Lo que la política de género esconde (1ª parte) – por Xavier Bartlett

Introducción

women's_marchHace ya algunos años empecé a oír críticas y recelos ante las políticas de apertura y de normalización hacia la homosexualidad y otras sexualidades alternativas. Debo confesar que tal reacción hostil me pareció exagerada o retrógrada hasta cierto punto, porque realmente no me había hecho una idea de lo que iba a venir después. El caso es que –más allá de las conocidas opiniones de las altas esferas religiosas– algunos investigadores y periodistas[1] ya empezaron a atar cabos y a poner el grito en el cielo, desvelando las oscuras maniobras que se escondían detrás de la normalización de la nueva sexualidad. Aun así, me siguió pareciendo que mucha gente estaba viendo fantasmas donde no los había. Pero finalmente, la propia realidad imperante en los últimos años –y más claramente en la actualidad– ha desbordado todo mi escepticismo y buena fe y ha acabado por confirmar que algo muy gordo se venía tramando desde hace unas pocas décadas.

Y justamente eso que se había sembrado y regado con mucha paciencia, ha acabado emergiendo con fuerza en nuestros días. De hecho, ya se está instaurando a marchas forzadas en todo el mundo y se denomina política de género (que incluye la llamada violencia de género). Así, los poderes políticos de todos los países tienen el encargo de aplicarla sí o sí sobre la población mediante legislaciones, acciones propagandísticas y sobre todo mucha ingeniería social. Para ello, los gobiernos cuentan con la inestimable ayuda del mundo económico y social, y con una amplia difusión en Internet, los medios de comunicación públicos y privados y las redes sociales. Y, para sorpresa de algunos, hasta los partidos más derechistas, conservadores, católicos, etc. (sólo hay que ver el caso de España) se han vuelto férreos defensores e impulsores de tal política. ¿Qué ha pasado aquí? Pues claro, tales partidos no mandan nada. El poder sobre los seres humanos viene de mucho más arriba.

En el presente artículo –que dividiré en dos partes, pues el tema es muy extenso– trataré de desmenuzar las principales claves de este fenómeno, sus orígenes, sus formas de actuación y sus oscuros propósitos que nada tienen que ver con la “libertad” ni con la “igualdad” sino con otros asuntos mucho más siniestros e inconfesables. Como siempre, nada es lo que parece, y detrás de una pantalla social de buenas intenciones y de justicia, se esconde una intención nada favorable para la especie humana, como podremos comprobar.

De la clandestinidad a la oficialidad

Cerámica ática
Escena entre adulto y efebo (Cerámica ática, s. IV a. C.)

No es ninguna novedad afirmar que a lo largo de los siglos han existido las prácticas homosexuales relacionadas con una minoría de la población y que según las culturas y las épocas han estado más o menos toleradas, ignoradas o aceptadas abiertamente, como fue el caso de la Grecia clásica o de la Roma pagana, sobre todo entre las clases dominantes. Sin embargo, desde la Edad Media, y sobre todo en el ámbito de las tres grandes religiones monoteístas –judaísmo, cristianismo e Islam– la homosexualidad no sólo fue mal vista sino que fue duramente reprimida (con torturas y penas de muerte incluidas), lo que obligó a una forzada clandestinidad de los homosexuales para evitar el rechazo social, la criminalización y la persecución legal hasta bien entrado el siglo XX. Aún así, insisto, entre los estamentos más favorecidos, las conductas sexuales no habituales fueron moneda corriente y se practicaban con más o menos discreción. Aquí podríamos citar bastantes nombres de mandatarios, aristócratas, políticos, religiosos, potentados, científicos, hombres de letras, artistas, etc.

Pero para buscar el origen de la política de género hemos de retroceder más o menos a las mismas fechas en que se estaba construyendo el discurso ecologista (véase el artículo que escribí al respecto) a escala internacional. Nos hemos de situar pues a finales de los 60 e inicios de los 70, con el auge del movimiento contracultural hippie[2] y una cierta explosión de libertad y de reclamación de derechos civiles. En efecto, en esos momentos se generalizó un gran espíritu de libertad sexual, asociado a otros fenómenos como la difusión de la música pop y el consumo de drogas, que fue inmortalizado a través del famoso slogan “sex, drugs and rock & roll”. De hecho, muchas estrellas de ese mundillo empezaron a mostrar actitudes homosexuales o andróginas para reivindicar esos aires de libertad.

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El líder político gay Harvey Milk

Fue en este contexto cuando nació el movimiento gay organizado, en particular después de un altercado en un local gay de Nueva York en el que la policía practicó una redada[3]. Más adelante aparecerían las primeras asociaciones y activistas gay (sobre todo en la costa oeste de los EE UU), con una creciente visibilidad en la esfera pública hasta culminar con la llegada de políticos gay a puestos de alta responsabilidad, como el famoso caso del norteamericano Harvey Milk en 1977. Lo que vino después en el mundo occidental es bastante conocido: la despenalización de la homosexualidad, la salida del armario de gran cantidad de personajes públicos, los estudios que justificaban la homosexualidad (y eliminaban el factor de enfermedad o trastorno)[4], la consideración de que los homosexuales eran un colectivo oprimido que debía ser reivindicado y compensado, la institución del matrimonio gay, etc. hasta llegar a la expansión en todo el planeta de la política de género en los últimos 20 años.

Paralelamente, y no por casualidad desde luego, otro movimiento reivindicativo nació y creció exponencialmente en esa época: el feminismo. No era del todo un fenómeno nuevo, pues ya existían precedentes en la lucha social y política de las mujeres por mejorar su posición y para igualar sus derechos con los varones. Este proceso fue tomando fuerza justamente a finales del siglo XX, especialmente desde los años 70, con la expansión de asociaciones y movimientos organizados de gran impacto en el ámbito social, en los medios de comunicación, en la cultura e incluso en la política. No obstante, de la vertiente de reivindicación social, económica o política frente a los abusos, desigualdades e injusticias, se pasó abiertamente al enfrentamiento con el sexo masculino. De esta manera, el feminismo (o una gran parte de él) se asoció incondicionalmente al movimiento homosexual, con unos fines similares. Y por cierto, detrás de ambos movimientos estaban los mismos promotores y benefactores, la Fundación Rockefeller y otras instituciones afines filantrópicas y globalistas.

El caso es que en cuestión de apenas tres décadas, se dio la vuelta a la tortilla, y mediante un proceso acelerado de ingeniería social, los modelos, actitudes, patrones y forma de pensamiento fueron revolucionados de tal manera que lo que antes era perseguido o despreciado ahora iba a ser catapultado más allá de la normalidad, hasta el punto de crear un vuelco en las mentes de las personas para aceptar una nueva visión del individuo y de la sociedad humana. Esto es lo que se ha venido a llamar política de género.

La teoría de la política de género

Lo primero que deberíamos dejar claro en este tema es que para controlar y manipular las mentes de toda la población se debe recurrir al lenguaje y la confusión de conceptos. El lenguaje se retuerce, se tergiversa y se pervierte y se acaba convirtiendo en una carga de profundidad por la cual se vencen las resistencias y se imponen maneras de pensar y de actuar. Así pues, para justificar la teoría de la política de género se ha generalizado un determinado lenguaje con sus conceptos y verdades (presentadas como si fueran “científicas” y totalmente “éticas”) y después se ha procedido a imponer pautas, normas y leyes de obligado cumplimiento.

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El sexo natural transmutado en “género” artificial

En este sentido, el primer golpe ha sido identificar malévolamente “género” con “sexo”. La investigadora española Pilar Baselga lo definió muy bien en un artículo de su blog[5], y que en resumen puede expresarse de este modo: “género” (del latín genus) tiene múltiples acepciones y puede significar origen, linaje, estirpe, familia o, en general, un conjunto de seres con uno o varios rasgos en común.

Pero “sexo” se refiere exclusivamente a la identidad masculina y femenina –macho y hembra– que permite la reproducción, pues no hay más sexos en la naturaleza, si exceptuamos los seres hermafroditas y la reproducción asexual. Y Baselga apunta muy acertadamente que los comportamientos sexuales de los humanos, incluyendo las prácticas homosexuales o bisexuales, han sido diversos a lo largo de la historia, pero que los sexos siempre han sido dos. Esto lo entiende –o lo debería entender– todo el mundo y cae por su propio peso biológico.

Sin embargo, cuando estalló la revolución sexual antes citada ya se empezó a sugerir que la orientación o identidad sexual era una cuestión “intelectual”, una libre elección de la persona, frente a la imposición de la educación recibida. Así, el movimiento gay reivindicaba con orgullo su libre elección de la sexualidad, indicando subliminalmente que los pobres heterosexuales no eran libres, sino “esclavos” de las convenciones sociales y culturales. A partir de este punto, y ya en tiempos más recientes, la cosa fue a más y se empezó a imponer la teoría del género, por la cual los seres humanos no han de limitarse a las restricciones de su cuerpo (con el que nacen) sino que pueden optar por varias identidades sexuales, lo que incluye cualquier conducta sexual así como el cambio de sexo mediante intervención quirúrgica.

Para ilustrar esta visión, adjunto seguidamente la definición de identidad de género aportada por las Naciones Unidas a través de su documento oficial de 2007 “Principios de Yogyakarta”:

“La identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales.”

Un movimiento defendido por el poder

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Emblema LGTBI

El siguiente paso fue socializar esta maniobra mediante la consolidación tanto del activismo gay como del feminismo. Así, se procedió a construir el famoso movimiento LGTBI[6] (y más siglas que se van añadiendo), que es en realidad un auténtico lobby que actúa como punta de lanza de una política social en la cual lo que antes era anormal o perseguido ahora no sólo es reivindicado, sino que se considera “normal” y hasta deseable, y por ello se habla abiertamente de “revolución de género”. Por cierto, es pertinente señalar que en esta revolución se ha quedado fuera la “H” (o sea, los heterosexuales) lo cual sería una contradicción con la idea de superar los prejuicios y las marginaciones. Los heteros lógicamente no deben estar ahí, y de hecho no pueden tener su día de orgullo. Son la sexualidad a superar. ¿Cómo se puede abrir sinceramente este movimiento a la sociedad, si está basado en la propia exclusividad, marginalidad y hasta elitismo?

En todo caso, para reforzar la implantación de esta política se ha incidido mucho en el victimismo[7], o sea, la persecución y represión legal y social de la homosexualidad a lo largo de los tiempos, por lo cual no sólo se debe proteger a este colectivo sino señalar al resto de la sociedad como potencialmente intolerante y agresiva hacia las víctimas. Por supuesto, ahora cabria recordar que a lo largo de la historia –y hasta la actualidad–muchísimos personajes de la más alta alcurnia e influencia fueron homosexuales o bisexuales y no fueron perseguidos por ello, precisamente por su posición de poder y prestigio. Antes bien, muchas de esas personas experimentaron una sexualidad muy abierta e incluso fueron adictos a toda clase de vicios y perversiones (entre las cuales solían figurar la pederastia y el incesto), en tanto que los personajes de segundo rango o de clases inferiores eran enviados a la hoguera o a la cárcel por el pecado nefando.

Hoy en día prácticamente se han invertido los términos tanto en el ámbito social como en el legal. En efecto, los pocos que alzan la voz contra el lobby gay con algún tipo de declaración disidente suelen recibir las máximas descalificaciones públicas. Además, cualquier vejación o ataque sufrido por homosexuales o transexuales es objeto de una fuerte condena mediática, si bien tales agresiones (verbales o físicas) son hoy en día muy esporádicas y sólo las llevan a cabo unos escasísimos descerebrados, generalmente identificados como ultras[8]. Así, se han llegado a inventar términos aberrantes como LGTBIfobia –y sus derivados particulares– para condenar tales conductas indeseables. En este contexto, cualquier opinión crítica o discrepante sobre el tema gay puede ser considerada incluso como un delito de odio. Otra cosa es que los liberados puedan promover y organizar libre e impunemente toda clase de ataques, improperios o burlas hacia la moral tradicional o las creencias de mucha gente, por considerarlas autoritarias, retrógradas, patriarcales, fascistas, machistas, etc. Entretanto, los máximos responsables de los credos religiosos –especialmente los católicos– se hacen los ofendidos, cuando durante mucho tiempo han jugado a la doble moral y han ocultado la homosexualidad y los abusos a menores en casa propia.

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Manifestación del movimiento LGTBI (“La liberación queer, no capitalismo arcoiris”)

Lo cierto es que este montaje ha impuesto un discurso sobre la conducta sexual y la libertad de carácter pseudo-científico intelectualoide que no hay quien lo entienda, pero como nadie quiere oponerse a la “libertad” ni parecer un cavernícola, ha sido aceptado por la mayor parte de la sociedad. No obstante, sólo a modo de muestra, inserto aquí un texto explicativo sobre la moderna identidad queer (algo que podríamos denominar más o menos transgénero) procedente de Wikipedia, o sea, la voz de su amo:

“La teoría queer rechaza la clasificación de los individuos en categorías universales y fijas, como varón, mujer, heterosexual, homosexual, bisexual o transexual, pues considera que están sujetas a restricciones impuestas por una cultura en la que la heterosexualidad es obligatoria, así como la heteronormatividad y el heteropatriarcado. Esta teoría sostiene que estas categorías son ficticias y esconden un número enorme de motivaciones políticas apoyadas por la sexología, una ciencia que no ha sido totalmente teorizada.”

Sin comentarios.

El papel del feminismo

Por otro lado, el ya mencionado feminismo ha venido a complementar a la política de género, creando un clima de animadversión hacia el varón y hacia el rol tradicional de la mujer en la sociedad. Partiendo de unas proclamas de mayor igualdad y reconocimiento, el movimiento feminista fue haciéndose exponencialmente más político y radical hasta acabar en la situación actual en que determinadas feministas son calificadas de “feminazis” por su intransigencia, intolerancia y demagogia[9].

Así pues, los estados han ido integrando las políticas y directrices feministas (hasta con ministerios de “Igualdad”) con el objetivo de poner a la mujer al mismo nivel que el hombre en todos los órdenes, incluyendo la discriminación positiva y determinadas tasas o porcentajes de acceso a cargos o puestos sólo por motivo de sexo. Sin embargo, más allá de los altisonantes discursos, podemos ver que los tiros van por otro lado. La mujer no se ha liberado de ninguna esclavitud. Su incorporación masiva desde el siglo XX al mercado laboral, al trabajo de 8 horas (o más) no la ha hecho más feliz, aparte de lograr su soñada independencia económica del hombre, y no siempre[10].

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En muchas culturas la mujer “tradicional” es también trabajadora

Pero no olvidemos que durante siglos y en muchas culturas la mujer había sido el pilar de la casa, cuidando de los niños y de las cuestiones domésticas pero también realizando actividades económicas, pues la mujer trabajadora ha existido siempre. En tiempos antiguos colaboraba en las labores del campo o en el negocio familiar, hasta que la revolución industrial la llevó a las fábricas, al igual que los hombres. Por lo tanto, tan digna era la mujer “tradicional” como la actual, cuya falsa emancipación le ha hecho creer que el dinero, su independencia y su carrera profesional son lo más importante, cayendo en la misma trampa que los hombres.

Y aunque se la considere más explotada que los hombres, según el clásico discurso feminista, los estudios rigurosos del mercado laboral han desmotando ese mito y han mostrado que las diferencias salariales son mínimas o inexistentes por un mismo trabajo, y que las mayores desigualdades entre hombre y mujer se dan por el escaso acceso de las mujeres a posiciones directivas mejor pagadas. Es obvio que en una sociedad capitalista, si las mujeres cobraran siempre menos (o mucho menos), los empresarios sólo contratarían mujeres, lo que no es el caso. Dicho esto, la desigualdad de salarios (en general) existe pero se debe a varios factores –ligados fuertemente al fenómeno de la globalización y la precariedad– y no principalmente por motivo de sexo. No hace falta ser muy listo para ver que la cuestión de fondo radica en un tema de explotación y beneficio, no de sexos.

Sea como fuere, en las sociedades occidentales –y en casi todo el mundo– la mujer se ha puesto al mismo nivel de explotación que el hombre, teniendo que trabajar para traer un sueldo a casa y poder vivir o simplemente sobrevivir con su pareja, pues hoy en día son precisos dos sueldos para pagar una hipoteca y mantener una familia. En la práctica, en la mayoría de los casos, la mujer sigue llevando el peso de las labores de la casa y además tiene que trabajar fuera de casa, lo que a veces se hace incompatible con una vida familiar o el cuidado adecuado de los hijos. Y mientras tanto, paga sus impuestos al poder, que se enriquece cada vez más con la colaboración de la mujer liberada. En realidad, como señala con acierto la activista española Prado Esteban, la situación actual no elimina el control o la tutela sobre las mujeres; lo que antes se supone que hacía el clásico patriarcado, ahora lo hace el estado, con cada vez mayores poderes absolutos en todos los ámbitos de la vida de las personas, ya sean hombres o mujeres.

Y por cierto, vale la pena remarcar que, ante la escalada beligerante del feminismo radical, muchas mujeres –y no precisamente conservadoras– han perdido el miedo y se están posicionando contra la paranoia de género y los mensajes anti-masculinos. Incluso algunas antiguas feministas han denunciado que el movimiento ha sido pervertido y tomado por una minoría radical con una agenda propia. Por ejemplo, la veterana activista feminista británica Erin Pizzey, que se había mostrado muy firme en la lucha contra el maltrato a las mujeres, ha criticado duramente a sus compañeras, reconociendo que ya desde los inicios del movimiento apreció un creciente control por parte de un sector muy ideologizado y radicalizado –con una fuerte influencia estadounidense– que ponía mucho más acento en el marxismo y las políticas estatales que en las mujeres. Pero el culpable de todo tenía que ser el hombre.

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La activista británica Erin Pizzey

A este respecto, Pizzey es extremadamente clara en su diagnóstico sobre el discurso marcado por esas feministas: “Todo era culpa de los hombres, del poder que los hombres tienen sobre las mujeres. Y la segunda parte del argumento era que todas las mujeres son víctimas de la violencia de los hombres, que se debe al patriarcado. Y eso es una patraña. Porque sabemos, y toda la gente de este mundillo lo sabe, que tanto el hombre como la mujer pueden ser violentos en una relación de pareja. Y eso se ha demostrado en absolutamente todos los estudios del mundo occidental. Todo este tiempo, 40 años, hemos vivido una gran mentira propagada por estas feministas, que básicamente han creado una enorme industria millonaria en todo el mundo, y les han cerrado la puerta en las narices a los hombres.”

Hoy en día, Pizzey ha denunciado la situación angustiosa de muchos hombres –de la que nadie habla– y ha procurado ayudarles en la medida de lo posible, pese a que ello le ha costado amenazas e insultos. Entretanto, sigue buscando la equidad y la justicia para todas las personas que lo precisen, sean hombres o mujeres. Me quedo con estas palabras de Pizzey, que –viniendo de una persona progresista y concienciada– podrían parecer un insulto al pensamiento oficial actual: “La mujer ha evolucionado para alimentar y cuidar a sus hijos y el ambiente familiar. Por eso es la que recoge la comida, la recolectora, pero no ara los campos. Los hombres han salido y han traído el bacon a casa, la carne de oso o lo que sea. En un mundo ideal, una madre y un padre bajo un mismo techo con su hijo es la mejor forma de educarlo: cuidado por los dos progenitores. Es verdad que otras personas pueden cuidar al niño, pero el vínculo biológico entre la madre y el padre es lo mejor que puedes ofrecerle a tu hijo”.[11]

La implantación oficial de la política de género

Desde inicios de este siglo ya hemos visto que la política de género ha pasado a ser una cuestión de estado, con el beneplácito y el apoyo incondicional de las Naciones Unidas y otros organismos internacionales. Por tanto, la implantación de la política de género en la sociedad es básicamente responsabilidad de los estados, y no se ve afectada por el color del gobierno que pueda haber, porque todos los partidos, ya sean conservadores o izquierdistas, defienden prácticamente el mismo discurso público (impuesto por la autoridad competente, desde luego). Luego tenemos como agentes imprescindibles en el proceso la sociedad civil, las instituciones y los medios de comunicación, públicos y privados, para reforzar e imponer los mensajes que deben calar en la población. Vamos a ver pues cómo funcionan estos actores principales.

Los estados, incluyendo todos sus niveles de administraciones descentralizadas, han ido implementado la política de género a base de propaganda y de legislación en diversos ámbitos sociales. Así, desde la progresiva despenalización de las relaciones o prácticas homosexuales en la gran mayoría de países, se pasó hace unos años a la formalización de las relaciones gay desde el punto de vista jurídico, lo que se tradujo en la implantación del matrimonio gay, con plenos derechos y totalmente equiparable al matrimonio entre hombre y mujer. De hecho, en algunos países se ha ido más allá permitiendo la adopción de niños por parte de parejas gay, e incluso se ha flirteado con la posibilidad de “normalizar” la pederastia. En este sentido, a efectos sociales, se ha ido fortaleciendo la idea de que no hay un solo modelo de familia (la “tradicional”), sino varios y que puede llamarse familia a cualquier relación entre personas, incluso cuando sólo hay una persona o progenitor (las familias monoparentales). A todo esto, y basándose en la experiencia de estas adopciones, algunos psicólogos ya han alertado de la existencia de trastornos psicológicos y afectivos en estos niños con dos padres o dos madres, y más aún en los casos en que se quiere homosexualizar forzosamente al niño.

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El matrimonio gay se ha instaurado legalmente en poco más de 20 países en todo el mundo; en España desde 2005

Y por supuesto, se han dictado leyes específicas para la defensa de los derechos de los colectivos LGTBI y en contra de las citadas fobias. En el caso de España existe legislación estatal y sobre todo autonómica, aprobada en los últimos 10-15 años, que incide en la especial protección de estas minorías[12]. Por supuesto, cabría preguntarse el porqué de tales leyes, si la legislación existente ya preveía la defensa de los derechos de cualquier persona en razón de su sexo (u orientación sexual), tal y como está recogido en la propia Constitución de 1978. Pero por alguna razón que nos deberían explicar, el colectivo LGTBI tenía que gozar de un amparo particular ante posibles actos de discriminación. Además, estas leyes vienen a instaurar “por imperativo legal” la nueva visión del ser humano, que considera el factor biológico natural que une a hombre y mujer como una mera convención social que ha de ser reemplazada por la libre elección de género.

Educación de género

Sin duda alguna, donde la política de género ha puesto mucho énfasis es en el tema de la educación. Desde hace ya unos años, y con el mandato social de normalizar la educación sexual y afectiva de los niños, las administraciones han impulsado una serie de medidas educativas enfocadas a adoctrinar a los niños en la nueva concepción del sexo, apropiándose del derecho de los padres a decidir sobre la educación de los hijos en esta materia. Fundamentalmente, lo que ahora se enseña es que existe la diversidad sexual –que incluye modelos de familia alternativos– y que los niños deben ser libres de escoger su identidad de género (en vez de aceptar “la impuesta”). En este punto, se ha promovido cierta moda de travestismo o transexualidad entre sexos, con actividades de todo tipo, pero también ya hay casos de niños a los cuales se les ha operado para cambiarles el sexo incluso cuando ni siquiera habían llegado a la pubertad. De hecho, el movimiento gay ya ha conseguido que la Sanidad Pública se haga cargo de los cambios de sexo de forma gratuita, justamente para defender los derechos de esas personas.

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Material moderno de educación de género

En suma, se aplica obligatoriamente un modelo de educación LGTBI que en poco o nada ha de envidiar, en términos de imposición e intransigencia, al nacional-catolicismo de la España de hace décadas. Llegados a este punto, uno podría parecer carca o facha si se opone a estos aires de libertad, pero ni desde el punto de vista moral ni del científico se puede sostener este tipo de educación, que afecta incluso a los niños más pequeños, que apenas tienen una idea clara de lo que es la sexualidad. En este sentido, no importa lo “progres” o conservadores que sean unos padres, o sus ideas políticas; lo que está en juego es la manipulación del niño, al que se le hace creer lo que no es. No hay “identidad de género”; no es algo que se escoja intelectualmente o por capricho, y mucho menos desde la inocencia y escasa experiencia vital de los niños. Se nace hombre o mujer, no hay vuelta de hoja. Los niños tienen pene y las niñas vulva, decía el eslogan de una asociación perseguida por “ultra”, cuando es algo tan obvio, lapidario y científico que cualquier discusión al respecto parecería fuera de lugar, si no fuera por la confusión creada intencionadamente sobre los términos sexo y género. Por tanto, “autodeterminarse” de género es pues una bazofia científica e ideológica sin ningún sentido ni justificación.

Ahora bien, el verdadero peligro de esta situación es que el estado –con su doctrina impuesta legalmente– se convierte en parte y juez y, aparte de promover la ideología de la confusión sexual entre los niños, tiene la potestad de pasar por encima de lo que piensen los padres. En otras palabras, la administración parece saber mejor que los padres lo que le conviene al niño, y puede ejercer una tutela “protectora” sobre éste. Ignoro hasta qué punto se han creado conflictos a este respecto y si se ha llegado a retirar a unos padres la patria potestad sobre su hijo/a por este motivo. En cualquier caso, como se recoge en este texto de la legislación autonómica de Madrid, vemos que la administración debe velar por los derechos del niño, a fin de respetar su autodeterminación de identidad de género y evitar que se produzcan abusos por dicha razón:

“El amparo de los menores en la presente Ley se producirá por mediación de sus tutores o guardadores legales o a través de servicios sociales de protección de los menores cuando se aprecie la existencia de situaciones de sufrimiento e indefensión por negación abusiva de su identidad de género.” (Art. 6.5. Ley de Identidad y Expresión de Género, C. Madrid).

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Material educativo para “superar” el sexo natural

Lo que resulta chocante en este punto es que se atribuya al niño unas capacidades y responsabilidades impropias de su condición infantil. Véase que la mayoría de edad se sitúa en los 18 años, en que se admite que los jóvenes ya tienen pleno uso de razón y pueden votar. Siendo realistas, es de suponer que los niños no puedan asimilar correctamente el bombardeo ideológico procedente del entorno social y educativo, y tampoco sean capaces de tomar decisiones fundadas, y eso a pesar del “asesoramiento” de docentes, asistentes sociales, padres o médicos. Por otro lado, estaría la situación inversa, en que los propios progenitores, padres o madres, deciden cambiar de sexo a su hijo/a –porque es lo mejor para él-ellae incluso salen en la TV para mostrarse como símbolo de la nueva libertad de género. Pero a lo mejor al niño no le han dicho que si las cosas no salen bien al cabo de unos años, revertir una operación de ese tipo puede ser imposible o muy complejo.

La socialización de las nuevas conductas

Dejando el tema estrictamente educativo, tenemos todo el aparato social, cultural y comunicativo que envuelve las consignas oficiales y facilita una amplia socialización de la política de género. En este campo destaca la inevitable y constante publicidad o propaganda de los informativos de radio y TV, más otros muchos espacios como documentales[13], series de ficción, magazines, reportajes, etc. cuyo fin es transmitir unas conductas-tipo que los ciudadanos deben ir interiorizando para no quedarse “fuera de juego”. Así, en algunas series de televisión para el gran público se incide en los nuevos roles, presentando (por ejemplo, en una famosa serie de TV3) a una mujer que abandonaba a su pareja porque no quería renunciar a su exitosa carrera profesional en el extranjero u otra que abortaba sin decirle nada a su pareja –y con la extraña complicidad de su suegra– porque no quería dejar ni siquiera una temporada su trabajo y prestigio como chef en un gran restaurante. También se retrataba en dicha serie a una alcaldesa de corte conservador que –a causa de sus convicciones morales– se mostraba reticente a casar a una pareja de lesbianas, las heroínas de la situación frente a la intolerancia.

En general, se quiere vender la idea de que lo gay es guay, frívolo, divertido, creativo, natural, espontáneo, libre, etc., mientras que las conductas tradicionales son represivas, groseras, retrógradas o como mínimo casposas. Esto ha llevado a la creación de dos estereotipos de hombre: el gay o el metrosexual, refinado y sofisticado y que está muy pendiente de su aspecto. Los metrosexuales no son homosexuales necesariamente pero sí tienden a feminizarse en varias facetas, aunque lo más exacto sería decir que tienden a un exagerado culto al cuerpo y a la superficialidad. El otro estereotipo es el varón más o menos tradicional, a menudo presentado como un patán grosero y agresivo que sólo bebe cerveza, dice tacos o se espachurra en el sofá para ver el fútbol con los amigotes. Por supuesto, esta polarización artificial es perversa y no se ajusta a una realidad tremendamente plural, pero estos son los extremos que se potencian, sobre todo al asociar tramposamente (de nuevo jugando con el lenguaje) lo masculino a lo machista, tema que abordaremos más adelante.

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El arquetipo de la modelo super-delgada

En fin, a esta potente acción de la televisión se le une el siempre importante peso de Internet y las redes sociales, más el cine (véase el caso del exitoso Almodóvar) y en menor medida otras artes como el teatro, la danza, las artes plásticas, etc. llegando incluso a las fiestas populares. Además, la comunicación de género ha sido especialmente diseñada y enfocada a los jóvenes y niños mediante la música, la moda y otras formas de entretenimiento, con la inestimable colaboración de grandes figuras públicas o estrellas (Madonna, Lady Gaga, etc.) que difunden en sus vídeos, actuaciones o declaraciones las conductas deseadas. Esto ha afectado no sólo a la mente de los jóvenes, sino también a sus cuerpos, pues por ejemplo la andrógina visión de las top-models de moda[14], tan delgadas y enfermizas, ha causado un gran daño en muchas adolescentes que han caído en la copia de ese arquetipo artificial, llevándolas a la anorexia u otros trastornos.

Todo ello viene a conformar un modelo de cultura e información de género, que va calando socialmente con mensajes intelectuales y emocionales, con la ayuda de la omnipresente corrección política, utilizada precisamente con gran énfasis por los políticos y los periodistas. Ya traté este punto en un artículo anterior, pero sólo a modo de breve recordatorio, cabe señalar que este tipo de lenguaje se ha utilizado para imponer una visión del mundo en que la mujer y los colectivos no heterosexuales deben de ser justificados y reivindicados frente al patriarcado. Así, se ha ido implantando un absurdo lenguaje que inventa ofensas donde no las hay y se remite constantemente a la duplicidad de sexo (“trabajadores y trabajadoras”, etc.) para que las mujeres no se sientan marginadas o reprimidas, aunque dada la diversidad actual se debería rediseñar un neo-lenguaje para todas las opciones de género posibles.

En España se ha extendido mucho esta corrección en la política, las instituciones y los medios de comunicación, llegando incluso a forzar el uso de sufijos femeninos en palabras que no tienen la clásica terminación masculina (como lideresa, jueza, fiscala, etc.). ¿Pero qué persona con dos dedos de frente puede dudar que cuando alguien dice en un contexto general –por ejemplo– “los andaluces” se refiere a los hombres y mujeres de Andalucía, y no sólo a los hombres? El caso es que esta nueva forma de hablar ha llegado a unos extremos impensables hace décadas, como lo sucedido en la Universidad de Princeton, cuya dirección –en un delirante y paranoico arrebato de corrección política– publicó recientemente una guía de lenguaje inclusivo de género, en la cual se prohibía el uso de la palabra man (hombre), porque podía ser potencialmente ofensiva. Claro que, para perversión máxima del lenguaje, destaca con mucho la llamada violencia de género, que ya dejamos para la segunda parte de este artículo, junto con los razonamientos y motivaciones que giran en torno a la política de género.

 

Xavier Bartlett, 5 febrero 2018

Fuente

 

Apéndice

Como complemento al tema de la influencia de la ideología de género en los niños, adjunto a continuación para descarga un documento PDF del Colegio de Pediatras de Estados Unidos (traducido por Ser y Actuar) en que se pone de manifiesto la perversión y el daño que supone la imposición de la educación de género, no sólo a los niños sino al conjunto de la sociedad.

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[1] Entre ellos cabe destacar al periodista español Rafael Palacios, que escribió hace pocos años un libro sobre una cierta “conspiración del movimiento gay”. A pesar de no coincidir con él en muchos planteamientos, reconozco que a grandes rasgos aquí hizo un trabajo exhaustivo y esclarecedor sobre este tema.

[2] Téngase que la famosa bandera arco-iris del movimiento gay fue en origen una enseña del movimiento hippie.

[3] Cabe recordar que entonces, en Estados Unidos y muchos otros países de todo el mundo, las prácticas homosexuales estaban severamente perseguidas y penadas legalmente, y todavía lo están en algunos países, sobre todo del ámbito islámico.

[4] Aquí destacan los estudios del Dr. Alfred Kinsey, sufragados por la Fundación Rockefeller, que aseguró que un 10% de las personas nacen homosexuales.

[5] Fuente: http://nomoriridiota.blogspot.com.es/2017/06/la-identidad-de-genero-o-el-sueno-del.html

[6] Del inglés: Lesbian-Gay-Transexual- Bisexual-Intersexual.

[7] Acentuado con la crisis del SIDA a partir de los años 80, que afectó primeramente al colectivo de homosexuales, que inmediatamente fueron estigmatizados por los estamentos más conservadores. Más tarde, la enfermedad se socializó y las aguas volvieron a su cauce. Recuerdo a los lectores que, según un nutrido grupo de científicos expertos, nadie ha conseguido demostrar fehacientemente la existencia del virus VIH (y según otros, tal vez exista, pero no puede provocar la llamada enfermedad del SIDA).

[8] A veces me pregunto, pensando mal, si tales agresiones son realizadas “por encargo”; no lo descarto.

[9] Estas feminazis pueden llegar a extremos de una gran radicalidad, como ciertas activistas que abiertamente preconizan en sus congresos no sólo la separación de sexos en la sociedad sino el exterminio completo de los hombres, o sea, el genocidio de la mitad de la Humanidad. Véase al respecto el llamado Manifiesto SCUM (1967), de Valerie Solanas, que puso las bases de esta ideología.

[10] A este respecto, juro por lo más sagrado que en una peluquería escuché de labios de una mujer moderna de mediana edad que le decía la peluquera: “¡Anda que iba a trabajar yo si pudiera vivir de mi marido!”

[11] Fuente: https://latribunadelpaisvasco.com/not/5550/erin-pizzey-ldquo-las-feministas-han-convertido-la-violencia-domestica-en-una-gran-industria-rdquo-/

[12] Sólo a modo de muestra, cito un par de leyes autonómicas con sus largos títulos: Ley para garantizar los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales y para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia (Cataluña, 2014) y Ley de Protección Integral contra la LGTBIfobia y la discriminación por razón de orientación e identidad sexual en la Comunidad de Madrid (Madrid, 2016)

[13] Estos programas aparentemente rigurosos y objetivos incluyen algunas maniobras torticeras como presentar “habituales” comportamientos homosexuales (en otras especies) en la naturaleza, cuando tales conductas son completamente anómalas o muy esporádicas o bien han sido interpretadas sesgadamente. Téngase en cuenta que existe una medicina y una biología ortodoxas al servicio del sistema para apoyar con argumentos científicos las teorías oficiales.

[14] Esto ha incluido que en los desfiles muchos modelos chicos lleven ropa femenina y viceversa, o que se fomente el aspecto transgénero, como en el caso de Andrej Pejic, un chico de rasgos femeninos que suele desfilar vestido y maquillado como chica.

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