriendo a las más diversas explicaciones, sustentadas en criterios científicos y técnicos, a fin de dar la máxima credibilidad a las imágenes. Sólo por poner unos breves ejemplos, en el tema de las estrellas la NASA explicó que en el momento de recoger las imágenes (fotos o vídeo) el Sol brillaba y las cámaras adaptaron la exposición a dicha luz, por lo cual las estrellas quedaron “cegadas” del cielo. Sobre el tema concreto de la ausencia de cráter bajo el módulo, la NASA argumentó que, al alunizar, el módulo no se desplazaba del todo verticalmente, sino vertical y horizontalmente a la vez y a muy baja velocidad; además, la baja gravedad lunar unida a un módulo de muy poco peso (por tener ya poco combustible) haría que el impacto fuera muy suave. En cuanto a la profundidad de las huellas, los técnicos afirmaron que el polvo del suelo lunar es básicamente un silicato, lo que hace que se compacte fácilmente, como si fuera arena húmeda.

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Vehículo lunar de la misión Apolo 15

No obstante, la NASA aportaba como pruebas tangibles y fehacientes los casi 400 kilos de rocas lunares traídas a la Tierra y que muestran –a juicio de los expertos geólogos– unos componentes distintos a los que se encuentran en el suelo terrestre. Ahora bien, como algún crítico ha sugerido, sería mucho más creíble probar la presencia humana sobre la Luna a partir de los restos dejados por las expediciones. En este sentido, se podrían llegar a fotografiar los vehículos lunares que fueron abandonados en la superficie lunar. Pero, ¡ay!, pese a disponer de potentísimos telescopios, la tecnología actual no permite fotografiar con un mínimo detalle la superficie. Ni siquiera el famoso Hubble puede apreciar nítidamente un objeto menor de 80 metros sobre la Luna…

En definitiva, frente a todas las suspicacias y las críticas, siempre había una perfecta respuesta para todo, y al final los defensores del mundo oficial se cansaron de seguir dando explicaciones y dieron por imposible a esa pequeña parte de la población, por ser conspiranoicos o por creer aún en historias de brujas o extravagancias como la Tierra Plana. Por supuesto, detrás de toda esta polémica está el célebre aforismo de “las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias” que tira por tierra cualquier propuesta crítica que carezca de pruebas determinantes y definitivas y sin un gramo de duda. Es la vieja historia de las diferentes varas de medir. Y al fin y al cabo, si el hecho ha sido visto en TV por millones de personas con sus propios ojos, ¿cómo puede dudarse de su veracidad? Los medios están respaldados por el estado o el mundo oficial, y por tanto no puede haber duda de su honorabilidad. ¿Cómo iban a engañar los gobernantes a su propio pueblo?

 

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Imagen impactante de los atentados del 11-S en Nueva York

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Más de lo mismo tuvimos en el elaboradísimo episodio de los ataques del 11-S de 2001 a las Torres Gemelas de Nueva York, que podría calificarse como una auténtica película de alta tecnología en tiempo real, con efectos especiales y control total del escenario. Se estaba “creando” la noticia o hecho histórico al minuto: todo estaba a la vista, el discurso preparado, los presuntos culpables identificados rápidamente, las reacciones posteriores a punto, etc. Sin embargo, a juicio de miles de técnicos, arquitectos, ingenieros, expertos en imagen, etc. el desastre no pudo ocurrir tal como lo vendió el gobierno, y todo ello pese a haberse retransmitido en directo a todo el mundo y pese al volcado de opiniones de autoridades y expertos[4]. Esta vez fueron muchos más los ciudadanos que acabaron por recelar de la versión oficial, después de cientos de artículos, libros, documentales, etc. y en particular por la gran difusión que actualmente permite Internet. De hecho, según una encuesta de 2006, hasta un 58% de norteamericanos creía que había indicios de que el gobierno estuvo implicado en los hechos, lo que ellos llaman un inside job (“trabajo interno”)[5]. Las únicas dudas que tienen los críticos –y muchos familiares de las víctimas– sobre todo el asunto giran en torno a si se trató de un “Se permitió a propósito” (un escenario tipo Pearl Harbor) o de un “Se perpetró a propósito”, que en el fondo vienen a ser lo mismo.

Sin embargo, la versión oficial sigue inamovible y ya no se molesta en desacreditar a los contestatarios y a los amantes de las conspiraciones. Para eso ya están los escépticos profesionales en Internet u otros medios, que se dedican a desmontar y ridiculizar a los que no creen en la versión del gobierno, con argumentos técnicos rebuscados o simples ecos de las versiones oficiales, si bien en muchas ocasiones se acaban remitiendo a lo que se pudo ver en las imágenes televisivas (obviando cualquier otro elemento no expuesto directamente en pantalla). En todo caso, los mandatarios ya debían estar escarmentados y en siguientes hechos relevantes, para evitar mayores problemas, los medios de comunicación se mostraron mucho más cautos, como por ejemplo cuando narraron “en off” la operación de la supuesta captura y asesinato de Bin Laden, donde nada se vio realmente ni apareció el cuerpo del protagonista.

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Las fake-news están de moda

 

 

 

 

 

 

Estamos pues ante la realidad creada, difundida y sellada por los grandes medios, con el inequívoco respaldo del poder. Las noticias no surgen de la nada como una seta; antes bien, son hitos de una agenda marcada previamente. Así, todo lo que se muestra a la audiencia está escogido, diseñado y empaquetado cuidadosamente, y no importa lo que se pueda decir en la calle, en Internet, en las redes sociales, a menos que haya sido preparado de antemano y expuesto masivamente por los grandes medios como si fuera algo espontáneo. En este sentido, el actual auge de las llamadas fake-news como un subproducto de Internet no hace más que reforzar la ceremonia de la confusión, a la par que incide en la baja fiabilidad de las noticias generadas y difundidas por el público internauta, por muy virales que sean.

Lo “oficial”, en definitiva, es la televisión (o la prensa en general), y las autoridades no entran a discutir con aquellos que se atreven a desafiar la veracidad o exactitud de los hechos; simplemente se les ignora o se les pone la etiqueta de marginales. Sólo los medios –la voz de su amo– tienen la potestad mágica de establecer el discurso o interpretación única sobre un determinado hecho, y eso a pesar de que en algunos casos las pruebas de carácter científico –que deberían tener un peso decisorio– no respaldan dicho discurso, como sucedió en la España de 1981 con el lamentable episodio de la intoxicación masiva “por aceite de colza”[6]. Realmente, no se pretende que el público entienda, busque la trampa o el truco del mago. Se trata de que vea y crea; de eso versa el ilusionismo. Lo que puedan opinar “cuatro chalados” no cuenta.

En fin, para acabar de rematar este tema he hallado un texto muy significativo procedente nada menos que de las memorias del ex presidente norteamericano Bill Clinton. En dicho texto Clinton se refiere precisamente al citado episodio del alunizaje de la misión Apolo y pone como protagonista a un modesto hombre del entorno rural que desconfiaba de los “tipos de la televisión”. Por lo demás, la anécdota se comenta por sí sola.

“Justo un mes antes, los astronautas Buzz Aldrin y Neil Armstrong habían dejado a su colega, Michael Collins, a bordo de la nave Columbia y habían caminado sobre la Luna… El viejo carpintero me preguntó si creía realmente que había sucedido. Dije: «Seguro, lo vi por televisión.» Él no estaba de acuerdo; dijo que no lo había creído ni por un minuto, que esos tipos de la televisión podían hacer que las cosas parecieran reales cuando no lo eran. Por aquel entonces pensé que era un tipo raro. Durante mis ocho años en Washington vi algunas cosas en la televisión que me hicieron preguntar si él no estaba adelantado a su tiempo.”[7]

Xavier Bartlett, 3 marzo 2018

Fuente


[1] He dejado aparte las opiniones de algunos autores radicales que han recurrido a explicaciones más forzadas –por decir algo– como por ejemplo la presencia de alienígenas en la Luna, que habrían prohibido a los humanos desplazarse a “su terreno”.

[2] Hallazgo fortuito a cargo del investigador Bart Sibrel, cuya autenticidad se ha puesto en duda

[3] Siguiendo la estela cinematográfica, cabe citar que en 1978 –en plena efervescencia conspirativa sobre los alunizajes– se filmó una película llamada Capricorn One, que trataba de una fallida misión a Marte por motivos técnicos, lo que obligaba a montar un ingenioso fraude en unas instalaciones en el desierto para contentar a la opinión pública.

[4] Sobre todo, nadie pudo explicar cómo se había desplomado un edificio, el Salomon Brothers Building o WTC 7, que no había sido alcanzado por ningún avión. Tampoco fue creíble el impacto de un avión contra el Pentágono, con apenas unos pocos restos dispersos de un hipotético aparato.

[5] Datos extraídos de una encuesta (“la pregunta del día”) de MSNBC del 11 de septiembre de 2006.

[6] En este caso, los medios trasmitieron machaconamente la versión oficial y no dijeron ni media palabra de que un médico experto había identificado correctamente el agente tóxico (un pesticida) y había propuesto su cura pertinente. Otros especialistas corroboraron científicamente este dictamen, pero la verdad nunca salió a la luz de forma masiva. Veáse el artículo de este blog al respecto.

[7] Extracto (traducido) de My Life, el libro de memorias de Bill Clinton.

© Xavier Bartlett

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