De cómo la política de identidad divide a la izquierda y le ha hecho olvidar su propósito colectivo

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El fenómeno de la política de identidad que se extiende por todo el mundo occidental es una estrategia de dividir y conquistar que impide el surgimiento de una resistencia genuina hacia las élites.

Uno de los principios básicos del socialismo es la idea de una solidaridad supranacional global que una a la clase obrera internacional y anule cualquier factor que pueda dividirla, como la nación, la raza o el género. Los trabajadores de todas las naciones son socios, con igual valor y responsabilidad, en una lucha contra aquellos que se benefician de sus cerebros y sus músculos.

El capitalismo, especialmente en su forma más evolucionada, explotadora y despiadada (el imperialismo) ha perjudicado a ciertos grupos de personas más que a otros. Los imperios coloniales tendían a reservar su mayor brutalidad para los pueblos subyugados mientras que a la clase obrera de estas naciones imperialistas le iba mejor en comparación, por estar más cerca de las migajas que caían de la mesa del imperio. La lucha de clases internacional tiene como objetivo liberar a todos los pueblos de todo el mundo de la opresión capitalista, independientemente de su grado de opresión pasado o presente. La consigna «un perjuicio contra uno es un perjuicio contra todos» resume esta mentalidad y entra en conflicto con la idea de dar prioridad a los intereses de una facción de la clase obrera por encima de todo el colectivo.

Desde finales del siglo XX, se ha consolidado una tendencia de inspiración liberal en la izquierda (al menos en Occidente) que fomenta el abandono de una identidad única basada en la clase a favor de identidades múltiples basadas en el género, la sexualidad, la raza o cualquier otro factor de división. Cada subgrupo, cada vez más alejado de los demás, se centra en la identidad compartida y las experiencias únicas de sus miembros y da prioridad a su propio empoderamiento. Cualquiera fuera de este subgrupo es degradado al rango de aliado, en el mejor de los casos.

Al momento de escribir este artículo, aparentemente hay más de 70 opciones de género diferentes en Occidente, sin mencionar las numerosas sexualidades (hasta ahora, el acrónimo tradicional LGBT ha crecido hasta convertirse en LGBTQQIP2SAA). Agregar la raza a la mezcla resulta en un número aún mayor de posibles permutaciones o identidades. Cada subgrupo tiene su propia ideología. Se invierte un tiempo precioso luchando contra los que se consideran menos oprimidos y diciéndoles que «examinen sus privilegios» conforme se desarrolla el orden jerárquico siempre cambiante de las «Olimpíadas de la Opresión». Las reglas de este deporte son tan fluidas como las identidades que participan en él. Uno de los últimos dilemas que afectan al movimiento de las políticas de identidad es la cuestión de si los hombres en transición hacia el sexo femenino merecen reconocimiento y aceptación o «si las mujeres trans no son mujeres y aparentemente están «violando» a lesbianas».

La ideología de la política de identidad afirma que el hombre blanco heterosexual está en el vértice de la pirámide de privilegios y es responsable de la opresión de todos los demás grupos. Su pecado original lo condena a la vergüenza eterna. Si bien es cierto que los hombres blancos heterosexuales (como grupo) han enfrentado menos obstáculos que las mujeres, los hombres no heterosexuales o las minorías étnicas, la mayoría de los hombres blancos heterosexuales, en el pasado y en el presente, también luchan por sobrevivir de un sueldo a otro y no están personalmente involucrados en la opresión de ningún otro grupo. Si bien la mayoría de las personas más ricas del mundo son hombres caucásicos, existen millones de hombres blancos que son pobres e impotentes. La idea de la »blancura» es en sí misma un concepto ambiguo que implica la elaboración de perfiles raciales. Por ejemplo, los irlandeses, los eslavos y los judíos asquenazis pueden verse blancos pero han sufrido más que su cuota justa de hambrunas, ocupaciones y genocidios a lo largo de los siglos. La idea de vincular el privilegio de un individuo a su apariencia es en sí misma una forma de racismo ideado por «intelectuales» liberales (algunos dirían privilegiados) de mentalidad confusa que serían superfluos en cualquier sociedad socialista.

¿Acaso la minoría étnica lesbiana de clase media que vive en Europa Occidental está más oprimida que la siria de aspecto blanquecino que vive bajo la ocupación de ISIS? ¿Realmente el hombre blanco británico de la clase obrera es más privilegiado que una mujer de clase media de la misma sociedad? Los estereotipos basados en la raza, el género o cualquier otro factor sólo conducen a la alienación y la animosidad. ¿Cómo puede haber unidad en la izquierda si sólo somos leales a nosotros mismos y a los más parecidos a nosotros? Algunos hombres ‘blancos’ que sienten que la izquierda no tiene nada que ofrecerles han decidido participar en el juego de la política de identidad en busca de la salvación y se han inclinado hacia el apoyo a Trump (un multimillonario con el que no tienen nada en común) o a los movimientos de extrema derecha, lo que resulta en una mayor alienación, animosidad e impotencia que a su vez sólo fortalece la posición del 1% superior. La gente de todo el mundo está más dividida por su clase que por cualquier otro factor.

Es mucho más fácil «luchar» contra un grupo igual o ligeramente menos oprimido que tomarse el tiempo y el esfuerzo de unirse con ellos contra el enemigo común: el capitalismo. Luchar contra la opresión a través de la política de identidad es, en el mejor de los casos, una forma perezosa, perversa y fetichista de la lucha de clases dirigida por activistas, en su mayoría liberales, de clase media y con educación terciaria, que entienden poco de la teoría política de izquierdas. En el peor de los casos, es otra herramienta utilizada por el 1% superior para dividir el otro 99% en 99 o 999 grupos diferentes que compitan entre sí y que estén demasiado ocupados luchando por su propio pequeño sector como para desafiar el statu quo. Es irónico que uno de los principales donantes al movimiento de falsa izquierda de la política de identidad sea el privilegiado hombre blanco cisgénero multimillonario George Soros, cuyas ONG ayudaron a orquestar las protestas de las eurodiputadas en Ucrania que dieron paso al surgimiento de movimientos de extrema derecha y neonazis: el tipo de personas que creen en la superioridad racial y no ven con buenos ojos la diversidad.

Existe una idea errónea cuidadosamente elaborada de que la política de identidad deriva del pensamiento marxista y la frase sin sentido del »marxismo cultural» (que tiene más que ver con la cultura liberal que con el marxismo) se utiliza para vender esta línea de pensamiento. La política de identidad no sólo no tiene nada en común con el marxismo, el socialismo o cualquier otra corriente del pensamiento tradicional de izquierda, sino que es un anatema para el concepto mismo.

Tomasz Pierscionek, 2 agosto 2018

Fuente RT

Traducido por SOTT

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