El Santo Anzuelo Judío: El Caballo de Troya de Yahvé en la Ciudad Gentil – por Laurent Guyénot

     Laurent Guyénot realiza un brillante y esclarecedor análisis del sentido profundo del cristianismo, que no sería sino una completa paradoja, una operación propagandística que en último término consigue lo contrario de aquello por lo cual es publicitada, a saber, aunque vendiéndose como anti-judío, termina por reforzar la influencia simbólica y la superioridad de la judeidad.

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EL SANTO ANZUELO

¿Es la Iglesia la Puta de Yahvé?

     Concluí un artículo anterior con lo que considero como la «revelación» más importante de la investigación bíblica moderna, una que tiene el potencial para liberar al mundo occidental de un grillete psicopático de dos mil años: el celoso Yahvé era originalmente sólo el dios nacional de Israel, empaquetado de nuevo como «el Dios del Cielo y la Tierra» durante el Exilio babilónico, como parte de una campaña de relaciones públicas destinada a los persas, luego a los griegos y por último a los romanos. La resultante noción bíblica de que el Creador universal se convirtió en el dios nacional de Israel en el tiempo de Moisés, es así expuesta como una ficticia inversión del proceso histórico: en realidad, es el dios nacional de Israel el que, por así decir, se hizo pasar por el Creador universal en el tiempo de Esdrás, a la vez que permaneció sumamente etnocéntrico.

     El Libro de Josué es un buen abridor de ojos en cuanto al fraude bíblico, porque su autor pre-exilio nunca se refiere a Yahvé simplemente como «Dios», y nunca implica que éste sea algo salvo «el dios de Israel», es decir, «nuestro dios» para los israelitas, y «vuestro dios» para sus enemigos (25 veces). Yahvé no muestra ningún interés en convertir a los pueblos cananeos, a los que él considera como de valor inferior al ganado de ellos. Él no instruye a Josué para que siquiera intente convertirlos sino simplemente para que los extermine, de acuerdo con el código de guerra que él dio a Moisés en Deuteronomio cap. 20.

     Sin embargo, encontramos en el Libro de Josué una declaración aislada de una mujer cananea de que «Yahvé vuestro dios es dios tanto en el Cielo arriba como abajo en la Tierra» (2:11). Rahab, una prostituta en Jericó, hace aquella declaración a dos espías israelitas que pasaron la noche con ella, y a quienes ella esconde a cambio de ser salvada, junto con su familia, cuando los israelitas se apoderen de la ciudad y maten a cada uno, «hombres y mujeres, jóvenes y viejos» (6:21). La «profesión de fe» de Rahab es probablemente una inserción post-exilio, porque no encaja bien con su otra afirmación de que ella está motivada por el miedo, no por la fe: «Tenemos miedo de ustedes, y todos los que viven en este país han sido sobrecogidos de terror por causa de ustedes» (2:9). Sin embargo, la combinación de miedo y fe es consistente con los caminos de Yahvé.

     La católica francesa Bible de Jérusalem —una traducción académica de los dominicos de la École Biblique, que sirvió como la pauta para la inglesa Jerusalem Bible— añade una nota a pie de página a la «profesión de fe al dios de Israel» hecha por Rahab, diciendo que ello «hizo de Rahab, a los ojos de más de un Padre de la Iglesia, una prefiguración de la Iglesia Gentil, salvada por su fe».

     Encuentro esa nota a pie de página emblemática del papel del cristianismo en la propagación entre los Gentiles de la indignante afirmación metafísica de los israelitas, aquel gran engaño que ha permanecido, hasta este día, como una fuente de enorme poder simbólico. Al reconocer su propia imagen en la prostituta de Jericó, la Iglesia reclama para sí misma el papel que es exactamente el suyo en la Historia, a la vez que engaña radicalmente a los cristianos sobre la significación histórica de aquel papel. Es en efecto la Iglesia la que, habiendo reconocido al dios de Israel como el Dios universal, introdujo a los judíos en el centro de la ciudad Gentil y, durante los siglos, permitió que ellos consiguieran el poder sobre la cristiandad.

   Esta tesis, que voy a desarrollar aquí, puede parecer fantasiosa, porque nos han enseñado que el cristianismo era fuertemente judeofóbico desde el principio. Y eso es verdad. Por ejemplo, Juan Crisóstomo, quizás el teólogo griego más influyente del crucial siglo IV, escribió varias homilías «Contra los Judíos». Pero de lo que él está preocupado, precisamente, es de la nefasta influencia de los judíos sobre los cristianos. Muchos cristianos, se queja él, «se unen a los judíos en mantener sus fiestas y observar sus ayunos» e incluso creen que «ellos piensan como nosotros» (Primera Homilía, I, 5).

   «¿No es extraño que aquellos que adoran al Crucificado celebren festivales en común con aquellos que lo crucificaron?; ¿no es eso un signo de insensatez y de la peor locura? […] Porque cuando ellos ven que ustedes, que adoran al Cristo que ellos crucificaron, siguen reverentemente sus rituales, ¿cómo pueden ellos dejar de pensar que los ritos que ellos han realizado son los mejores y que nuestras ceremonias carecen de valor?» (Primera Homilía, V, 1-7).

     Para horror de Juan, algunos cristianos incluso se circuncidan. «No me digan», él les advierte, «que la circuncisión es sólo un mandamiento; es aquella misma orden la que impone sobre ustedes el yugo entero de la Ley» (Segunda Homilía, II, 4). Y así, con toda su judeofobia (anacrónicamente rebautizada hoy como «anti-semitismo«), las homilías de Juan Crisóstomo son un testimonio de la fuerte influencia que los judíos habían ejercido sobre los cristianos Gentiles en los primeros días de la Iglesia triunfante e imperial. Y no importa cuánto los Padres griegos y latinos hayan tratado de proteger a su rebaño de la influencia de los judíos, ella ha persistido a medida que la Iglesia se expandía. Puede incluso argumentarse que la historia del cristianismo es la historia de su judaización, desde Constantinopla a Roma, luego desde Roma a Ámsterdam y al Nuevo Mundo.

     Comúnmente admitimos que la Iglesia siempre ha oprimido a los judíos y ha impedido su integración a menos que ellos se conviertan. ¿No fueron expulsados ellos de un reino cristiano tras otro en la Edad Media? Nuevamente, eso es verdad, pero debemos distinguir entre la causa y el efecto. Cada una de esas expulsiones ha sido una reacción a una situación desconocida en la Antigüedad pre-cristiana: las comunidades judías ganando un poder económico excesivo, bajo la protección de una administración Real (los judíos sirvieron como recaudadores de impuestos y prestamistas de los reyes, y eran particularmente indispensables en tiempos de guerra), hasta que ese poder económico, que producía poder político, alcanza un punto de saturación, provoca persecuciones y fuerza al rey a tomar medidas.

     Consideremos por ejemplo la influencia de los judíos en Europa Occidental bajo los carolingios. Ella alcanza un punto culminante bajo el hijo de Carlomagno, Luis el Piadoso. El obispo de Lyon, Agobardo (c. 769-840), nos dejó cinco cartas o tratados escritos para protestar contra el poder concedido a los judíos en perjuicio de los cristianos. En su escrito «Sobre la Insolencia de los Judíos», dirigido a Luis el Piadoso en 826, Agobardo se queja de que los judíos producen «ordenanzas firmadas en vuestro nombre con sellos de oro» que les garantizan ventajas escandalosas, y que los enviados del Emperador son «terribles con los cristianos y suaves con los judíos». Agobardo incluso se queja de un edicto imperial que impone el domingo en vez del sábado como el día de mercado, a fin de complacer a los judíos. En otra carta, él se queja de un edicto que prohíbe a cualquiera bautizar a los esclavos de los judíos sin el permiso de sus amos [1].

     Se ha dicho que Luis el Piadoso estaba bajo la influencia de su esposa, la reina Judith, un nombre que simplemente quiere decir «Judía». Ella era tan amistosa con los judíos que el historiador judío Heinrich Graetz supone que ella era una judía secreta, a la manera de la bíblica Ester. Graetz describe el reinado de Luis y Judith (y «el tesorero Bernhard, el verdadero gobernante del reino», según él) como una edad de oro para los judíos, y señala que en la corte del Emperador, muchos consideraban al judaísmo como la religión verdadera. Esto es ilustrado por la resonante conversión del confesor de Luis, el obispo Bodo, que tomó el nombre de Eleazar, se circuncidó, y se caso con una judía. «Los cristianos cultos», escribe Graetz, «se estimulaban con los escritos del historiador judío Josefo y el filósofo judío Filón, y leían sus trabajos prefiriéndolos a los de los apóstoles» [2]. La judaización de la Iglesia romana en ese tiempo es apropiadamente simbolizada por la adopción del pan sin levadura para la comunión, algo sin ninguna justificación en el Evangelio. Digo «la Iglesia romana», pero quizá debería ser llamada la Iglesia Franca porque desde el tiempo de Carlomagno fue asumida por Francos étnicos con designios geopolíticos sobre Bizancio, como ha argumentado convincentemente el teólogo Ortodoxo John Romanides [3].

     El Antiguo Testamento era especialmente influyente en las esferas de poder de los Francos. La piedad popular se enfocaba en las narrativas del Evangelio (evangelios canónicos, pero también apócrifos, como el inmensamente popular Evangelio de Nicodemo), la adoración de María, y los ubicuos cultos de los santos, pero reyes y Papas se basaban en una teología política sacada del Tanaj [la Biblia hebrea]. La Biblia hebrea había sido una parte principal de la propaganda de los Francos desde finales del siglo VI. La «Historia de los Francos» de Gregorio de Tours, la fuente primaria —y en su mayor parte legendaria— para la historia merovingia, está enmarcada en la ideología providencial de los Libros de los Reyes: los reyes buenos son aquellos que apoyan a la Iglesia Católica, y los reyes malos aquellos que se resisten al crecimiento de su poder. Bajo Luis el Piadoso, el rito de la unción de los reyes Francos fue diseñado a partir del modelo del ungimiento del rey David por el profeta Samuel en 1 Samuel cap. 16.

 

El Antiguo Testamento como el Caballo de Troya de Israel

     En tiempos pre-cristianos, los eruditos paganos habían mostrado poco interés por la Biblia hebrea. Los escritores judíos (Aristóbulo de Paneas, Artapanus de Alejandría) habían intentado engañar a los griegos con respecto a la antigüedad de la Torá [los Cinco Libros de la Ley o Pentateuco], afirmando que Homero, Hesíodo, Pitágoras, Sócrates y Platón habían sido inspirados por Moisés, pero nadie antes de los Padres de la Iglesia parece haberlos tomado en serio. Los judíos incluso habían producido falsas profecías griegas de su éxito bajo el título de Oráculos Sibilinos, y habían escrito bajo un seudónimo griego una Carta de Aristea a Filócrates elogiando al judaísmo, pero, nuevamente, no fue sino hasta el triunfo del cristianismo que esos textos fueron aceptados por la credulidad de los Gentiles.

     Gracias al cristianismo, el Tanaj judío fue elevado al status de historia autorizativa, y los autores judíos que escribieron para los paganos, como Josefo y Filón, ganaron una inmerecida reputación, a la vez que eran ignorados por el judaísmo rabínico. Las academias cristianas sin sentido crítico se ajustaron a la manipulada historia de los judíos. Mientras Heródoto había atravesado la Siria-Palestina alrededor de 450 a.C. sin oír sobre judeanos o israelitas, los historiadores cristianos decidieron que Jerusalén había sido en ese entonces el centro del mundo, y aceptaron como un hecho el Imperio totalmente ficticio de Salomón. Hasta el siglo XIX la historia mundial fue calibrada en base a una cronología bíblica en gran parte imaginaria (la Egiptología está tratando ahora de reponerse de ello) [4].

     Puede ser argumentado, por supuesto, que el Antiguo Testamento ha servido bien a la cristiandad: ciertamente no fue en la no-violencia de Cristo que la Iglesia Católica encontró la energía y los medios ideológicos para imponer su orden mundial durante casi mil años en Europa Occidental. Sin embargo, por ese glorioso pasado había obviamente un precio a pagar, una deuda con los judíos que tiene que ser pagada de una forma u otra. Es como si el cristianismo ha vendido su alma al dios de Israel, a cambio de su gran logro.

     La Iglesia siempre se ha publicitado ante los judíos como la puerta de salida de la prisión de la Ley, hacia la libertad de Cristo. Pero nunca ha solicitado que los conversos judíos dejen su Torá afuera de la puerta. Los judíos que entraron en la Iglesia entraron con su Biblia, es decir, con una gran parte de su judeidad, a la vez que se liberaban de todas las restricciones civiles impuestas a sus hermanos no convertidos.

     Cuando se consideró que los judíos demoraban mucho en convertirse voluntariamente, ellos eran a veces forzados al bautismo bajo amenazas de expulsión o muerte. El primer caso documentado se remonta a los tiempos del nieto de Clodoveo, Chilperico (s. VI), según el obispo Gregorio de Tours:

   «El rey Chilperico ordenó que un gran número de judíos fuera bautizado, y él mismo sostuvo a varios en las fuentes. Pero muchos fueron bautizados sólo en el cuerpo y no en el corazón; ellos pronto volvieron a sus hábitos engañosos, ya que ellos realmente guardaban el sábado, y simulaban honrar el domingo» (Historia de los Francos, cap. V).

     Tales forzadas conversiones colectivas, produciendo sólo cristianos insinceros y resentidos, fueron llevadas a cabo a lo largo de la Edad Media. Cientos de miles de judíos españoles y portugueses fueron obligados a convertirse al final de siglo XV, antes de emigrar a todas partes de Europa. Muchos de esos «cristianos nuevos» no sólo continuaron «judaizando» entre sí, sino que podían tener entonces una mayor influencia sobre los «cristianos viejos». La penetración del espíritu judío en la Iglesia romana, bajo la influencia de esos judíos convertidos de mala gana y sus descendientes, es un fenómeno mucho más masivo que lo que generalmente se admite.

     Un ejemplo es la Orden jesuíta, cuya fundación coincidió con el auge de la represión española contra los «marranos», con la legislación de «pureza de sangre» publicada en 1547 por el arzobispo de Toledo, el cardenal Silíceo [Estatutos de limpieza de sangre]. De los siete miembros fundadores, cuatro al menos eran de ascendencia judía. El caso del propio Ignacio de Loyola es confuso, pero él fue notado por su fuerte filo-judaísmo. Robert Markys ha demostrado, en un innovador estudio (The Jesuit Order as a Synagogue of Jews, 2010), cómo los cripto-judíos se infiltraron en posiciones claves en la Orden jesuíta desde su mismo comienzo, recurriendo al nepotismo a fin de establecer finalmente un monopolio sobre las posiciones superiores que se extendió hasta el Vaticano. El rey Felipe II de España llamó a la Orden una «sinagoga de hebreos» [5].

     Los marranos establecidos en los Países Bajos españoles desempeñaron un importante papel en el movimiento Calvinista. Según el historiador judío Lucien Wolf,

   «los Marranos en Antwerp habían participado activamente en el movimiento de la Reforma, y habían abandonado su máscara de catolicismo por un pretexto no menos hueco de Calvinismo. (…) La simulación de Calvinismo les trajo nuevos amigos, quienes, como ellos, eran enemigos de Roma, de España y de la Inquisición. (…) Además, aquélla era una forma de cristianismo que se acercaba más a su propio simple judaísmo» [6].

     El propio Calvino había aprendido el hebreo de rabinos y amontonó elogios sobre la gente judía. Él escribió en su comentario sobre el Salmo 119:

     «¿De dónde Nuestro Señor Jesucristo y sus apóstoles sacaron su doctrina si no de Moisés? Y cuando pelamos todas las capas, encontramos que el Evangelio es simplemente una exposición de lo que Moisés había dicho ya». El Convenio de Yahvé con el pueblo judío es irrevocable porque «ninguna promesa de Yahvé puede ser deshecha». Aquel Convenio, «en su substancia y verdad, es tan similar al nuestro, que podemos llamarlo uno. La única diferencia es el orden en el cual fueron dados» [7].

     Dentro de un siglo, el Calvinismo, o Puritanismo, se convirtió en una fuerza cultural y política dominante en Inglaterra. El historiador judío Cecil Roth explica:

     «El desarrollo religioso del siglo XVII llevó a su punto culminante una inequívoca tendencia filo-judía en ciertos círculos ingleses. El puritanismo representó sobre todo un retorno a la Biblia, y eso automáticamente fomentó un estado de ánimo más favorable hacia la gente del Antiguo Testamento» [8].

     Algunos Puritanos británicos llegaron tan lejos como a considerar el libro Levítico como todavía vigente; ellos circuncidaron a sus niños y escrupulosamente respetaban el sábado. Bajo el rey Carlos I (1625-1649), escribió Isaac d’Israeli (padre de Benjamin Disraeli), «parecía que la religión consistía principalmente en rigores sabáticos; y que un senado británico había sido transformado en una compañía de rabinos hebreos» [9]. Los judíos adinerados comenzaron a casar a sus hijas dentro de la aristocracia británica, al grado que, según la estimación de Hilaire Belloc, «al inicio del siglo XX aquellas de las grandes familias inglesas territoriales en las cuales no había sangre judía eran la excepción» [10].

     La influencia del Puritanismo en muchos aspectos de la sociedad británica naturalmente se extendió a Estados Unidos. La mitología nacional de los «Padres Peregrinos» huyendo de Egipto (la Inglaterra anglicana) y estableciéndose en la Tierra Prometida como el nuevo pueblo elegido, marca las pautas. Sin embargo, la judaización del cristianismo estadounidense no ha sido un proceso espontáneo desde dentro sino más bien uno controlado por hábiles manipulaciones desde fuera.

     Para el siglo XIX, un buen ejemplo es la Biblia de Referencia de Scofield, publicada en 1909 por la Universidad de Oxford, bajo el patrocinio de Samuel Untermeyer, un abogado de Wall Street, co-fundador de la Reserva Federal y dedicado sionista, que se convertiría en el heraldo de la «guerra santa» contra Alemania en 1933. La Biblia Scofield está llena de notas a pie de página altamente tendenciosas. Por ejemplo, la promesa de Yahvé a Abraham en Génesis 12:1-3 tiene una nota de dos tercios de página que explica que «Dios hizo una promesa incondicional de bendiciones por medio de la semilla de Abram a la nación de Israel para heredar un territorio específico para siempre» (aunque Jacob, quien recibió el nombre de Israel, no había nacido aún). La misma nota explica que «Tanto el AT como el NT están llenos de promesas post-Sinaí acerca de Israel y la tierra que debe ser la posesión eterna de Israel», acompañadas por «una maldición sobre aquellos que persiguen a los judíos», o «cometen el pecado de anti-semitismo» [11].

     A consecuencia de esa clase de grosera propaganda, la mayor parte de los evangélicos estadounidenses considera la creación de Israel en 1948 y su victoria militar en 1967 como milagros que realizan profecías bíblicas y anuncian la segunda venida de Cristo. Jerry Falwell declaró: «En la cima misma de nuestras prioridades debe estar un firme compromiso y lealtad con el Estado de Israel», mientras que Pat Robertson dijo: «El futuro de esta nación [EE.UU.] puede estar en juego, porque Dios bendecirá a aquellos que bendicen a Israel». En cuanto a John Hagee, presidente de Christians United for Israel, él una vez declaró: «Estados Unidos debe unirse con Israel en un ataque militar preventivo contra Irán para realizar el plan de Dios tanto para Israel como para Occidente» [12].

     Los cristianos crédulos no sólo ven la mano de Dios siempre que Israel lleva adelante su auto-profetizado destino de la dominación mundial, sino que están listos a ver a los propios líderes israelíes como profetas cuando ellos anuncian sus propios crímenes de bandera falsa: Michael Evans, el autor de American Prophecies (2004), cree que Isser Harel, el fundador de los servicios secretos israelíes, tuvo una inspiración profética cuando, en 1980, predijo que terroristas islámicos golpearían las Torres Gemelas [13]. Benjamin Netanyahu también se jactó en la CNN en 2006 de haber profetizado el 11-S en 1995. Para los menos crédulos, eso dice mucho sobre el don judío de la profecía.

 

El aprendido desamparo de los cristianos

     Está más allá de duda que el cristianismo desempeñó un importante papel en la creación de Israel, y sigue desempeñando un papel principal en asegurar el apoyo estadounidense y europeo para sus empresas criminales. Esto no tiene nada que ver con la enseñanza de Jesús o el ejemplo que él puso con su vida y muerte, por supuesto. Más bien, eso se debió al Antiguo Testamento, el Caballo de Troya de Israel dentro del cristianismo. Al reconocer el status especial de los judíos como la gente del Antiguo Testamento, los cristianos les han concedido un poder simbólico extraordinario con el cual ninguna otra comunidad étnica puede competir.

     Durante dos mil años el cristianismo ha enseñado a los Gentiles a consentir la engañosa afirmación de los judíos de una elección divina: ¿no son ellos el primer y único grupo étnico al cual el dios del universo se ha dirigido personalmente, la gente a la cual él ha amado hasta el punto de exterminar a sus enemigos? No importa que los cristianos digan a los judíos que ellos han perdido la elección porque rechazaron a Cristo: el premio principal es de ellos. Aceptar la noción bíblica de «pueblo elegido», independientemente de las reservas que puedan tenerse, es aceptar la superioridad metafísica de los judíos. Si Cristo es el Mesías de Israel, entonces verdaderamente «la salvación proviene de los judíos» (Juan 4:22).

     Estamos experimentando hoy las consecuencias finales de esa sumisión, la que los pueblos de la Antigüedad nunca podrían haber imaginado ni en sus peores pesadillas. El exaltado status de los judíos y de su «historia santa» es la razón más profunda de su influencia en los asuntos del mundo. Al aceptar el triple paradigma bíblico —un dios celoso, un pueblo elegido y una tierra prometida— las Iglesias cristianas, Católica y Protestante en particular, se han hecho cómplices del proyecto imperialista de la Biblia hebrea. Por lo tanto, no habrá ninguna emancipación definitiva de Sión sin la emancipación mental y moral desde la matriz bíblica.

     Cuando un cristiano lee el Libro de Josué, se supone que él aprueba, como una cuestión de principio, el exterminio de los habitantes de las ciudades de Canaán y el robo de su tierra, ya que fue ordenado por Dios. Los redactores de la Bible de Jérusalem explican en una nota al capítulo 3: «Josué fue considerado por los Padres como una figura de su tocayo Jesús [sus nombres son idénticos en hebreo], y el paso del Jordán como una prefiguración del bautismo cristiano».

     ¿Cómo puede ser Josué una prefiguración de Jesús?. ¿Qué tiene que ver el Sermón del Monte con el fanatismo sanguinario de Josué?. ¿Cómo puede el dios de Josué ser el Padre de Cristo? Una inhabilitante disonancia cognoscitiva se ha apoderado de los pueblos cristianos, causando una incapacidad crónica de pensar con inteligencia sobre lo divino, y de ver y resistir a la violencia de Israel. También podemos comparar el mundo cristiano con un hijo al que se le ha mentido toda su vida sobre su verdadero padre, y, encima de eso, se le ha dicho que su padre era un criminal de guerra, cuando de hecho él es el hijo de un amoroso padre. Las dolencias neuróticas que las mentiras y los secretos genealógicos pueden causar a varias generaciones, aunque en gran parte misteriosas, han sido bien documentadas en los últimos cincuenta años (en particular por psico-genealogistas franceses), y creo que tales consideraciones, aplicadas a la usurpación de la identidad de nuestro Padre Divino por el psicopático Yahvé, son relevantes para la psicología de las naciones.

     Como una cuestión de principio, se supone que el cristiano aprueba la sentencia de Yahvé contra aquellos que comieron con los moabitas y tomaron mujeres de entre ellos: «Yahvé dijo entonces a Moisés: Apresa a todos los cabecillas del pueblo y empálalos de cara al Sol, ante Yahvé; de ese modo se apartará de Israel la cólera de Yahvé» (Números 25:4). Pero entonces, ¿por qué culpar a la casta sacerdotal de Jerusalén por enviar a Jesús a la tortura? ¡Explíqueme de qué forma ellos fueron infieles a la Torá! Para no mencionar, por supuesto, la contradicción inherente en culparlos por la Cruz ya que, según el Evangelio, «era menester que el Hijo del hombre padeciese mucho, y fuera reprobado de los ancianos, y de los príncipes de los sacerdotes, y de los escribas, y fuera muerto, y resucitara después de tres dias» (Marcos 8:31).

     La santificación del sangriento liderazgo de Yahvé durante el Éxodo y la conquista de Canaán ha hecho a los Gentiles incapaces de entender el fundamento histórico de la judeidad, y los ha dejado indefensos hoy ante la violencia intrínseca de ésta. Se ha creado un punto ciego en la mente de los cristianos: ellos pueden ver los efectos del malvado poder de Sión, pero no su causa, suponiendo falsamente que la corrupción moral que ellos ven en los judíos proviene del Talmud y la Kábala.

     Los cristianos no pueden siquiera ver el plan judío para la dominación mundial que está escrito con lenguaje claro, justo bajo sus narices. Si el Tanaj judío no se hubiera convertido en el Libro Santo de los cristianos, habría sido expuesto hace mucho tiempo como la prueba de las ambiciones racistas y supremacistas de Israel. Pero cuando se llega al Antiguo Testamento, se apodera de los cristianos un desorden de lectura severo: cuando el libro dice que «Israel conquistará el mundo», ellos leen: «la Iglesia convertirá al mundo».

     Si la «cuestión judía» es acerca del poder excesivo de las redes de la élite israelí dentro de las naciones, entonces la cuestión judía es también una cuestión cristiana: es sobre la vulnerabilidad inherente de las sociedades cristianas a ese poder. En lo profundo, cualquiera que haya crecido como un cristiano sabe que el «pueblo elegido» tendrá la última palabra, porque si Yahvé es Dios, su promesa es eterna, como él mismo declara, en su estilo inimitable: «Jurado he por mí mismo, la palabra ha salido de mi boca en justicia, y no será revocada» (Isaías 45:23). Uno puede hablar incluso de la «aprendida impotencia» de los cristianos ante el poder judío, ya que se les enseña en sus Escrituras que Yahvé siempre ha dirigido la despiadada matanza que ha hecho Israel de sus enemigos, y no se necesita ninguna de las notas de Scofield para saber eso. Existe también una impotencia aprendida en tener como el modelo último a un hombre crucificado por los judíos: ¿cómo puede la «imitación de Cristo» salvarnos del poder de los sumo sacerdotes de presionar y corromper a Pilatos?

     El fraude metafísico judeo-babilónico hace a Dios no sólo ridículamente antropomórfico, sino judeomórfico. Ser engañado por ello es confundir al Creador del Universo con un demonio local que truena y escupe fuego desde un volcán madianita (Éxodo cap. 19), adoptado como la deidad tutelar por una confederación de tribus semíticas nómadas que ansiaban un pedazo de la Fértil Media Luna. Aquello es interiorizar una imagen extremadamente primitiva y anti-espiritual de lo divino que obstruye el pensamiento metafísico sano: el divorcio entre filosofía (el amor a la Sabiduría) y teología (la ciencia de Dios) es una manifestación de esa disonancia cognoscitiva en el pensamiento occidental.

     En el análisis final, el celoso Yahvé, destructor de todos los panteones, es tan poco convincente con su vestimenta del Gran Dios universal, que él está predestinado a ser desechado a su vez. El ateísmo es el resultado final del monoteísmo bíblico: es el rechazo del dios bíblico, confundido con el dios verdadero. «Si Yahvé es Dios, entonces no, gracias», ha sido la simple razón fundamental para el ateísmo en la cristiandad desde la Ilustración: Voltaire, por ejemplo, desdeñó el cristianismo citando el Antiguo Testamento. Yahvé ha arruinado la fe en un Creador divino.

 

Cómo el cristianismo reforzó la alienación judía

     También hay que considerar el efecto que la santificación cristiana del Tanaj judío ha tenido en los propios judíos. Ello ha desalentado a los judíos de cuestionar sus propias escrituras y liberarse de su psicopático dios. Cualquier judío que cuestionara la inspiración divina de la Torá era no sólo condenado en su comunidad sino que no encontraba ningún refugio entre los cristianos: eso le sucedió a Baruch Spinoza y a muchos otros. Durante dos mil años los cristianos han rezado para que los judíos abran su corazón a Cristo, pero no han hecho nada para liberarlos de Yahvé.

     Los críticos de los judíos en la Antigüedad pagana tenían una lógica simple: aunque los judíos fueran considerados como un ethnos [un pueblo de una misma raza que comparte una misma cultura], era comúnmente admitido que su misantropía se debía a su religión. Aquello fue culpa de Moisés, quien les había enseñado a despreciar a los dioses y las tradiciones de otros. Hecateo de Abdera da en su Aegyptiaca (alrededor de 300 a.C.) una versión alternativa del Éxodo: para apaciguar a sus dioses durante una plaga, los egipcios expulsaron de sus tierras a las muchas tribus de migrantes (aquellos conocidos en acadiano como habirus), y algunos de ellos se instalaron en Judea bajo la conducción de su líder Moisés quien, «debido a la expulsión de ellos (…) introdujo una especie de estilo de vida misantrópico e inhospitalario» [14].

     El historiador romano Tácito cuenta una historia similar y también atribuye a Moisés la introducción de «nuevas prácticas religiosas, completamente opuestas a las de todas las otras religiones. Los judíos consideran como profano todo lo que nosotros consideramos sagrado; por otra parte, ellos permiten todo lo que aborrecemos» (Tácito, Historias V, 3-5). Plutarco informa en su tratado sobre Isis y Osiris que algunos egipcios creían que el dios de los judíos era Seth, el asesino de Osiris, desterrado por el concejo de los dioses al desierto desde donde él periódicamente regresa para traer el hambre y la discordia. Esa opinión estaba tan extendida en el mundo greco-romano que muchas personas creían que los judíos adoraban en su Templo una dorada cabeza de burro, símbolo de Seth en el bestiario divino de Egipto. Se relata que el general romano Pompeyo se sorprendió de no encontrar esa famosa cabeza de burro cuando él entró en el Santo de los Santos en 63 a.C.

     Todo era simple, entonces: los judíos no eran racialmente sino religiosamente degenerados. Pero los Padres cristianos, que creían que sólo los judíos habían adorado al dios verdadero antes de la venida de Jesucristo, tuvieron que elaborar una sofisticada explicación del comportamiento asocial de los judíos, una que es tan contradictoria que su mensaje a los judíos equivale a un «doble lazo» [término psiquiátrico que se refiere a órdenes contradictorias]: por una parte, se le dice a los judíos que su Yahvé es el dios verdadero y que su Biblia es santa, pero por otra ellos son criticados por conductas que ellos han aprendido precisamente de Yahvé en su Biblia. Ellos son acusados de conspirar para gobernar el mundo, aunque ésa sea la promesa misma que Yahvé les hizo: «Yahvé tu dios te levantará más alto que a cada otra nación en el mundo» (Deuteronomio 28:1). Ellos son culpados por su materialismo y su avaricia, pero eso ellos también lo aprendieron de Yahvé, el cual sueña sólo con el saqueo: «Sacudiré todas las naciones, y afluirán aquí los tesoros de todas las naciones» (Ageo 2:7).

     Sobre todo, ellos son reprochados por su separatismo, aunque ésa es la esencia misma del mensaje de Yahvé a ellos: «Te pondré aparte de todos estos pueblos, para que seas mío» (Levítico 20:26). Los judíos que quieren abandonar el separatismo judío merecen la muerte, según la lección de la Biblia. Los Padres de la Iglesia han repetido la queja interminable de Yahvé contra la tendencia irreprimible de su pueblo de comprometerse con los dioses de las naciones por medio de juramentos, comidas compartidas o por —abominación de abominaciones— matrimonio. ¿Pero no son esos «tercos judíos» que se rebelaron contra el yugo tiránico de los Levitas precisamente aquellos que procuraron liberarse de la alienación judía asimilándose en la civilización circundante?; ¿no estaban haciendo ellos exactamente lo que nos gustaría que hicieran hoy? La contradicción está en muchas escrituras cristianas. Juan Crisóstomo, por ejemplo, escribe en su Primera Homilía contra los Judíos (II, 3):

   «Nada es más miserable que aquella gente que nunca dejó de atacar su propia salvación. Cuando había necesidad de observar la Ley, ellos la pisotearon. Ahora que la Ley ha dejado de obligar, ellos obstinadamente se esfuerzan por observarla. ¿Qué podría ser más lastimoso que aquellos que provocan a Dios no sólo transgrediendo la Ley sino también observándola?».

     Eso equivale a decirle a los judíos: «Malditos si lo hacen, malditos si no lo hacen». Los cristianos los acusan de haberse rebelado contra Yahvé ayer, y los acusan de obedecer a Yahvé hoy, bajo el pretexto de que las órdenes de Yahvé ya no están en efecto. ¡Cuán poco convincente para los judíos!

     El anti-Yahvismo es la única crítica eficaz a Israel porque es la única crítica justa. Aquello acaba con la acusación de «anti-semitismo«, ya que apunta a la liberación de los judíos del dios sociopático que ha tomado el control del destino de ellos, el cual es, por supuesto, sólo la marioneta de los Levitas. Un manifiesto anti-Yahvista podría comenzar con esta declaración de Samuel Roth de su libro Jews Must Live:

   «Comenzando con el propio Señor Dios de Israel, fueron los sucesivos líderes de Israel los que uno tras otro congregaron y dirigieron la trágica carrera de los judíos, trágica para los judíos y no menos trágica para las naciones vecinas que los han sufrido. (…) a pesar de nuestras faltas, nunca habríamos hecho tanto daño al mundo si no hubiera sido por nuestro genio para el malvado liderazgo» [15].

     El pionero sionista Leo Pinsker escribió en su folleto Auto-Emancipation (1882) que los judíos son «el pueblo elegido para el odio universal». Ellos lo son en efecto, pero no porque los Gentiles estén universalmente afectados por una «aberración psíquica», una «variedad de demonopatía» conocida como Judeofobia, como Pinsker cree, sino más bien porque el pacto de ellos con Yahvé los ha programado para ser odiados dondequiera que ellos vayan [16].

     Es tiempo de decirle a los judíos lo que los cristianos han sido incapaces de declarar: Ustedes nunca fueron elegidos por Dios. Ustedes sólo han sido engañados por sus Levitas para que consideren a su rencoroso dios tribal como el Padre universal que está en el Cielo. Este cortocircuito cognoscitivo ha causado en vuestra psique colectiva un grave desorden de personalidad narcisista. Para nuestra propia desgracia, nosotros los Gentiles hemos sido engañados por vuestro auto-engaño y hemos caído, también, bajo el lazo psicopático de vuestros líderes. Pero estamos despertando ahora, y tan pronto como recuperemos nuestros sentidos y nuestra dignidad, los ayudaremos a salir de ello también.

 

El cristianismo como oposición controlada

     «Dentro de cada cristiano hay un judío», declaró el Papa Francisco [La Vanguardia, 13 de Junio de 2014]. Ésa es la más simple y más profunda verdad sobre el cristianismo. La mayor parte de los cristianos no son conscientes de ese judío dentro de sí mismos, y sin embargo él controla una gran parte de la cosmovisión de ellos. Meditar en esa verdad puede ser una experiencia abridora de la mente, que irradia una multiplicidad de preguntas. ¿Deberíamos nosotros usar el concepto de Sigmund Freud de la «proyección» y decir que la mayoría de los cristianos que odian a los judíos odian al judío que está dentro de ellos mismos?; ¿o ese judío es un judío que se auto-odia, como cada judío, según Theodor Lessing (Jewish Self-Hatred, Berlín, 1930)? Quizás dentro de cada cristiano hay dos judíos, uno odiando al otro, Moisés y Jesús. De cualquier lado que queramos mirarlo, el hecho es que los cristianos son, según la definición del Nuevo Testamento, los herederos espirituales de la promesa de Yahvé a Israel. Ellos son nuevas ramas injertadas en el tronco de Israel, según la metáfora de Pablo (Romanos 11:16-24).

     Lo que todavía tiene que ser explicado es cómo Pablo y sus seguidores tuvieron éxito en convencer a decenas de miles de Gentiles para que se convirtieran en un nuevo Israel sintético, en un tiempo en que el nombre mismo de Israel era odiado alrededor de todo el Mar Mediterráneo. ¿Cómo es que la religión cristiana, que convertiría al Imperio romano a la adoración de un Mesías judío, nació en la época en que la ola más grande de judeofobia se estaba extendiendo a través del Imperio? Para contestar esta pregunta, examinemos el contexto. Al empezar el milenio, durante el próspero reinado de Augusto, los judíos habían ganado ventajosas situaciones en muchas partes del Imperio. Ellos disfrutaban de la libertad de culto y autonomía judicial, y estaban eximidos de la formalidad civil de adorar al Emperador, de todas las obligaciones durante el Sabbath, y del servicio militar. Además, se les permitía recolectar fondos y enviarlos a la burocracia del Templo de Jerusalén [17].

     Cuando los judíos abusaron de sus privilegios y confabularon para aumentarlos, el resentimiento Gentil creció y se produjeron disturbios anti-judíos. En el año 38 d.C. los griegos de Alejandría enviaron una delegación a Roma, cuyo líder Isidoros se quejó de que los judíos «tratan de perturbar el mundo entero» [18]. El Emperador publicó un edicto declarando que si los judíos seguían sembrando el desacuerdo y «agitando a favor de más privilegios que los que ellos antes poseían, (…) por todos los medios tomaré venganza en ellos como fomentadores de lo que es una plaga general que infecta al mundo entero». Ese edicto fue seguido de otro dirigido a todas las comunidades judías del Imperio, pidiéndoles no «comportarse con desprecio hacia los dioses de otros pueblos» [19].

     Las tensiones eran altas en Jerusalén, donde la pro-romana dinastía Herodiana se tambaleaba. Fue en ese tiempo que una conspiración de fariseos y saduceos denunció a Jesús ante los romanos como un sedicioso aspirante a rey de los judíos, calculando, según el Cuarto Evangelio, que «es mejor [para los judíos] que muera un solo hombre por el pueblo y no que perezca toda la nación» (Juan 11:50). Flavio Josefo menciona varias rebeliones judías en el mismo período, incluyendo una durante la pascua de los judíos del año 48 ó 49 d.C., después de que un soldado romano asignado a la entrada del Templo cometió lo irreparable: «levantando su traje, él se inclinó en una actitud indecente, para enseñar su trasero a los judíos, e hizo un ruido de conformidad con esa postura» [20].

   El año 66 estalló la guerra judía, cuando los saduceos desafiaron al poder romano al prohibir en el Templo los sacrificios diarios ofrecidos en nombre y a costa del Emperador. Después de la destrucción del Templo por el general y futuro Emperador Tito el año 70, los rescoldos del mesianismo judío duraron más de 70 años, y encendieron Palestina por última vez con la rebelión de Simón bar-Kochba, la que provocó en venganza la destrucción completa de Jerusalén, su conversión en una ciudad romana rebautizada como Aelia Capitolina, y la prohibición de judíos en ella. Para entonces, la enemistad contra los judíos había alcanzado un punto culminante en todas partes del Imperio.

     Ése es precisamente el tiempo cuando los misioneros cristianos difundieron el culto de Cristo en todos los principales centros urbanos del Imperio, comenzando con aquellos habitados por grandes comunidades judías, como Antioquía, Éfeso y Alejandría. Una explicación razonable para aquella sincronía es que el cristianismo, en su versión paulina, es una religión fundamentalmente judeofóbica que navegó sobre la más grande ola de judeofobia. Como el culto de un semidiós víctima de los judíos, el cristianismo satisfacía la percepción general que se tenía de los judíos como una «raza odiada por los dioses» (Tácito, Historias V.3). Pero aquella explicación no da cuenta del hecho de que la religión judeofóbica triunfante no era una religión pagana sino el culto fundamentalmente judío de un Mesías judío que supuestamente cumplía profecías judías. Lo que tenemos aquí es un extraño caso de dialéctica hegeliana, en el cual la «antítesis» es controlada por la «tesis» y absorbida en ella.

     Por medio del cristianismo, la judeofobia romana se judaizó. La narrativa del Evangelio hace de los judíos los complotadores contra el Hijo de Dios, pero ese Hijo de Dios es un judío, y pronto la «Madre de Dios» —como fueron llamadas Isis, Ishtar o Artemis— sería convertida en una judía también. Más importante aún, los cristianos judeofóbicos adoptarán el Tanaj y el extraño paradigma judío del «dios celoso» con su «pueblo elegido». Desde ese punto de vista, es como si Cristo clavado en la Cruz hubiera sido usado como un carnada para atraer a Gentiles anti-judíos, por medio de la lienza del Antiguo Testamento, hacia la adoración de la judeidad.

     Ese proceso calza con el concepto de una judía oposición controlada conceptualizada por Gilad Atzmon en su libro Being in Time. Siempre que el poder judío se ve amenazado por el resentimiento de los Gentiles contra ello, produce un «disenso judío satélite» diseñado para agitar y controlar la oposición Gentil. Ese desacuerdo judío monopoliza la protesta y mantiene en línea a los disidentes no-judíos. Según una parábola propuesta por Atzmon, el objetivo es asegurarse de que cualquier problema judío sufrido por los Gentiles sea tratado por médicos judíos, cuyo interés fundamental es que el problema no sea resuelto. Al afirmar tener la solución al problema, los judíos disidentes engañan a los Gentiles acerca de la naturaleza del problema, y al final terminan por agravar el problema.

     Como Atzmon lo ve, dicho proceso no necesariamente resulta de un acuerdo secreto entre el poder judío y el desacuerdo judío. Los intelectuales judíos de oposición «no necesariamente nos están engañando conscientemente; en efecto, ellos bien pueden estar haciendo todo lo posible, dentro del contexto de una mentalidad tribal limitada. La verdad es que ellos no pueden pensar fuera de sus marcos, y no pueden subir por las paredes del ghetto que encierran a sus propios seres tribales» [21].

     Podemos ver esa mentalidad tribal como un instinto colectivo de conservación que es parte de la esencia de la judeidad. Las peleas ideológicas entre judíos son sinceras, pero siguen siendo peleas entre judíos, quienes tácitamente consienten en hablar más alto que los Gentiles y excluír de la discusión cualquier crítica radical de la judeidad.

     A la luz del análisis de Atzmon, es concebible que la función primaria del cristianismo fuera absorber la judeofobia greco-romana en un movimiento que al final reforzaría el status simbólico de los judíos, difundiendo el mito propagandístico del «pueblo elegido» fabricado cinco siglos antes. Esdrás había convencido a los persas de que los judíos adoraban al dios del Cielo al igual que ellos; la Iglesia continuó convenciendo a los romanos de que, antes de Jesús, los judíos habían sido el único pueblo que adoraba al dios verdadero y habían sido amados por él. Tal credo de parte de los Gentiles vale por mil declaraciones de Balfour, en la marcha hacia la dominación mundial por vía del engaño. En la narrativa cristiana que dice que «Dios eligió a la gente judía, pero luego la rechazó», el beneficio de la primera parte es mucho más alto que el costo de la segunda, la que difícilmente tiene sentido de todos modos.

     Si el rabino italiano Elijah Benamozegh tiene razón al decir que «La constitución de una religión universal es el objetivo último del judaísmo», entonces el cristianismo es un gran paso hacia aquel futuro glorioso: «En el Cielo, un dios de todos los hombres, y en la tierra una sola familia de pueblos, entre los cuales Israel es el mayor, responsable de la función sacerdotal de la enseñanza y de la administración de la religión verdadera de la Humanidad» [22]. El cristianismo ha preparado el camino para la siguiente etapa: el culto del judío crucificado está siendo reemplazado ahora por el culto de los judíos exterminados.

 

¿Cristianismo sin el Antiguo Testamento?

     En el segundo siglo de nuestra Era, Marción de Sinope había afirmado la incompatibilidad existente entre la Biblia hebrea y el Evangelio: Yahvé no puede ser el Padre de Cristo, dijo él, porque todo los pone en oposición. Los pactos de Moisés y de Cristo son tan contrarios en sus términos que ellos deben haber sido sellados con deidades totalmente ajenas unas a otras. Según el especialista alemán Adolf von Harnack, fue Marción quien fundó la primera iglesia estructurada y estableció el primer canon cristiano, al cual él primero dio el nombre de Evangelion. A principios del siglo III su doctrina «ha invadido la tierra entera», se quejó Tertuliano, el cual era de la ciudad semítica de Cartago, como lo era Agustín y otros Padres latinos que enfatizaron las raíces judías del cristianismo [23]. Si hubiera prevalecido el Marcionismo, el cristianismo habría roto con el judaísmo, el cual podría haberse marchitado en unos pocos siglos [24], y el Islam nunca habría aparecido. Por otra parte, quizás el propio cristianismo no habría prevalecido, y sería recordado hoy como sólo otra pasajera religión oriental enfocada en el otro mundo, junto con su prima maniquea.

     ¿Podemos, de todos modos, realmente separar el Nuevo Testamento del Antiguo? Se nos dice que el canon de Marción consistía en las cartas de Pablo y una versión corta del evangelio según Lucas, pero es difícil imaginar como él podría haber depurado completamente dicho evangelio de sus 68 referencias y alusiones al Antiguo Testamento. Es verdad que los Evangelios originales contenían menos partes del Antiguo Testamento que hoy: por ejemplo, el único pasaje apocalíptico de Marcos (en el capítulo 13), una condensación de imágenes apocalípticas de los libros de Daniel, Isaías y Ezequiel, fue una adición secundaria. Muchos eruditos incluso consideran todas las profecías apocalípticas de Jesús en Mateo y Lucas como ajenas al mensaje original de Jesús, y algunos consideran el grueso del Libro del Apocalipsis (de 4:1 a 22:15), que no se refiere ni a Jesús ni a ningún tema cristiano identificable, como un libro judío enmarcado entre un prólogo y un epílogo cristianos [25].

   La historia alternativa es divertida, pero completamente sin sentido. El cristianismo vino a nosotros con el Antiguo Testamento y un fuertemente judaizado Nuevo Testamento. La fruta vino con el gusano, cuyo nombre es Yahvé. La pregunta es: ¿qué podemos esperar del cristianismo hoy? Desde el punto de vista que he adoptado aquí, parece que el cristianismo no puede ser la solución al problema que ha creado. No obstante, como muchos lectores, me alegro del renacimiento de la Iglesia rusa y de su papel en la adopción de una sana moralidad pública y en la revivificación de la dignidad nacional. De hecho, puedo incluso imaginar que la Iglesia Católica podría resucitar de sus cenizas si sólo humildemente volviera a su madre Ortodoxa contra la cual ha confabulado para destruírla a lo largo de la Edad Media.

     El cristianismo Ortodoxo es el más cercano al original, y con mucho el menos judaizado. Perseguido durante 70 años de comunismo, ciertamente no está muy infiltrado por cripto-judíos, en este momento. Pero ¿puede él vencer el problema inherente que he destacado aquí?; ¿puede él alguna vez cuestionar la afirmación megalómana y narcisista de los judíos de su excepcionalidad metafísica? Un enfoque radicalmente crítico del Antiguo Testamento es, creo, un componente indispensable de la emancipación mental de los Gentiles y de la recuperación de su mecanismo de defensa natural contra la matriz Yahvé-Sión. A los teólogos debería, por lo menos, permitírseles decir que Yahvé es una imagen judeomórfica de Dios groseramente distorsionada. El Islam tiene una ventaja aquí, ya que los musulmanes siempre han admitido que el Tanaj judío es fraudulento. No es que yo vea al Islam como una solución, lejos de ello, pero un consenso entre musulmanes y cristianos Ortodoxos acerca de la naturaleza problemática de las Escrituras hebreas podría ser un primer paso hacia la emancipación.

     Es importante también no sobreestimar la influencia de estas cuestiones en la piedad popular. La fe cristiana promedio no quedaría muy perturbada si el Antiguo Testamento dejara de ser leído en la Iglesia, o incluso si fuera abiertamente criticado. Es también importante no confundir Cristiandad con Cristianismo: la iglesia de Notre-Dame no fue construída por obispos, sacerdotes o santos, sino por el pueblo de París. Lo mismo puede ser dicho de cada catedral o iglesia de pueblo. Johann Sebastian Bach no era un sacerdote (y ciertamente nunca compuso bajo la inspiración del Antiguo Testamento), ni tampoco lo fue ninguno de los grandes genios que construyeron nuestra civilización.

     Finalmente, me he enfocado aquí en un aspecto problemático del cristianismo, pero otros puntos de vista son posibles. He desarrollado la antítesis de la tesis común de que el cristianismo es anti-judío, pero hay verdad también en la tesis. El cristianismo ciertamente no es completamente judío: es también profundamente pagano. La leyenda de Jesús es un mito heroico griego. Los cultos de la Virgen María y de los santos son tradiciones paganas superficialmente cristianizadas, sin raíces ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento. Reconocer, aceptar y celebrar aquellas raíces paganas podría ser una tendencia bienvenida dentro del cristianismo, como un contrapeso a la carga del Antiguo Testamento.

     Pero sé lo que usted está pensando: ¿A quién le importa lo que un marcionita tiene que decir?

Laurent Guyénot,  Mayo de 2019

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Traduccion al espanol: editorial-streicher.blogspot.com

Traduccion al ingles: unz.com

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REFERENCIAS

[1] Adrien Bressolles, «La Question Juive au Temps de Louis le Pieux», en Revue d’Histoire de l’Église de France, t. 28, Nº 113, 1942, pp. 51-64, en https://www.persee.fr/docAsPDF/rhef_0300-9505_1942_num_28_113_2930.pdf

[2] Heinrich Graetz, History of the Jews, 1891, vol. III, cap. VI, p. 162.

[3] John Romanides, Franks, Romans, Feudalism, and Doctrine: An Interplay between Theology and Society, 1981, en www.romanity.org/htm/rom.03.en.franks_romans_feudalism_and_doctrine.01.htm

[4] Véase de Gunnar Heinsohn, «The Restauration of Ancient History», en http://www.ifiseeu.com/Chronology/ancient-history-resr.htm  y de John Crowe, «The Revision of Ancient History – A Perspective», en www.sis-group.org.uk/ancient.htm

[5] Robert A. Markys, The Jesuit Order as a Synagogue of Jews: Jesuits of Jewish Ancestry and Purity-of-Blood Laws in the Early Society of Jesus, 2009. Descarga en PDF en http://www.oapen.org/search?identifier=627427

[6] Lucien Wolf, Report on the «Marranos» or Crypto-Jews of Portugal, 1926.

[7] Vincent Schmid, «Calvin et les Juifs: Prémices du Dialogue Judéo-Chrétien chez Jean Calvin», 2008, en https://studylibfr.com/doc/4699029/t%C3%A9l%C3%A9charger-le-pdf—fondation-racines-et-sources

[8] Cecil Roth, A History of the Jews in England (1941), 1964, p. 148.

[9] Isaac Disraeli, Commentaries on the Life and Reign of Charles the First, King of England, 2 vols., 1851, en https://archive.org/details/commentariesonl06disrgoog/page/n8

[10] Hilaire Belloc, The Jews, 1922, p. 223. En https://archive.org/details/jewsbello00belluoft/page/iii

[11] Joseph Canfield, The Incredible Scofield and His Book, 2004, pp. 219–220.

[12] Jill Duchess of Hamilton, God, Guns and Israel: Britain, The First World War and the Jews in the Holy City, 2009..

[13] Michael Evans, The American Prophecies, Terrorism and Mid-East Conflict Reveal a Nation’s Destiny, 2005, citado en Christopher Bollyn, Solving 9-11: The Deception that Changed the World, 2012, p. 71.

[14] Peter Schäfer, Judéophobie: Attitudes à l’égard des Juifs dans le Monde Antique, 2003, pp. 13-15.

[15] Samuel Roth, Jews Must Live: An Account of the Persecution of the World by Israel on All the Frontiers of Civilization, 1934, en https://ia801601.us.archive.org/12/items/JewsMustLiveAnAccountOfThePersecutionOfTheWorldByIsraelOnAllThe/JML2_text.pdf

[16] Leon Pinsker, Auto-Emancipation: An Appeal to His People by a Russian Jew (1882), en www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/Zionism/pinsker.html

[17] Michael Grant, Jews in the Roman World, 2011, pp. 58–61.

[18] Joseph Mélèze Modrzejewski, The Jews of Egypt, from Rameses II to Emperor Hadrian, Princeton University Press, 1995, p. 178.

[19] Citado en Michael Grant, Jews in the Roman World, op. cit., pp. 134–135.

[20] Flavio Josefo, Guerras de los Judíos, II, 224.

[21] Gilad Atzmon, Being in Time: A Post-Political Manifesto, 2017, p. 208.

[22] Élie Benamozegh, Israël et l’Humanité (1914), 1980, pp. 28–29.

[23] Adolf von Harnack, Marcion, l’Évangile du Dieu Étranger. Contribution à l’Histoire de la Fondation de l’Église Catholique, 2005 (traducción de la 2ª edición alemana de 1924).

[24] Si seguimos la lógica de Peter Schäfer, The Jewish Jesus: How Judaism and Christianity Shaped Each Other, Universidad de Princeton, 2012.

[25] Véase, por ejemplo, James Charlesworth, Jesus within Judaism, 1989.

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