El “antisemitismo”, arma de intimidación masiva – por Bruno Guigue

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En un mundo donde la campaña mediática repetida hasta la saciedad sirve de prueba irrefutable, algunas palabras son palabras maletas*, significantes intercambiables cuyo uso codificado con antelación es propicio a todo tipo de manipulaciones. Deslizamientos perpetuos de sentido que permiten el paso insidioso de un término a otro, sin que nada se oponga a la inversión maligna en la que el verdugo se hace víctima, la víctima se hace verdugo, y el antisionismo se convierte en un antisemitismo, como lo afirmó Manuel Valls, primer jefe de gobierno francés en haber pronunciado tal afrenta. En el momento en que « la intifada de los cuchillos», es además remitida por algunos al odio ancestral hacia los judíos, no es inútil preguntarse por qué esta asimilación clásica y sin embargo fraudulenta desempeña una función esencial en el discurso dominante.

Desde hace setenta años, es como si el remordimiento invisible del holocausto garantizara a la empresa sionista una impunidad absoluta. Con la creación del Estado hebreo, Europa se liberaba milagrosamente de sus demonios seculares. Se concedía un exutorio al sentimiento de culpabilidad que la corroía secretamente por sus infamias antisemitas. Cargando sobre sus hombros la responsabilidad de la masacre de los judíos, buscaba el medio de deshacerse a toda costa de esta carga. La culminación del proyecto sionista le ofreció esta oportunidad. Aplaudiendo la creación del Estado judío, Europa se lavaba de sus faltas. Simultáneamente, ofrecía al sionismo la oportunidad de completar la conquista de Palestina.
Israel se prestó por partida doble a esta redención por procuración de la conciencia europea. Primero volcó su violencia vengativa sobre un pueblo inocente que no tenía la culpa de su sufrimiento y después ofreció a Occidente las ventajas de una alianza a cambio de la cual se le pagó. Una y otra cosa vincularon sus destinos por medio de un pacto neocolonial.
El triunfo del Estado hebreo tranquilizaba la conciencia europea al tiempo que le procuraba el espectáculo narcisista de una victoria sobre los bárbaros. Unidos para lo bueno y para lo malo, acordaron mutuamente la absolución a costa del mundo árabe transfiriéndole el peso de las persecuciones antisemitas. En virtud de un convenio tácito Israel perdonaba a Europa su pasividad ante el genocidio y Europa le dejaba las manos libres en Palestina.
Israel debe su estatuto excepcional a esta transferencia de deuda por medio de la cual Occidente se libró de sus responsabilidades a costa de un tercero. Puesto que Israel fue el antídoto contra el mal absoluto que hundía sus raíces en el infierno de los crímenes nazis, solo podía ser la encarnación del bien. Esta sacralidad histórica es lo que justifica, mejor que una sacralidad bíblica de dudosas referencias, la inmunidad de Israel en la conciencia europea. Adhiriéndose implícitamente a ella, las potencias occidentales la inscriben en el orden internacional. El resultado es innegable: avalada por los amos del mundo, la profesión de fe sionista se convierte en ley férrea a escala mundial.
Como la invocación de lo sagrado siempre demonizaba a su contrario, esta sacralidad de Israel quita entonces toda legitimidad a las oposiciones que suscita. Siempre sospechosa, la reprobación de Israel roza la profanación. Poner en tela de juicio la empresa sionista es la blasfemia por excelencia porque supone atentar contra lo que es inviolable para la conciencia europea. Esta es la razón por la que la negación de legitimidad moral opuesta al antisionismo se basa en un postulado simplista cuya eficacia no se debilita con el uso: el antisionismo es un antisemitismo. Combatir a Israel sería, por esencia, odiar a los judíos, estar motivado por el deseo de repetir la Shoah, soñar con los ojos abiertos con reiterar el holocausto.
Por más que el antisionismo se defina como un rechazo razonado del sionismo, admitirlo como tal serían una vez más hacer un compromiso con lo inaceptable. Marcado por una causalidad diabólica, el antisionismo está descalificado moralmente, fuera de juego en virtud del anatema que lo lacra. Por más que se recuerde que Palestina no es propiedad de una etnia o de una confesión, que la resistencia palestina no tienen ninguna connotación racial, que el rechazo del sionismo se basa en el derecho de los pueblos a la autodeterminación, estos argumentos racionales no tienen ninguna posibilidad de ser escuchados. Desde hace un siglo el antisionismo se inscribe en el campo de lo político, pero se ve opuesto constantemente a una forma de irracionalidad que no tiene absolutamente nada de político.
Es cierto que la equiparación fraudulenta de antisemitismo con antisionismo tiene dos ventajas simbólicas. La primera es de uso interno. Esta asimilación limita drásticamente la libertad de expresión, paraliza cualquier pensamiento que no sea conforme inhibiéndolo de raíz. Genera una autocensura que, sobre un fondo de culpabilidad inconsciente, impone por intimidación o sugiere por prudencia un mutismo de buena ley sobre los atropellos israelíes. Pero esta falsa equiparación también es de uso externo. Su objetivo es entonces descalificar a la oposición política y militar a la ocupación sionista. Objetivo privilegiado de esta amalgama, la resistencia árabe se ve remitida al supuesto odio ancestral que los musulmanes experimentan por los judíos.
Lo que anima a los combatientes árabes sería una repulsión instintiva por esta raza maldita y no una aspiración legítima a acabar con una ocupación extranjera. En última instancia, la cadena de equiparamientos excesivos lleva al argumento manido que constituye el último resorte de la doxa: la «reductio ad hitlerum», la mancilla moral por nazificación simbólica, último grado de una calumnia de la que siempre queda algo. Por consiguiente, la resistencia árabe acumula todas las infamias, terrorista por ser antisionista, antisionista por ser antisemita. Se afirma que los ataques con cuchillo no serían el efecto explosivo de una humillación colectiva, sino el fruto del odio inextinguible por los judíos. La única fuerza que no cede ante las exigencias del ocupante, la resistencia, sufrirá entonces como precio por su valor el fuego cruzado de las acusaciones occidentales y de la brutalidad sionista. Y como si no bastara la superioridad militar del ocupante, todavía necesitan jactarse de una superioridad moral de cuya inanidad, sin embargo, atestiguan sus crímenes coloniales.
Bruno Guigue, 9 mayo 2016
Traducido por  Beatriz Morales Bastos
Editado por  María Piedad Ossaba

*Las “palabras maletas” de Lewis Carroll consisten en una fusión de dos palabras creando otra nueva de imprevisible significado respecto a las anteriores o, simplemente, fusión de los significados.

 

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