La inmigración masiva contra las patrias europeas: Triunfo de la hipocresía

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La paz no es posible sin libertad, sin igualdad y sin fraternidad. La inmigración masiva crea unas amenazas reales contra la paz en el seno de las sociedades que la padecen. Un país en el que se impone la inmigración masiva a sus ciudadanos es un país que desprecia las libertades civiles.

Los promotores y defensores de la inmigración masiva, que invocan los valores de libertad, igualdad y fraternidad (por retomar la famosa trilogía “progresista surgida de la Revolución Francesa) son unos hipócritas, ya que destruyen a sabiendas aquello que precisamente dicen defender.

1 – La inmigración masiva es un ataque a la libertad de los ciudadanos

La mayoría de los nacionales de los países afectados por la inmigración masiva consideran que hay demasiados inmigrantes. Las poblaciones autóctonas nunca han sido consultadas sobre la entrada de millones de extranjeros (con la salvedad de Suiza, donde los ciudadanos pueden organizar referéndums sobre la inmigración).

La inmigración masiva (ilegal o legal) es una imposición y una agresión contra la población nativa que se ve en la obligación de soportar y financiar la invasión de su país. Los Estados que han dejado que esa inmigración se instale a la fuerza contra la voluntad y los intereses de sus ciudadanos son cómplices de esa invasión. Esa invasión es una carga económica cada vez más pesada de llevar por las poblaciones que se ven obligadas a sufrirla. Cualquier inmigrante recién llegado tiene inmediatamente unos derechos desorbitados y se beneficia de todo el capital social del país al que llega sin haber contribuido lo más mínimo a él. Usa los transportes públicos, los hospitales, las escuelas, tiene acceso a la vivienda y a prestaciones sociales (muchas veces por delante de los ciudadanos del país), goza de todo lo que generaciones de nativos han creado a los largo de los siglos y que financian con sus impuestos. Los inmigrantes gozan de privilegios inmerecidos cuyo coste ahoga a los contribuyentes nativos y lastra la economía nacional de un peso muerto cada día más difícil de soportar.

La inmigración masiva es una situación impuesta contra la voluntad de la mayoría democrática. Todas las encuestas apuntan a un rechazo mayoritario de esa inmigración. La inmigración masiva es una agresión contra las libertades de los ciudadanos que ve como su marco vital cambia sin haberlo pedido y como sus condiciones de vida se degradan e manera imparable. Aumenta continuamente eso que los sociólogos llaman la “inseguridad cultural”, es decir el sentirse amenazados por una invasión de personas de mentalidad y costumbres diferentes que quieren imponer su cultura a los que los acogen.

2 – No hay igualdad para los ciudadanos que sufren la inmigración masiva

Los beneficiarios de la mundialización invocan los derechos humanos para justificar la inmigración ilimitada, pero evitan personalmente convivir con ellas: son unos hipócritas y unos impostores. Los hechos mismos han desenmascarado a los promotores de la inmigración masiva, que pertenecen en su inmensa mayoría a las clases altas y medias, son su economía saneada y sus privilegios de todo tipo. El precio del suelo y de la vivienda hace que los inmigrantes no puedan instalarse en los mismos barrios que los burgueses y la oligarquía, los promotores de este nefasto cosmopolitismo. Esa segregación beneficia a los ricos, que no se ven obligados a convivir con esa inmigración que favorecen e imponen a las clases menos favorecidas de la ciudadanía. Son los pobres, los jóvenes, los parados, la clase trabajadora, la baja clase media que cotiza y paga impuestos, los que se ven forzados a convivir con la inmigración. Los beneficiarios de la inmigración (políticos, empresarios, las clases altas…) envían a sus hijos a colegios de pago y viven en zonas seguras donde la inmigración no tiene acceso y no constituye por tanto un problema. Los únicos inmigrantes que frecuentan esas clases sociales son los componentes de su servicio doméstico. Las escuelas públicas, cuyo nivel baja sin remedio a causa del número creciente de alumnos inmigrantes, son destinadas a los desfavorecidos de la población nativa. Los cosmopolitas ricos se libran de la convivencia con los inmigrantes al tiempo que la imponen a los más ciudadanos más humildes. La hipocresía es total.

3 – La fraternidad es incompatible con la “diversidad” migratoria

Estudios sociales de renombrados científicos sobre los barrios de las ciudades norteamericanas han demostrado que la confianza hacia los demás es más fuerte cuando la cultura es común. Cuanta más diversidad étnica y racial, menor es el grado de confianza entre los vecinos. Donde viven personas de misma cultura se pueden dejar las puertas de las casas abiertas. No es el caso en los barrios donde convive gente de culturas diferentes. La fraternidad no existe más que entre hermanos de una misma cultura y unas mismas costumbres. ¿Qué fraternidad puede haber en un barrio en el que unas mujeres deben ponerse el burka y no pueden salir a la calle solas y menos tomarse un café en la terraza de un bar y otras son libres de vestirse como quieran, moverse libremente y relacionarse con persona del otro sexo sin vigilancia?

Los beneficiarios del sistema, la burguesía mundialista, viven en sus barrios reservados y van a escuelas privadas. La delincuencia y la criminalidad no los alcanzan, salvo excepciones. Ven las lacras que trae la inmigración masiva desde la barrera. Predican la fraternidad pero ésta sólo existe en sus círculos selectos donde pueden cenar, hacer deporte, trabajar y relacionarse con gentes que se les parecen. Para ellos todas las discriminaciones son malas, salvo la discriminación del dinero, de tal manera que nunca tiene que codearse con la inmigración que promueven e imponen a los demás.

Tenemos, por lo tanto, dos clases sociales enfrentadas. Los privilegiados cosmopolitas que aceptan una inmigración de la cual se protegen poniendo barreras y distancias con ella, pero que dan lecciones de generosidad y solidaridad a los ciudadanos de a pie. La otra clase, la de los pobres, los jóvenes de clase humilde y las personas mayores deben padecer la inmigración contra su voluntad (nada de libertad), debe resignarse a aceptar una convivencia con la inmigración de la cual los ricos se libran (nada de igualdad), y padecer la inseguridad de su entorno inmediato (nada de fraternidad).

La ideología mediática acusa a los que sufren esta inmigración de ser gente cerrada, racista, xenófoba y reaccionaria pero califican a los privilegiados de ser personas abiertas, tolerantes, generosas y modernas. Los privilegiados imponen sus visión del mundo cosmopolita ya que esta situación les beneficia, evitan los inconvenientes de la inmigración mediante sus privilegios económicos de clase y no practican para nada esa fraternidad tan cacareada fuera de sus círculos cerrados lejos de las zonas donde vive y crece la inmigración.

4 – La paz civil amenazada

La paz no es posible sin libertad, sin igualdad y sin fraternidad. La inmigración masiva crea unas amenazas reales contra la paz en el seno de las sociedades que la padecen. Un país en el que se impone la inmigración masiva a sus ciudadanos es un país que desprecia las libertades civiles. Un país en el que los promotores de la inmigración masiva viven lejos de ésa gracias a sus privilegios económicos y sociales, sus escuelas privadas y sus barrios residenciales, es un país en el que el discurso oficial es hipócrita y busca enmascarar las desigualdades reales. Un país en el que la inmigración masiva crea una inseguridad cultural, física y social debe renunciar a toda fraternidad cotidiana. Cuando las fronteras están abiertas de par en par al final son necesarias milicias privadas y puertas blindadas.

La inmigración masiva que nos impone la ideología de los oligarcas en el poder destruye poco a poco los valores de libertad, igualdad y fraternidad necesarios a la buena marcha de toda sociedad. La libertad, la igualdad y la fraternidad son pisoteadas a diario y esa realidad es ocultada por los medios de información oficiales en manos de los hipócritas y los impostores.

Sólo una democracia directa (al estilo de Suiza, tal vez) puede permitir a nuestras sociedades defenderse de los gobiernos que las engañan y manipulan y volver a recuperar los valores históricos de nuestras naciones.

Yolanda Couceiro Morí, 17 mayo 2018

 

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