“Feminizar a los hombres a la fuerza los acerca al fascismo” – por Jordan B. Peterson

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Encuentro con el psicólogo canadiense, autor de ’12 reglas para vivir’, el libro más polémico del año. “Si quieres que los hombres se vuelvan peligrosos, antes hazles sentir débiles”, asegura.

 

Es sintomático de nuestra era que el libro más polémico del momento sea un manual de autoayuda. Doce reglas para vivir, de Jordan B. Peterson (Edmonton, Canadá, 1962) desata un ciclón de polémica por donde pasa. Y eso que sus 510 páginas se dividen en capítulos de títulos tan paulocoelhianos como «Si encuentras un gato, acarícialo».

Pero, claro, la cosa esconde más enjundia. Bajo el disfraz de manual de psicología se esconde un ensayo-bomba contra la corrección política y la cultura de la queja que ya ha vendido 2,5 millones de copias y traducciones a medio centenar de idiomas por llegar. Las 12 reglas de Peterson, apuntaladas con estudios científicos, citas eruditas y retazos de memorias personales, suponen una enmienda a la totalidad al posmodernismo cumbayá que domina la universidad.

«Estamos cosechando los frutos de subsidiar durante 40 años la extraña alianza del posmodernismo con el marxismo residual en los campus», se lamenta en el reservado de un lujoso hotel madrileño. «La lucha de clases entre burguesía y proletariado ha tomado otra forma: la de la victimización de infinitos grupos, ya sea por su raza, su género o su orientación sexual».

Y ahí no se quedan sus críticas contra sus colegas de la universidad, con quienes intimó en sus años como profesor de Harvard. «Al contrario que ellos, no tengo reparos en dirigirme a gente que necesita libros de autoayuda», dice, con una media sonrisa, este obsesivo lector de George Orwell y Aleksandr Solzhenitsyn. «Aunque a la industria editorial le parezca una idea provocativa, no veo problema en escribir un manual de autoayuda profundo y sesudo».

Es difícil encontrar opiniones templadas sobre el psicólogo canadiense. Más allá de sus millones de seguidores en las redes, especialmente hombres millennial, ha recibido el respaldo de autores tan diversos como Camille Paglia, David Brooks o Tyler Cowen -¡y hasta el rapero Kanye West!- que le consideran «el intelectual más influyente del mundo occidental de hoy».

Mientras tanto, en la universidad abundan sus detractores, que le tachan como el «intelectual favorito de los hombres tontos». Por traducirlo a la cultura ibérica, creen que sus reglas son una versión sofisticada de la célebre diatriba de El Fary contra el «hombre blandengue».

Hasta 2016, era un académico más: respetado pero anónimo. Fue entonces cuando el Gobierno de Justin Trudeau -«el típico especimen políticamente correcto»- aprobó una ley que defendía el derecho de los transexuales a elegir el pronombre que quisieran. El psicólogo lo interpretó como una afrenta a la libertad de expresión y subió un vídeo a YouTube que se viralizó de golpe. Dos años después, cuenta con 1,5 millones de suscriptores en su canal. La mayoría son jóvenes que devoran sus conferencias de más de dos horas sobre las temáticas más diversas. Sólo en donaciones de sus fans, Peterson recauda unos 80.000 dólares al mes.

Ése es, precisamente, el grupo social en el que más triunfa Peterson: los jóvenes entre 20 y 35 años. En él han encontrado a un gurú que habla su idioma y les guía en tiempos inciertos:

«La mayoría de psicólogos se centran en conceptos como la realización personal, la autoestima o la felicidad duradera, que no me interesan porque, en mi opinión, no existen».

En su lugar, Peterson ofrece un discurso que se remonta al estoicismo de los EEUU de la posguerra.

«Mi tesis es muy sencilla: tu vida va a ser difícil, en ocasiones insoportablemente difícil, y tarde o temprano vas a tener que enfrentarte a la maldad, sea propia o ajena», dice. «Para sobrevivir sin volverte un amargado ni un resentido, necesitas algo que merezca la pena. Y ese algo es la responsabilidad».

Peterson no duda en señalar a la principal culpable del «desconcierto» que, según él, viven los jóvenes de hoy:

«La insistencia continua de la extrema izquierda en asegurar que vivimos en una tiranía patriarcal. Cuando un hombre intenta competir, ganar, hacer algo, se le dice que sólo busca apropiarse de un poder injusto obtenido a través del patriarcado. Muchos se sienten culpables y buscan consuelo en el placer inmediato e impulsivo».

Peterson también recurre al determinismo biológico para explicar el dominio masculino de las cúpulas. Según él, los hombres tienen «más ansia» por alcanzar una posición más elevada en la jerarquía:

«Para las mujeres, el estatus es atractivo sexualmente, pero para los hombres no. A ellos les intimidan las mujeres más bellas, ricas y poderosas que ellos. Las mujeres, en cambio, tienden a buscar hombres de igual o mayor estatus que ellas».

La siguiente pregunta se hace sola: si cree que las cualidades son similares, ¿qué opina de las cuotas como las de Pedro Sánchez o Justin Trudeau en Canadá?

«Elegir ministros basándote en sus genitales es una irresponsabilidad. Sólo es tomar el camino más fácil para parecer igualitario, tolerante e ilustrado».

Sin cuotas, el mercado tampoco parece autorregularse. No se inmuta cuando escucha que sólo tres empresas del Ibex 35 tienen consejeras ejecutivas. O, ya puestos, que la cúpula de este diario es prácticamente masculina. Peterson carraspea antes de proponer su teoría:

«Lo primero es que casi ningún hombre ocupa esos puestos: son una minoría muy reducida. Además, para ser alto ejecutivo, tienes que ser muy inteligente, digamos que entre el 5% superior: es decir, uno de cada 20. También tienes que ser del 5% más concienzudo: ya vamos por uno entre 400. Luego tienes que trabajar 80 horas a la semana, sin vacaciones, para que nadie te quite el puesto… En realidad, lo sorprendente es que alguien quiera ocupar esos puestos».

Tras casi una hora de charla, Peterson pide un descanso. Pero no se despide sin abordar una de las tesis más polémicas de su libro, que la oleada populista, incluido el fenómeno Trump, tiene sus raíces en el feminismo: «Si se fuerza a los hombres a feminizarse, cada vez se acercarán más a ideologías hostiles y fascistas». Y añade:

«Si quieres que los hombres se vuelvan peligrosos, antes hazles sentir débiles. En el cole de mi hijo, no es que no le dejen tirar bolas de nieve: ¡ni siquiera le dejan tocarla! O esa tontería de jugar al fútbol sin marcador… Si no integras la agresividad masculina mediante el juego, la agresividad no desaparece: simplemente, te acaba estallando en la cara».

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