Los estrechos lazos entre Fútbol y Política: un hermoso lugar donde nada crece

La pelota vuelve a rodar, no se trata de vender ilusiones. Y tal vez debamos esperar lo peor, es decir, nada.

Llega otro mundial y se amontonan los espasmos. Goles, camisetas, caños y sombreros, juegos a cancha llena, giras, finales. El Maracaná, Wembley, el Estadio Azteca, San Siro, el Monumental, el Santiago Bernabeu…Concentraciones, relatores y patrioterismo, barras bravas, la gloria y el fracaso… Garrincha, Johan Cruyff, Pele,“¡Grande Pulga!”, Zidane, Andrés Iniesta, “¡Juga con las dos piernas Diego, porque con la zurda es robo!”.

Lealtad y trampas, ‘la naranja mecánica’ y el cantenaccio, magnates yanquis, oligarcas rusos, jeques árabes, millonarios chinos, corrupción, la emoción colectiva, el estruendoso silencio de un estadio vacío. Filósofos de entrecasa,“El fútbol es el juego más difícil del mundo, porque se hace con los pies obedeciendo la cabeza…y miren que distancia que hay”, Ángel Labruna dixit.

Culto al éxito, demolición del derrotado. Silvio Berlusconi mintió una historia de triunfos desde el Milán y supo aprovechar la energía simbólica del fútbol para prostituir Italia, el estafador Jesús Gil y Gil construyó una fuerza política propia a partir de su ruinosa presidencia del Atlético Madrid, Mauricio Macri nos habló de la eficacia en la gestión empresarial desde la conducción de Boca Juniors y millones compraron el embuste.

El Fútbol con sus múltiples vergüenzas y sus escasas dignidades. Los mundiales mussolinianos de 1934 y 1938. Italia bicampeón mundial. El Duce asistiendo a todos los partidos en Roma. Desde el palco de honor el mentón alzado hacia las tribunas repletas de camisas negras. Dos argentinos, recién nacionalizados le dan la primera copa. Orsi hace el primer gol, Guaita asiste en el segundo. 2 a 1 a Checoslovaquia. Cuatro años después la azzurri recibe el telegrama antes de salir al túnel del Estadio Olímpico de París: “Vencer o morir”, es la consigna que les da Mussolini. Derrotan en la final a Hungría 4 a 2. La escuadra se forma haciendo el saludo fascista. Negros nubarrones se ciernen sobre Europa en vísperas de otra guerra.

Mundial 1934: selección italiana hace el saludo fascista

Llega 1950, el “Maracanazo” ya era cenizas. Brasil pierde la final con Uruguay 2 a 1. Grandeza de Obdulio Varela, el “Negro Jefe”, histórico capitán charrúa, no celebra la victoria con sus compañeros. Se marcha a recorrer bares, triste, con los vencidos. Acaba bebiendo y consolándose con varios aficionados brasileños. Al día siguiente no quiere fotos, ni compartir festejos con el embajador de Uruguay en Brasil. No siente ningún ardor patriótico. “Mi patria es la gente que sufre”, afirma. Le dan un dinero de premio y compra un coche viejo, de 1931. Se lo roban a la semana siguiente.

Mundial 1950: Gol de Uruguay ante Brasil

Hace 45 años se disputó el primer partido de un repechaje que quedaría en la historia. Pocos días después del golpe contra Salvador Allende en Chile, este país y la Unión Soviética se jugaban su participación en el Mundial de Alemania. El primer partido en Moscú fue un empate a cero. “Por suerte el árbitro era un anticomunista rabioso”, cuenta Hugo Gasc, el único periodista chileno presente en Rusia. “Junto a Francisco Fluxá, el presidente de la delegación, lo habíamos convencido de que no nos podía dejar perder en Moscú, y la verdad es que su arbitraje nos ayudó bastante”. La vuelta debía jugarse el 21 de noviembre en el Estadio Nacional de Santiago. Ahora convertido en el campo de concentración, tortura y muerte más grande del país. “Con el correr de los días las graderías se fueron despoblando: algunos libres, otros asesinados en las noches y un par de suicidas”, recuerda uno de los detenidos Gregorio Mena Barrales, hombre del Partido Socialista yex gobernador de Puente Alto.

La URSS, que había roto relaciones diplomáticas con Chile tras el golpe de Pinochet, exigió jugar en cancha neutral. Los hombres de la FIFA, tras inspeccionar el Estadio Nacional, dieron vía libre para la disputa del partido. Aún permanecían en el lugar 7 mil detenidos. La federación de fútbol de la Unión Soviética respondió que “por consideraciones morales los deportistas soviéticos no pueden en este momento jugar en el estadio de Santiago, salpicado por la sangre de los patriotas chilenos”. Finalmente, a la hora señalada, el equipo local salió a la cancha, el árbitro también, los soviéticos no estaban. Ante 18 mil espectadores sacaron del medio y dando pases llegaron al área despoblada de rivales. Nadie se había interpuesto en su camino. Francisco Valdés, sobre la línea empujó la pelota adentro del arco entre flashes de los fotógrafos. “El gol de la vergüenza” clasificó a Chile para el Mundial de Alemania 1974.

Chile-URSS: el gol de la verguenza

La final con Holanda. Los goles de Kempes. La voz del relator oficial, José María Muñoz, y su ampulosidad patriotera. “Veinticinco millones de argentinos jugaremos el mundial”. Los festejos del campeonato que Argentina conquistó en 1978 desde los ojos de una niña de seis años, mientras piensa en sus padres desaparecidos y se pregunta, Raquel Robles, de qué sirve ganar cuando la muerte se lo llevó todo.

“Por fin el mundo puede ver la verdadera imagen de la Argentina”, celebra Joao Havelange, presidente de la FIFA por 24 años, ante las cámaras de la televisión. Henry Kissinger, invitado especial de la junta militar, anuncia: “Este país tiene un gran futuro a todo nivel”. El capitán del seleccionado alemán, Berti Vogts, no entiende tanto revuelo contra la dictadura militar porque “Argentina es un país donde reina el orden. Yo no he visto a ningún preso político”. Su antítesis, Ronnie Hellstrom, arquero del equipo sueco:a la misma hora en que Alemania y Polonia dan inicio a la copa en cancha de River, acompaña la ronda de las Madres de Plaza de Mayo frente a la Casa Rosada.“Decidí hacerlo porque era una obligación que tenía con mi conciencia”.Tiempos en que aún las crónicas confundían a Kempes con Videla. En las tribunas se cantaba: “Passarella, Passarella, y si Kempes se lesiona lo ponemos a Videla”. El primero pasó a la historia como el “Matador”. Al segundo, lo condenaron por asesino.

A unos pasos del Monumental,en pleno funcionamiento, el centro de tormento y exterminio de la Escuela de Mecánica de la Armada. Y algunos kilómetros más allá, los aviones arrojando a los prisioneros vivos al fondo del mar. “Le ganamos al mundo”, exhibía en su tapa Siete Días…El mundial se manchó de sangre y la fiesta no fue de todos.

Mimetizado con los tiempos, César Luis Menotti, quien por entonces tenía 39 años, se sintió tal vez el comandante de un momento histórico para el fútbol argentino. “Yo le decía: ‘César, los militares te están usando’. Pero él me respondía que no había problemas, que los tenía controlados”, contó antes de morir Joao Saldanha, miembro histórico del Partido Comunista Brasileño y que se alejó de la conducción técnica de la selección de su país poco antes de la gloria del Mundial de México 70, cuando allí gobernaba la dictadura militar de Garrastazu Médici.

“Va a entrar Videla a dar la copa…el fútbol ha hecho el milagro…nos siguen atacando aquellos que no nos conocen”, relataba por Radio Rivadavia el ‘Gordo’ Muñoz, un fenómeno de manipulación informativa. Y que un año más tarde en su efímero momento de gloria -durante los festejos del mundial juvenil de 1979-, promovería las celebraciones en Plaza de Mayo, donde a sólo metros se denunciaban desapariciones ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Videla saludando a la multitud en el balcón, y 250.000 calcomanías con el lema “Los argentinos somos derechos y humanos”.

Mundial 1978: Videla a punto de entregar la Copa del Mundo a Daniel Passarella y Américo Gallego

En un país donde no florece la autocrítica, los principales protagonistas del mundial suelen referirse al hecho con evasivas o complicidades. En julio de 2003, 25° aniversario del título, Daniel Passarella y Américo Gallego se negaron a ingresar con una bandera de las Abuelas de Plaza de Mayo al estadio Monumental, en un encuentro homenaje a los campeones del ’78…y nadie acusó recibo.

“En fútbol, el peor ciego es el que sólo ve la pelota”, afirmaba Nelson Rodrigues, cronista brasileño.

De los pocos que no miran para otro lado, Rubén Rossi, campeón mundial juvenil en 1979, escribe en Página 12 un texto digno y a la vez desgarrador, que inicia con un “Maldito sea quien olvida” de Severino Di Giovanni. “Contábamos con 18, 19 años y habíamos obtenido por primera vez en la historia el Campeonato Mundial Juvenil, en el lejano Japón. Nos sentíamos eufóricos por retornar a nuestro país y sólo pensábamos en ese ‘poquito de gloria’ que habíamos logrado conseguir en una cancha de fútbol para ofrendársela a nuestras familias y a todos los argentinos… Nos utilizaron, nos manipularon, se sirvieron de nosotros para tapar con un dedo tanta sangre que brotaba de sus manos”, va desgranando en su artículo el hoy formador de fútbol infanto-juvenil.

El partido inaugural de España 1982 enfrentó el 13 de junio a las selecciones de Argentina y Bélgica en el Camp Nou. Mientras los “diablos rojos” vencían sorpresivamente 1-0 al último campeón, las agencias internacionales de noticias anunciaban, pocas horas después, la rendición argentina en Malvinas.

El 9 de julio de 2014, el miedo se comía el encuentro entre Argentina y Holanda en el Arena Corinthians de San Pablo. Era un momento de distracción después de dos días de bombardeos israelíes, para quienes seguían por televisión en un café de la Franja de Gaza la semifinal del mundial. La velada se acortó brutalmente cuando un misil cayó en el Fun Time Beach Café, asesinando a nueve personas e hiriendo a otras quince. Todo lo que quedaba el jueves del popular establecimiento, cerca del mar, era un cráter y montículos de arena. Esparcidos, banderines multicolores y anoraks de lona. Ocho personas murieron en el acto, todas oriundas de la cercana ciudad de Jan Yunis. Equipos de socorro con palas mecánicas buscaron por horas, bajo un sol abrasador, a la novena víctima.

Misil en un café de Gaza

Las discusiones sobre fútbol seguían entre los jóvenes que ayudaban en la búsqueda del desaparecido. La semifinal terminó sin goles y se definió a favor de Argentina en la tanda de penales. “Pero acá terminó 9 a 0. Los israelíes ganaron 9 a 0”, afirma Ahmed al Aqad fusionando desesperación y humor negro.

Un par de días antes Israel había lanzado una de sus habituales operaciones de exterminio contra la población de Gaza. Durante 51 días prolongó su campaña de demolición, bajo el nombre de “Margen protector”,por tierra, aire y mar de la Franja de 365 kilómetros cuadrados, y donde malamente sobreviven dos millones de palestinos. El saldo de la ofensiva fue aterrador. Según las Naciones Unidas,2.100 gazatíes resultaron muertos, entre ellos más de 540 niños, miles de heridos, desplazamientos masivos de población, destrucción de toda la infraestructura, incluyendo centrales eléctricas, depósitos de agua, escuelas, hospitales, viviendas.

Alemania, futuro campeón, tuvo que recurrir a la prórroga para eliminar a una esforzada Argelia que plantó cara a lo largo de todo el duelo de octavos de final en el estadio Beira-Rio de Porto Alegre. Durante el multitudinario recibimiento a la delegación africana que se vivió en las calles de Argel, algunos jugadores como el valencianista Feghouli portaban banderas palestinas. Los argelinos habían realizado en Brasil el mejor mundial de su historia. Para sus compatriotas, la donación que hicieron de los 6,5 millones de euros en premios a los castigados habitantes de Gaza, agigantó el sentimiento de orgullo por sus futbolistas.

“Este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”, frase con la que Antonio Gramsci homenajeó al fútbol, hace años que es difícil de sostener en Palestina. En la delgada lonja de tierra sitiada de Gaza, los escombros no dejan ver el pasto. Y si un niño se arriesga a meter un pase o una gambeta a ras del piso, puede transformarse en otro mártir. Varios corrían detrás de una pelota en una playa cercana al puerto. El primer proyectil impactó en el muelle, muy cerca del lugar donde estaban jugando. Salieron corriendo para escapar, pero en ese momento un segundo ataque dio de lleno en el grupo. “Vimos a un grupo de niños huyendo del muelle y por la arena dirigiéndose al hotel Al-Deira. Un par de camareros, el cocinero y unos pocos periodistas empezaron a hacerles señales. ‘¡Corred hasta aquí!’. Luego explotó un segundo misil en la playa justo delante de ellos”, escribió después el periodista William Booth del Washington Post.
Hijos de pescadores de la zona, Ahed Atef Bakr de 10 años, Zakaria Ahed Bakr de 10, Mohamed Ramez Bakr de 11, Ismael Mohamed Bakr de 9 años, resultaron muertos, y otros doce de sus primosheridos de gravedad. Seguramente emulaban a sus héroes deportivos.

“Parecía que los proyectiles les estaban persiguiendo”, decía, la mirada perdida, Abú Hassera, con la camiseta manchada de sangre, ayudando a evacuar los niños sobrevivientes. Los misiles provenían de una de las naves israelíes que desde hace años bloquean el puerto de Gaza. A escasos metros Rawdan, uno de los vecinos del barrio costero, apenas podía hablar. Con el rostro enrojecido solo era capaz de insultar entre preguntas retóricas. “¿Dónde está la comunidad internacional? ¿Dónde están los derechos humanos?”. El mundial había finalizado hacía dos días.

Ahora, en las vísperas de Rusia, 2 millones de dólares y una suma mucho mayor fuera de contrato, que alcanzaría, según versiones a los 12 millones de dólares, un vuelo chárter para trasladar a la selección desde Barcelona a Israel y luego a Moscú, un hotel lujoso con más de 90 habitaciones en Jerusalén para alojar a la delegación, sin dudas bloquea la poca conciencia y activa la corrupción que azota al fútbol argentino desde hace décadas, en especial a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA). Épocas del führer Julio Grondona o de la ‘triada’ Claudio Tapia-Daniel Angelici-Hugo Moyano. La luz verde para el encuentro, finalmente suspendido, entre los combinados de Argentina e Israel, en un estadio construido sobre las ruinas de Al Malha, uno de los 418 pueblos destruidos por los israelíes hace 70 años, el Teddy Kolleken la Jerusalén ocupada, para afianzar la judaización y militarización de la milenaria ciudad capital de Palestina.

Ilustración contra el partido Argentina-Israel en Jerusalén

No hay ingenuidad posible. En marzo Netanyahu envió una misiva al gobierno de su amigo Mauricio Macri: He instruido a las más relevantes autoridades a hacer todos los preparativos necesarios para que el partido tome lugar en Jerusalén, nuestra capital eterna”. Sin ambigüedades el primer ministro israelí transparentaba la importancia política de la sede del encuentro. La llamada “Copa 70° Aniversario de Israel”, en el campo del recientemente rebautizado Beitar “Trump” Jerusalén, el club más racista de la liga israelí y favorito de los nombres más representativos del Likud -el gran partido de la derecha conservadora y tradicional sionista-, cerraba los festejos iniciados con la inauguración de la embajada estadounidense en la profanada ciudad santa. En medio de la actual masacre palestina, que ya dejó un saldo de 142 muertos y más de 19 mil heridos, en la novena semana de la Marcha del Retorno a su tierra ancestral. La ecuación era perfecta: EEUU pone la embajada, Argentina su selección, Israel las balas y Palestina los muertos.

Nada podía salir mal. Lionel Messi ya había estado en Israel en otras ocasiones. Los sionistas atesoran sus fotos de 2013 con kipá en el Muro de los Lamentos. Sus multimillonarios contratos incluyen ser la cara pública de la tecnológica israelí Sirin Labs. En ocasiones, como durante su casamiento en Rosario, agencias israelíes con personal del Mossad, se hacen cargo de su seguridad personal.

Tal vez porque “el fútbol es la dinámica de lo impensado”, como decía Dante Panzeri, la presión internacional impidió volver a manchar la camiseta argentina, poniendo a rodar la pelota sobre el césped regado con sangre palestina. “Es como si nosotros celebráramos la ocupación de las islas Malvinas”, declaró su embajador en Argentina, Husni Abdel Wahed, con una contundencia que no dejaba margen para dudas. Mohammed Khaalil Obaid, joven futbolista gazatí, envía un mensaje a la selección argentina: “¡No hay nada ‘amistoso’ en disparar a futbolistas palestinos!”. Mientras manifestaba pacíficamente en la Gran Marcha del Retorno, fue baleado en su rodilla por un francotirador israelí, acabando con su prometedora carrera.

Desazón e ira entre los políticos israelíes: “Las estrellas del fútbol argentino cedieron a la presión de los enemigos de Israel”, vociferó el ministro de Defensa Avigdor Lieberman. Mientras el presidente Mauricio Macri trataba de gambetear, sin mucho éxito, su responsabilidad en el entuerto político desatado. El responsable de la Asociación de Fútbol de Palestina, Yibril Rajub, dirigió una carta a su homólogo argentino, Claudio Tapia, en la que recuerda que “Argentina y otros tantos países latinoamericanos saben muy bien cómo el fútbol fue usado por sus respectivas dictaduras militares para blanquear sus graves y sistemáticas violaciones de los derechos humanos. Habríamos esperado que aprender del pasado, hubiera hecho que esto no se repitiera”. Y setenta niños de los campos de refugiados de Qalandya, al-Am’ari, Jalazoun y Aida, en Cisjordania, escriben a Messi: “Pero nuestra felicidad se convirtió en lágrimas y se rompieron nuestros corazones. ¿Es acaso lógico que Messi, el héroe, vaya a jugar en un estadio construido sobre las tumbas de nuestros ancestros?”, cuestionan en su carta.

Entre los escombros, el fútbol palestino, aún en medio de bloqueo y muertes, es más importante de lo que muchos suponen. Un palestino lo sintetiza a la revista estadounidense The Nation: “Es nuestro espacio para olvidar donde estamos y recordar quienes somos”.

La pelota vuelve a rodar, no se trata de vender ilusiones. Y tal vez debamos esperar lo peor, es decir, nada.

Jorge Montero, 13 junio 2018

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