La crisis migratoria es consecuencia de la explotación colonial – por Manlio Dinucci

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De Estados Unidos a Europa, la “crisis de los migrantes” está dando lugar a acaloradas polémicas nacionales e internacionales sobre las políticas a adoptar en materia de flujos migratorios. En todas partes, sin embargo, se presentan según un tópico que invierte la realidad: el de los “países ricos” obligados a soportar la creciente presión migratoria de los “países pobres”.

Esto oculta la causa subyacente: el sistema económico del mundo que permite a una pequeña minoría acumular riqueza a expensas de la creciente mayoría, empobreciéndola y provocando así una emigración forzada.

En cuanto a los flujos migratorios hacia Estados Unidos, el caso de México es emblemático. Su producción agrícola colapsó cuando, con el TLCAN (Tratado de Libre Comercio de América del Norte), Estados Unidos y Canadá inundaron el mercado mexicano con productos agrícolas baratos gracias a sus propios subsidios públicos. Millones de campesinos se encontraron sin trabajo, lo que se suma al conjunto de mano de obra reclutada en las maquiladoras: miles de establecimientos industriales a lo largo de la frontera en territorio mexicano, propiedad o controlados, en su mayor parte, por empresas norteamericanas, en los que los salarios son muy bajos y los derechos sindicales inexistentes.

En un país donde cerca de la mitad de la población vive en la pobreza, ha aumentado la masa de los que buscan entrar en Estados Unidos. De ahí el muro a lo largo de la frontera con México, iniciado por el presidente demócrata Clinton cuando el TLCAN entró en vigor en 1994, perseguido por el republicano Bush, reforzado por el demócrata Obama, el mismo muro que el republicano Trump ahora quisiera completar en los 3.000 kilómetros de frontera.

El caso de África es emblemático en cuanto a los flujos migratorios hacia Europa. Es rico en materias primas: oro, platino, diamantes, uranio, coltán, cobre, petróleo, gas natural, maderas preciosas, cacao, café y muchos otros.

Estos recursos, explotados por el viejo colonialismo europeo con métodos de esclavitud, son hoy explotados por el neocolonialismo europeo que se apoya en las élites africanas en el poder, la mano de obra local de bajo coste y el control de los mercados nacionales e internacionales.

Más de 100 empresas que cotizan en la Bolsa de Londres, británicas y otras, explotan recursos mineros por valor de más de un billón de dólares en 37 países del África subsahariana.

Francia controla el sistema monetario de 14 antiguas colonias africanas a través del franco CFA (originalmente acrónimo de “Colonies Françaises d’Afrique”, reciclado como “Communauté Financière Africaine”): para mantener la paridad con el euro, los 14 países africanos deben pagar la mitad de sus reservas monetarias al Tesoro francés.

El Estado libio, que quería crear una moneda africana autónoma, fue demolido por la guerra en 2011. En Costa de Marfil (zona CFA), las empresas francesas controlan la mayor parte de la comercialización del cacao, del que el país es el primer productor mundial: los pequeños agricultores apenas conservan el 5 por ciento del valor del producto final, por lo que la mayoría vive en la pobreza. Estos son sólo algunos ejemplos de la explotación neocolonial del continente.

África, que se presenta como dependiente de la ayuda externa, proporciona un pago externo neto anual de unos 58.000 millones de dólares. Las consecuencias sociales son devastadoras. En el África subsahariana, donde la población supera los mil millones de habitantes y está compuesta por un 60 por ciento de niños y jóvenes de 0 a 24 años, alrededor de dos tercios de la población vive en la pobreza y, de éstos, alrededor del 40 por ciento -es decir, 400 millones- vive en condiciones de extrema pobreza.

La “crisis migratoria” es en realidad la crisis de un sistema económico y social insostenible.

Manlio Dinucci, 26 junio 2018

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